Elías Razo Hidalgo
José Revueltas plantea su contacto con el cine en la convulsa ciudad de Durango de su infancia (1914-1920), cuando acudía, contando con cinco o seis años, a la plaza en donde exhibían tomas quizás hechas a revolucionarios mexicanos, o tomas europeas o norteamericanas que eran proyectadas de manera gratuita en sábanas que colgaban al centro de la plaza principal, entonces dice era como arte de magia ver el movimiento de las imágenes gigantes plasmadas en las pantallas improvisadas en la noche de la ciudad de Durango, ambientadas siempre con una pianola que daba gracia a los movimientos exhibidos. Justo lo que en esos momentos estaría haciendo su hermano mayor, Silvestre Revueltas, en salas de exhibición en los Estados Unidos, en donde daba gusto auditivo a las incipientes cintas de cine norteamericano, con lo que se ayudaba económicamente para sobrevivir y sostener parte de sus estudios en el país del norte.
Ya con la familia instalada en la ciudad de México (1920) recuerda que iba al Mercado el Volador a adquirir metros de cortes de cintas italianas que posteriormente proyectaba en la sala de su casa de la colonia Roma, con la ayuda de un proyector con lámpara de alcohol, que al poco tiempo le adaptó un foco de luz para darle mayor dinámica a su rudimentario “invento”; el aparato seguramente lo adquirió su padre y lo obsequió a su pequeño hijo al que descubrió inquietudes que habría que apoyar, como lo había hecho anteriormente con Silvestre y Fermín, a los que incentivó siempre para que desarrollaran sus inquietudes artísticas en música y pintura, respectivamente, y que en estos momentos ya habían desarrollado sus carreras.
Chaplin y Mary Pickford fueron parte de su formación en la apreciación cinematográfica silente, asimismo las grandes producciones italianas, que revolucionaron la producción y distribución por todo el mundo fueron vistas por Revueltas.
Iniciaba el año 1935, ya con la seguridad de que su hijo estaba vivo después de no saber de él durante cuatro meses, aunque preso en la Islas Marías, por informes que le enviaron de manera cuasi clandestina grupos de cristeros que tenían a gente presa en estas islas penitenciarias, doña Romana Sánchez difundió la noticia entre sus hijos para que dejaran de buscar al inquieto veinteañero José, del cual no tenía noticias desde mediados del año 34 cuando a su suerte lo abandonaron sus camaradas comunistas en el norte del país y desde entonces se perdió todo contacto sobre él, ahora se sabía que José Revueltas, junto con cinco de sus compañeros del Partido Comunista, pasaba su segunda temporada en el Archipiélago carcelario del Pacífico, ya podría dormir con tranquilidad su madre, al tener la certeza de donde estaba su hijo.
A principios de diciembre de 1934, en un intercambio epistolar, José le escribía a su hermana Rosaura (cuatro años mayor que él), justificaba su estancia en las Islas como una prueba que forjaría su carácter revolucionario, a su vez Rosaura le recriminaba su excesivo obstinamiento por el sistema soviético, le recomendaba lecturas de revistas alemanas, que reseñaban las calamidades que se estaban viviendo en la repúblicas socialistas, aunque en el fondo lo animaba a que no desfalleciera en su lucha y le deseaba que pronto volviera a casa.
En febrero de ese año, ya fuera de las Islas Marías, en un estado de salud lamentable, contagiado de paludismo que lo hacían ver un ser cadavérico, José Revueltas requirió los máximos cuidados maternos, poco tiempo después vuelve a su vida social activa, ya no sería el mismo, o más bien el confinamiento carcelario le daría nuevos bríos para retomar su lucha y le despertó los ímpetus de escritor en que vertió su tiempo desde esos momentos, puesto que de las Islas Marías regresó convertido en escritor.
Trae dos borradores de libros que piensa puede editar en breve, uno será un clásico carcelario desde entonces (Los muros de agua), otro se lo robarían en la estación del tren (El Quebranto), quiere mostrarlos a sus hermanos (Rosaura, Fermín y Silvestre) para que le hicieran observaciones, pero el asunto queda pendiente por varios años.
Silvestre, quien tiene el peso de ser el hermano mayor y tal vez a expensas de la súplica de la madre, invita a José a que sea su acompañante durante las tomas de filmación que le hará Fernando de Fuentes, que está realizando el rodaje de la cinta Vámonos con Pancho Villa, misma que musicalizará en la posproducción, asimismo le informa que está trabajando en su casa, con una moviola que le prestaron para darle ritmo musical a otra película sobre un movimiento de pescadores de Veracruz y que mucho le gustaría que viera, se refería a la cinta Redes, que dirigen Alfredo Zinneman y Emilio Gómez Muriel, que a propuesta de Carlos Chávez le encomendaron musicalizar y que daría origen a su obra musical con el mismo nombre.
Esto puede considerarse el coqueteo formal de José Revueltas con el cine, ver a su hermano actuar de pianista en una cantina tomada por las huestes villistas, en donde de manera comedida pide por medio de un cartel no le disparen mientras toca, pero y sobre todo ver escenas y permitirse imaginar las melodías que le tarareaba Silvestre de la cinta Redes, es lo que lo envuelve en sus añoranzas infantiles, cuando en la sala de su casa proyectaba a la familia Revueltas Sánchez sus metros de películas adquiridas en el Mercado El Volador, vuelve a los tiempos de la infancia en retrospectiva a verse inquieto y a viajar con la imaginación a lugares que sólo con la ayuda del cinematógrafo se puede acudir, rememorar al padre muerto 13 años atrás, que gustoso veía al niño José instalar su proyector y esperar la proyección de las imágenes en movimiento.
Si a esto le agregamos el impacto que José Revueltas recibió en 1933 , al tener la oportunidad de ver proyectadas El prisionero 13 y El compadre Mendoza, ambas dirigidas por Fernando de Fuentes, podremos considerar un bautismo privilegiado el que le da el medio a José Revueltas y ser un testigo del parteaguas que fue desde entonces el cine mexicano.
Ver a su hermano Silvestre ilusionado por la solicitud que le hacían de participar en el cine, pero y sobre todo ver la posibilidad de expresión que se tenía con este medio, es lo que hace que José Revueltas decida usarlo como un medio de expresión en donde verter sus ideas estéticas y políticas en el futuro. Diez años le llevaría volver al medio, mientras tanto continuará con su preparación de militante empedernido (viaja a la URSS a mediados de 1935, regresa con nuevas ideas antidogmáticas y siempre renovadas), prepara su entrada formal con el círculo de escritores mexicanos (él terminaría la secuela de los novelistas de la Revolución mexicana y al mismo tiempo inaugura, con la misma obra El luto humano, el estilo de escritura de realismo social), cuestión que refrescará las historias y las formas de contarlas en el cine mexicano.
Es así como José Revueltas entra al cine, por una influencia directa de Silvestre Revueltas y contagiado con la postura de compromiso estético e ideológico que su hermano de manera indirecta le convida.
