Rodrigo De Sahagún

La cuentística de Guillermo Samperio ya tiene un lugar muy especial dentro de la literatura mexicana. Heredero de Arreola, Rulfo y Cortázar, Samperio ha sabido reinventarse dentro de este género, el cual ya nos tiene acostumbrados a refrescarnos con historias de mundos fantásticos y de personajes insospechados, pero que al mismo tiempo nos puede narrar la historia de una persona cualquiera con situaciones no tan extraordinarias, pero la manera de contarla es la que nos envuelve.
En Al fondo se escucha el rumor del océano (Ediciones de Educación y Cultura/Trama Editorial, México/España), Guillermo Samperio no sólo crea un libro en honor a Raymond Carver, también lo interpreta. Como un músico realiza un tributo a alguna influencia, Samperio logra escribir cuentos al más puro estilo Carver, así dejándonos ver su flexible estilo de creación y de adecuación literaria. Consiguiendo un estilo híbrido, pero que al final, sella al más puro estilo samperiano con microficciones combinadas con los cuentos a lo largo del libro.
Una entrevista del renovador del cuento como lo fue Raymond Carver y textos de uno de los autores mexicanos que ha llevado la ficción breve hasta sus última consecuencias y, muy probablemente, un autor de culto como ya lo es Guillermo Samperio en un mismo libro, bien vale la pena tenerlo en la biblioteca personal.
Y no sólo su labor creativa, la vida de Samperio también puede verse como un mosaico de cuentos. Digo esto porque tuve la gran oportunidad de trabajar junto a Guillermo por más de ocho años y debo decir que además de vivir en un constante sentido de creación, Guillóm, como le decimos sus amigos, puede generar inventiva durante alguna conversación o bien, sus propias vivencias parecieran haber sido extraídas de sus propios cuentos. Recuerdo que en una ocasión Guillermo conoció a un hombre llamado Alejandro Samperio en una reunión denominada Samperiada, la cual se realiza a finales de cada año y en el que se reúnen todos aquellos que lleven el apellido Samperio. Como Guillóm había perdido el número telefónico del tal Alejandro Samperio con quien había entablado una amena conversación aquel día, se le hizo fácil buscarlo por Facebook, aunque con dudas sobre si era el mismo que había conocido en la reunión lo citó en su casa. Un día llegó el susodicho al departamento/oficina de Guillermo en la colonia Narvarte; yo abrí la puerta y entró un hombre robusto, calvo y de fuertes facciones, antes de invitarlo a pasar, el hombre ya estaba sentado con la pierna cruzada. Guillermo escribía en su estudio, le fui a avisar que había llegado el tal Alejandro Samperio. Guillermo salió vestido con bermudas, una camiseta de Lennon que dejaba ver sus nuevos tatuajes de los brazos y en aquel entonces llevaba una cabellera larga multicolor. Se saludaron, aunque ambos nunca se habían visto en la vida. A pesar de que Guillermo sabía que no se trataba de la misma persona que conoció en la reunión, quiso hacer amena la equivocación y charlar con el tal Alejandro Samperio, quien alardeaba de ser un militar retirado y que no recordaba haber visto a Guillermo en tal reunión, además de que empezó a ponerse nervioso y de mal humor. Por más que Guillóm tratara de entablar una plática, amenizando el incómodo momento, el general, si no mal recuerdo era su rango, comenzó a cuestionar el oficio de Guillermo y de que cómo era posible que alguien pudiera vivir sólo de escribir que eso no era una profesión como sí lo es la de un arquitecto, un doctor, un licenciado o un ejecutivo de cuenta o algo por estilo; sin dar tregua para el intercambio de ideas, el general, al final manifestó su fastidio por estar ahí y que no tenía nada que hacer en aquel lugar, pues su tiempo era invaluable, se levantó y sin despedirse, salió cerrando estrepitosamente la puerta. Guillermo se paró del sillón y a paso tranquilo abrió la puerta y le gritó al general, quien bajaba las escaleras: “Yo también soy ejecutivo, pero de cuento”.