Madrid.-La pregunta está en la calle: ¿por qué no hay una vacuna para el virus del ébola? Se la hacen los ciudadanos y los medios aunque no conozco ningún médico que no sepa las respuestas. La primera razón apunta a las dificultades para lograr cualquier avance en la lucha contra la enfermedad. Una vez que se superaron las primeras etapas del tratamiento-milagro —cuando se entendió lo que son las infecciones y algo tan simple como la higiene permitió reducir de manera radical las muertes; cuando aparecieron los antibióticos—, después de esa primera época de grandes avances, digo, comenzó el camino cuesta arriba. Los recursos ingentes destinados a lograr una vacuna contra el virus del sida aún no han llevado a un tratamiento eficaz y libre de efectos secundarios penosos. La lucha contra los muchos cánceres logra avances significativos pero aún no puede cantar victoria. El trabajo de investigación es arduo en el campo de cualquier aspecto de la medicina y, por añadidura, todo nuevo fármaco tiene que pasar por la cadena larga de pruebas y ensayos antes de que las autoridades sanitarias permitan su fabricación en masa y pueda venderse en las farmacias.

    Se entra así en el otro tipo de razones que no tienen nada que ver con la dificultad de los avances científicos, las que se instalan en el terreno siempre espinoso de la economía. Como se ha dicho ya infinidad de veces, el ébola era hasta ayer mismo una enfermedad de pobres; de miserables incluso. Invertir fondos inmensos para desarrollar una vacuna carece de sentido cuando el objetivo principal de quien lleva a cabo esos trabajos es el de obtener beneficios porque de eso mismo se trata cuando hablamos de la economía de mercado. Desde los primeros peldaños de la investigación a la venta al por mayor y al por menor de los medicamentos, la cadena sigue esas leyes que puso de manifiesto por primera vez Adam Smith. No ha habido hasta el momento una vacuna porque no era rentable ponerse a producirla. Es el mismo argumento que obliga a mantener las patentes farmacéuticas so pena de frenar el desarrollo de nuevas medicinas.
Sería una suerte que el episodio del ébola nos ayudase a entender por qué motivo es tan fundamental la sanidad pública. Basta con extender los argumentos sobre la carencia de vacunas al ámbito complementario de la atención hospitalaria. Cuando se llega a un nivel lo bastante complicado —y se llega enseguida— la sanidad no es un negocio; no puede serlo por más que haya neoliberales intentando inventar el movimiento perpetuo. Si no existen suficientes recursos públicos quedamos inermes ante cualquier problema de altura, ya sea de tipo individual o colectivo. Tales recursos no pueden improvisarse a última hora. De forma paralela, es una lástima que la farmacia pública sea inviable hoy por hoy con arreglo a los costes de que estamos hablando. Pero mantener los fondos públicos para la investigación ayudarían a poder disponer de las vacunas en el momento en que hacen falta.