Como la condición humana

 

Hay quien arroja un vidrio en la playa;

pero hay quien se agacha a recogerlo.

                          José Narosky

José Fonseca

Vivimos tiempos nublados, con barruntos de tormentas políticas, sociales y económicas. Ésa es la realidad que nos pintan los acontecimientos de la semana que termina y de las anteriores, marcadas por acontecimientos sangrientos y terribles como los de Tlatlaya y Ayotzinapa.

Hay agitación social y política. Todos apuntan a los otros. Hay una suerte de río revuelto, al cual muchos acuden con el único objetivo de agitar las aguas y enlodarlas, si eso es posible.

Las voces que intentan darle cierta racionalidad a la discusión son descalificadas con los habituales calificativos de “vendidas”.

Pero ante la resistencia de tantos actores políticos, sociales, mediáticos y empresariales a tener una discusión civilizada, queda recordarles la frase de Sir Francis Bacon: “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no se atreve a pensar es un cobarde”.

En medio de esta cacofonía de voces, todos voltean hacia la Presidencia. No puede ser de otra manera, porque más allá de las leyendas urbanas de la presidencia imperial, la realidad en todas las democracias con sistema presidencial es que el poder ejecutivo es el eje en torno al cual giran todos los demás poderes. Tiene que ser el árbitro de todos los conflictos y contener las fuerzas centrífugas que intenten romper las reglas del pacto social que significan las Constituciones.

Es cierto, hay, como se dijo al principio, muchos problemas, los cuales eran de esperarse para una sociedad democrática, porque en las democracias siempre habrá sinrazones y mala fe, porque así es la democracia y así es la condición humana.

Quizás a muchos de nosotros nos afecta aquel síndrome tan espléndidamente descrito por Winston Churchill: “El problema de nuestra época es que nadie quiere ser útil, todos quieren ser importantes”.

Mal haríamos en dejar que prevalecieran en la discusión pública no sólo los que más gritan, sino aquéllos a quienes describió el venezolano Teodoro Petkoff como los que “llevan el luto en el alma”.

Son aquéllos que, perdida toda esperanza, se indignan hasta el paroxismo porque otros tengan esperanza. Y son capaces de todo con tal de quitarles la esperanza en su futuro y en el futuro de la nación.

                                                              jfonseca@cafepolitico.com