Juan Antonio Rosado
En muchos sentidos regresamos a una especie de Edad Media en que se ha vuelto costumbre pontificar, dogmatizar, canonizar o privilegiar estilos. La nostalgia del absoluto —para evocar a Steiner— quiere dejar de ser nostálgica no sólo en materia religiosa, con los nuevos bríos que ha cobrado el fanatismo, sino también en política, economía, ciencia, arte y literatura. Nunca como hoy nos hace falta reivindicar a los intelectuales antidogmáticos y desenajenantes. En esta ocasión, reflexiono con brevedad sobre la voz perenne de José Revueltas, nacido hace cien años. Este lúcido hombre de izquierda y narrador dostoievskiano, imbuido en temas existenciales, que conciernen al hombre concreto, cuyos personajes —desgarradores, intensos, verosímiles— siguen tan vivos como siempre, fue también un pensador dialéctico, un incansable cuestionador, un crítico que ejercía su criterio ante todo y con todo, sin importarle quedar mal con los edificios del poder, pues su pensamiento nunca fue un edificio, sino un árbol con múltiples ramajes, que lo mismo se fijaba en la relatividad que en la humanidad como una “constante absoluta”.
En su ensayo “Posibilidades y limitaciones del mexicano” (1950) afirma que lo “absoluto posible” es “el punto donde la conciencia se realiza y donde, al realizarse, se transforma de conciencia del ser en el ser mismo”, lo cual es imposible si se habla de las minorías o de las partes para encontrar la esencia de lo general. Revueltas tuvo el cuidado de advertir, en este sentido, que el mexicano (lo general) “no es un tipo único para el que existan o deban inventarse leyes ni definiciones únicas, porque un tipo de tal naturaleza no puede darse en ningún género de circunstancias dentro del conglomerado humano moderno”. Entonces, tratar de definir al mexicano por algún rasgo particular, como su sentido de la muerte, no es sino hacer “literatura barata de salón”. Esos rasgos se han dado en otros lados y en el mismo México son cambiantes, pues las condiciones materiales determinan todo lo demás. Elementos determinados como el carácter y la sicología son los más efímeros, aunque también “los más favorecidos por los profesores afectos a urdir hipótesis ligeras”. Revueltas, alejándose de toda tentación a pontificar, explica que el retraso histórico de México le ha impedido realizarse como nación. Hombre de izquierda, apuesta por un socialismo sin dogmas como único medio para que la nacionalidad mexicana sobreviva o culmine, pero en otro texto sostiene que “el marxismo no puede considerarse como un dogma inmóvil”. Lo cierto es que el imperialismo —en contraste con la izquierda— representa la extinción de la nacionalidad. De hecho, el “sentimiento de desposesión” persiste en México (aún hoy) como una lamentable característica nacional.
Revueltas fue expulsado dos veces del Partido Comunista por su actitud crítica, es decir, por pensar; teorizó el espartaquismo, promovió las libertades, atacó el estalinismo y creó algunas obras maestras de la literatura mexicana, como El cuadrante de la soledad, Los muros de agua, El luto humano, Los errores, El apando y, sobre todo, Los días terrenales, novela antidogmática, irónica, donde su alter ego, Gregorio, afirma: “¡A la chingada cualquier creencia en absolutos! Los hombres se inventan absolutos, Dios, Justicia, Libertad, Amor, etcétera, etcétera, porque necesitan un asidero para defenderse del Infinito, porque tienen miedo de descubrir la inutilidad intrínseca del hombre. Sí, lo asombroso no es la existencia de verdades absolutas, sino que el hombre las busque y las invente con ese afán febril, desmesurado, de jugador tramposo, de ratero a la alta escuela”. Contra ese afán febril y desmesurado, sobre todo hoy que está de moda, debemos oponer la razón, pues los absolutos y las utopías regresan con su implacabilidad inquisitorial.
