La ola crítica crecerá… pero tiende a bajar

 

 

José Elías Romero Apis

México y su gobierno están viviendo tiempos difíciles en cuanto a la opinión pública nacional e internacional. No digo que problemas de gobernabilidad como muchos lo han señalado, pero, desde luego, una crisis de consideración pública.

Para todos queda en claro que el problema de Iguala no lo creó el gobierno de Enrique Peña Nieto. Los asesinos no fueron sus policías ni sus soldados. Los autores o encubridores no fueron sus alcaldes ni sus gobernadores. Los omisos o remisos no fueron sus investigadores ni sus procuradores. El presidente de la república sólo ha contribuido a la solución, no a la crisis.

A esto se agrega el muy explicable escepticismo de los padres, la presión de la opinión pública bien sea la limpia o la sucia, los vasos comunicantes o hilos conductores de los protestantes, la calificación internacional ante un crimen cometido por autoridades que los extranjeros atribuyen al gobierno sin distinguir federalidad o localidad.

Por eso lo he comparado con un tsunami que viene. Lo que tiene de malo es que aún no toca la costa. Lo peor parece que aún no llega, considerando que esto será una ola crítica que crecerá durante algunos días o semanas. Lo bueno es que, después de esto, tenderá a bajar, como sucede con todas las crisis de opinión.

Todo esto parece injusto contra un gobierno que no generó el problema. Pero los tsunamis no son justos. Todo esto dejará daños. Pero los tsunamis siempre son dañinos. En fin, las puertas de la política hoy se encuentran entreabiertas. Lo digo porque, por ejemplo, a la exhibición de velas no le encuentro sentido realista. Aun con millones de velas las víctimas no regresarán, simplemente porque ya están muertos. Así como con nuestros millones de corbatas rosa no logramos curar a una sola enfermita.

La abierta anuncia una amable invitación al paso o permite la libertad de la salida. La cerrada advierte una restricción a la intromisión o impide la inoportuna escapatoria.

Pero la entreabierta es una monserga que ni anuncia ni advierte, ni permite ni prohíbe. En la política suele ser el batidillo de la mala mezcolanza de la realidad con la ensoñación. Lo peligroso no es soñar, siempre y cuando la ensoñación venga a enriquecer, a decorar o a mitigar nuestra realidad. Lo verdaderamente peligroso estriba en sustituir la realidad con el ensueño.

Las mayores conflagraciones políticas a lo largo de la historia provienen de la contraposición entre dos comportamientos de la psique de los políticos. Por una parte, aquéllos que conciben y practican la política con apego a la realidad, y, por otra, quienes lo hacen en el espacio de lo imaginario. Estas oposiciones entre la realpolitik y la política-ficción han provocado más crisis, revoluciones y guerras que todas las ideologías.

 

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