Bernardo González Solano

Las elecciones legislativas (“midterms”) del martes 4 de noviembre del año en curso pusieron fin a la era Obama. Así de claro. La esperanza que suscitó el primer presidente negro (que los puntillosos se empeñan en llamar “afroamericano”, no se cual de los dos términos esté más cargado de racismo) en los comicios de 2008, dentro y fuera de los United States of America (USA), se fue por la borda. Lo cierto es que Barack Hussein Obama inscribió su nombre en la historia solo por llegar como inquilino a la histórica Casa Blanca. El legado que herede a su país y a la comunidad negra estadounidense (y a otros grupos minoritarios) se verá en poco más de dos años. Por lo pronto, lo que le resta de su último periodo, no será halagüeño, aunque cambiara su forma de proceder 180 grados.

Durante su primer gobierno Obama no tuvo ni los arrestos ni la habilidad política suficiente para sacar adelante sus proyectos principales. Solo el de la salud empezó a caminar, pero los republicanos —ahora con la mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado—, se la tienen jurada. Faltó el de la Inmigración. Así le falla a los millones de inmigrantes “hispanos” o “latinos” que sufragaron a su favor tanto en su elección como en la reelección. Con el nuevo mapa político del país, los dos próximos años pueden ser de confrontación o de cooperación. Las cámaras tienen la capacidad legislativa. Obama, el veto.

Enfrentados, pueden nulificarse entre ellos o lograr soluciones conjuntas, si acuerdan concesiones mutuas. Obama es un buen orador, pero no es gran negociador ni un líder que pudieran mantener cohesionada la “coalición” —negros, hispanos, jóvenes, mujeres, blancos liberales y otros grupos— que le llevó al poder en el 2008. Sus simpatizantes acusan desgaste, sobre todo los latinos, desencantados al no haber nuevas leyes de inmigración. Pero también entre las mujeres, especialmente las de más edad, así como entre los intelectuales, cuyas dudas hacia el mandatario se reflejan dentro del Partido Demócrata. A corto plazo —dos años casi no es nada para la historia de un país como Estados Unidos—, la prueba a sortear será saber si los “Estados Unidos de América siguen realmente unidos”. God Bless America!

Lo paradójico de estas elecciones de medio periodo es que el voto demócrata —el partido de Obama—,  cayó justamente cuando mejora la economía estadounidense, lo que muchos analistas consideran como una seria lección de ciencia política para todos, no solo para los demócratas. Porque la realidad política en la Unión Americana y en otras partes muestra, una y otra vez, que no puede imperar la fe ciega en la gestión económica para triunfar en las elecciones, sobre todo en Estados Unidos. Ya no es suficiente con el factor económico y su influencia puede ser justamente la contraria a la esperada. Le acaba de suceder a Obama, como le sucedió a Mitt Romney en las elecciones presidenciales. El era el mejor gestor posible para la economía y pensaba que una mala situación económica impediría un segundo mandato de Obama, como lo puntualizó Ross Douthat en su artículo dominical del día 2 de noviembre “How Obama lost America” en The New York Times. No obstante, Obama triunfó con un 8% de desempleo y ahora perdió cuando ya lo había reducido al 6%.

Muchos se preguntan ¿por qué? ¿Porque la mejoría económica no ha llegado todavía al bolsillo familiar, como lo destacan algunos economistas? A esto, se suma otra consideración. Según una encuesta del Pew Research Center del mes de octubre pasado, los republicanos aventajan a los demócratas en la percepción de los votantes sobre la gestión en tres áreas: control del déficit, economía e inmigración. En otras palabras, la generalidad de los “sobrinos” del Tío Sam piensan que los republicanos gestionan mejor los asuntos económicos que los demócratas.

Asimismo, hay otras razones, como las de política internacional en el “último imperio” que quiere seguir liderando el mundo a semejanza de lo que hizo en el siglo XX. Quizás esto sea el mayor fracaso de Obama y los demócratas como lo señala la citada encuesta del Pew Research Center. El mulato de la Casa Blanca —al que muchos estadounidenses no le perdonan su origen étnico—, llegó al poder con la promesa de que pacificaría al mundo sin recurrir a la guerra, pero la realidad lo enfrentó con la amenaza del fundamentalismo islámico peor aún que la dibujada por Bush Jr. El avance del Estado Islámico en Irak y en Siria, y en otras partes del Medio Oriente, magnifican la desorientación y las dudas de Obama que incluso acaba de autorizar el envío de otros 1,500 efectivos militares a Irak, aunque, dijo, no tomarán parte en combates directos, solo adiestrarán tropas locales.

En una entrevista al periodista David Remnick, a principios de este año, Barack Obama se describió como “un nadador de relevo en un río lleno de rápidos, y este río es la Historia”. Modesto juicio para el hombre que soñó con “transformar América” y conducirla hacia una era romántica de cooperación, más allá de las divisiones partidistas. La esperanza cedió lugar a un discurso realista y desengañado sobre los límites de la acción presidencial.

Después de un año, 2013, marcado por la dilapidación de todas sus esperanzas de reformas— venta de armas de fuego, inmigración, cambio climático y la crisis del cierre del gobierno (shutdown) en el otoño—, Obama midió la dificultad de actuar, frente a un Congreso paralizado por la obstrucción de sus adversarios. Según escribe John Dickerson en el periódico on line Slate, hay la impresión de que Obama percibe “las limitaciones de su función presidencial como si fueran una bufanda”. Le “falta entusiasmo”, deplora el periodista, haciendo eco a los que advierten el cansancio del mandatario y su propensión a analizar los sucesos mas que a resolver las crisis.

Para Barack Obama la forzosa cohabitación que deberá mantener con un Congreso dominado por los republicanos de enero de 2015 hasta el fin de su mandato, es saber como afrontar los dos años que le restan en la Casa Blanca sin que parezca que “nada de a muertito”. De hecho, desde hace varias semanas, empezó a prepararse ante esta eventualidad. Pidió a su equipo definir las estrategias que puedan mantenerlo “vivo”, pese al inicio de la campaña presidencial de 2016 al día siguiente de las “midterms”, y la ineluctable condición de “pato cojo” que la tradición política estadounidense le adjudica.

Así, el viernes 7, Obama invitó a los 13 líderes del Congreso. En el almuerzo en la Casa Blanca, estaban John Boehner y Mitch McConnell, los dos republicanos con los que deberá gobernar hasta enero de 2017 cuando termine su último periodo. Primeros contactos, primeras escaramuzas. La incógnita es si el reequilibrio de fuerzas en Washington alterará la polarización que desde 2011 paraliza la toma de decisiones en la todavía primera economía del mundo, o si tras el triunfo electoral del Partido Republicano hay incentivos para un acuerdo. Más allá de las cortesías, la distancia entre el presidente y el nuevo Congreso no se ha reducido. Todo lo contrario. El “Obamacare” y la reforma migratoria son los dos puntos de fricción. ¿Quién se impondrá? Pronto de sabrá. VALE.