“Debe ser una prioridad nacional que estados y

municipios cambien de raíz sus corporaciones policiacas”

 

La reforma que falta

 

 

 

Manuel Espino

 

 

La desconfianza ciudadana en las policías locales se ahonda día con día, ensanchando la brecha que separa a autoridades y ciudadanos. Según un estudio del Instituto de Estadística y Geografía (Inegi), casi un 70% de los encuestados considera “poco” o “nada efectivo” el desempeño de las policías municipales y estatales.

Las cifras hablan de una abismal crisis de credibilidad: “Solo 3.9% de los encuestados consideró muy efectivo el desempeño de las fuerzas de seguridad; 26.2% algo efectivo; 40.5% poco efectivo y 29.1% nada efectivo”.

Esta desconfianza no es algo abstracto, tiene un impacto real y tangible en la vida de los mexicanos: según el mismo estudio, más de un 60% de los encuestados han cambiado sus hábitos cotidianos para evitar ser víctimas de la delincuencia. Al menos la mitad evitan caminar alrededor de su casa al caer la noche o prohíben a sus hijos jugar en la calle, pues perciben que, si la policía no puede protegerlos, la única solución es hacer de sus hogares un refugio.

Esta desconfianza no sólo es una cuestión de percepción, tiene bases sólidamente ancladas en la realidad. Día a día vemos en redes sociales videos indignantes de uniformados que abusan de su autoridad, con arbitrariedades que van desde “sembrar” drogas a detenidos hasta golpear a personas indefensas por “delitos” como el tomar fotos en la calle.

También están los casos de policías locales coludidos con el crimen organizado, del cual Iguala es el ejemplo más devastador. Así de claro está: un grupo de policías municipales desaparece a 43 estudiantes y desata una crisis de ingobernabilidad de alcances internacionales.

Pero sobre todo está la experiencia personal y directa de millones de personas que han sido extorsionadas y han comprobado de primera mano que la corrupción muchas veces viste uniforme.

Por supuesto que la creación de grupos de elite a nivel federal (como la Gendarmería) es bienvenida y necesaria, pero debe ser una prioridad nacional que estados y municipios cambien de raíz sus corporaciones policiacas. Es inútil afilar la punta de una pirámide si su base está carcomida.

La clave, como en todas las áreas de la vida nacional, está en que la sociedad participe efectivamente en las soluciones y no solo en las protestas. Indignarse es positivo, pero no pasar de ahí sólo deja el país en manos de quienes han sido incapaces de resolver esta crisis.

Es urgente e indispensable que la sociedad vigile de manera real, permanente y efectiva el actuar de las corporaciones policiacas, superando los esquemas de “depuración” y contralorías de probada inefectividad. Pues mientras las policías locales sigan actuando de espalda a la sociedad, la desconfianza ciudadana seguirá siendo la norma y no la excepción.

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