Edith Negrín

 

 

Seis razones personales para amar, apreciar, admirar, extrañar, leer y releer a José Revueltas.

 

  1. Hay que amarlo, sin duda, por haber sido un ser humano entrañable. Con exacerbada capacidad para sentir y padecer en carne propia las llagas de la sociedad, del hombre y la mujer en el cuerpo, la mente y el alma, si es que existe, o lo que pudiera ser su equivalente. Esa capacidad que lo hermana con escritores latinoamericanos como César Vallejo, a quien cita en algunas cartas; o como José María Arguedas, a quien conoció y dedicó un relato, “El dios vivo”. Un cuento por supuesto protagonizado por indígenas, por indígenas yaquis.

La sensibilidad de Revueltas lo llevó a acercarse y a comprender a todos los humillados y ofendidos, los vencidos, los explotados y marginados en su momento histórico. No sólo con los que era políticamente correcto solidarizarse, indígenas, campesinos, obreros, sino con el lumpen proletariado, los rateros y los asesinos, los padrotes y las prostitutas.

  1. La segunda razón para amarlo es su pasión por el conocimiento y la verdad. Por el conocimiento intelectual, cultivado fuera de las escuelas, en directo contacto con los libros; sorprende la cantidad de autores y textos que cita en sus cartas, aún en los años de la más absorbente actividad política. Y asimismo por el conocimiento que se adquiere fuera de los libros, a través de la práctica.

La constante interacción entre teoría y práctica le permitió comprender que todo sistema de pensamiento cerrado puede conducir al dogmatismo y la deshumanización. En sus novelas y relatos hay un paralelo entre los comunistas dogmáticos, los dueños de la verdad histórica creyentes en que el fin justifica todos los medios, y los guerrilleros del cristianismo, aquéllos que en nombre de Cristo Rey cometían las mayores crueldades durante la guerra religiosa mexicana. Así lo registra en El luto humano y en ese estupendo relato que intentó llevar al cine, “Cuánta será la oscuridad”.

            A la distancia temporal luce aún más admirable cómo la pasión por la verdad condujo a Revueltas, como se ha dicho tantas veces este año del centenario, a defender a ultranza sus convicciones, tanto a afrontar las prisiones del estado represor, como a sufrir estoicamente el fuego amigo –recordemos el caso de Los días terrenales.

Y dentro de la misma novela, uno de sus personajes alter ego del autor, Gregorio, al final de la trama se dispone, lleno de gozo, a entregarse al sacrificio de la tortura, a la crucifixión, dice. Y el narrador concluye “Ésa era su verdad. Estaba bien”.

            Extrañamos los mexicanos en el momento presente la búsqueda revueltiana no tanto de una verdad personal sino de la verdad histórica; extrañamos su voluntad de comprender y actuar.

  1. Tercera razón: su pasión por la militancia. Pasión que combina la urgencia de cambiar el mundo que sabe injusto hasta la crueldad, con la necesidad de pertenencia. En 1943, cuando obtiene el Premio Nacional de Literatura pon El luto humano, Revueltas pronuncia un discurso, titulado “El escritor y la tierra”, donde afirma:

La primera condición del escritor –hay que decir también del carpintero, del albañil. La primera condición del hombre es pertenecer. Parece obvio, pero al hombre se le dijo esta primera palabra de pertenecer y también se le dijo a la piedra y al árbol. El árbol pertenece, está ubicado, tiene un sitio. Nada más simple, nada más evidente y prodigioso. Entonces hay que cumplir con la palabra ardiente de pertenecer […]. ¿Quiénes somos para no pertenecer?

Nuestra primera condición es estar en la tierra.

En efecto, compartiendo con los existencialistas esa sensación de extranjería y extrañamiento en el mundo como algo inherente a la condición humana, el escritor reitera una y otra vez la importancia de “de pertenecer”. La necesidad de ser parte de un grupo, aunada al imperativo de transformar la sociedad, se traduce en compromiso político. El escritor dedicó su vida a la búsqueda de una organización revolucionaria, democrática y fraternal. Tras décadas de decepcionante peregrinaje por diversos partidos de izquierda, agrupaciones, revistas, sólo consiguió encontrar práctica política, democracia y fraternidad en el movimiento universitario de 1968, que lo llevó a repensar las posibilidades organizativas y a generar el concepto de autogestión.

  1. Una cuarta razón para amarlo y, por supuesto para leerlo y releerlo es su pasión por la escritura. La voluntad de transformar sus experiencias, sus vivencias, sus reflexiones, sus sueños, en texto. Aún en sus diarios y cartas íntimas se muestra preocupado por la sintaxis y el estilo.

            La pasión por escribir, combinada con la pasión política lo condujo a teorizar sobre la enorme responsabilidad que para los intelectuales implica el uso de las palabras; sobre la consecuencia histórica de hablar o silenciarse. Critica, y se incluye a sí mismo, a todos los que callaron ante los crímenes del estalinismo.

La pasión por escribir lo llevó a crear un universo narrativo complejo e inquietante que se articula, como puede apreciarse desde los títulos, de sus obras en torno a una interrogación sobre el ser humano, materia él mismo, y sus relaciones con la materia más elemental. Así las novelas, Los muros de agua (1941), El luto humano (1973), Los días terrenales (1949), En algún valle de lágrimas (1956), Los motivos de Caín (1957), Los errores (1964). Y los cuentarios, Dios en la tierra (1944), Dormir en tierra (1960) y Material de los sueños (1981). No es extraño que el escritor deseara ubicar su obra bajo la el nombre de Los días terrenales.

Una excepción, por lo que hace a los títulos, es la última novela, El apando (1969), texto críptico desde la denominación, cuyo significado es preciso descifrar entre las huellas que la circunstancia de la escritura ha impreso en el texto.

Las narraciones del escritor militante son un panorama de lo oculto, de lo no dicho, de lo omitido o borrado por la cultura oficial, incluyendo la cultura de la oposición. Pero además de su valor testimonial e histórico, sus novelas y relatos nos dejan atisbar la angustia cósmica, percibir espacios y fuerzas trascendentes que desbordan la estricta racionalidad materialista. La narrativa de Revueltas traza un camino hacia nuestros abismos interiores. No se puede salir indemne de su lectura.

  1. Una quinta razón para apreciar a Revueltas es su, también entrañable, capacidad de querer a sus familiares y los amigos. En especial, de amar apasionadamente a las mujeres. En una carta a Olivia Peralta, su primera esposa, le dice que carecer de pasión es tener espíritu de boticario. En otra le dice “Te quiero como nunca y no debes dudar un solo instante de mi cariño desenfrenado, de mi pasión”. También desenfrenado fue el amor por su segunda esposa María Teresa Retes. Y por la bellísima pintora Maka Czernichew Dorantes. Y recordamos a su amor en Cuba, Omega Agüero, y a su tercera esposa, Emma Barrón. A todas, salvo tal vez a Emma porque no conoció la experiencia de separarse de ella, les escribió amorosas e intensas misivas. Están ellas hasta donde, por sus textos, sabemos.

  1. La sexta razón. Quererlo por la gravedad de sus razonamientos que le permiten frecuentar y citar a un filósofo como Hegel. Y a la vez por la levedad de su humorismo, como por ejemplo, el relato “Hegel y yo” de su cuentario Material de los sueños. Ahí, narrador en primera persona, prisionero en una cárcel, cuenta la historia de su compañero de crujía, un delincuente apodado el Hegel, que había sido detenido y herido en el asalto a un banco en la calle de Hegel. El narrador, personaje culto que conoce a “Jorge Guillermo Federico Hegel”, enseña a los demás la correcta pronunciación del nombre del filósofo; pues al inicio todos decían “ejel”. Así, el relato comienza “Es curioso, pero aquí estamos en la misma cárcel, Hegel y yo. Hegel, con toda su filosofía de la historia y su Espíritu Absoluto”.

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A veces las pasiones del escritor se enfrentaban entre sí, la persecución de su verdad lo hacía chocar con sus correligionarios, la pasión por alguna mujer lo distraía, y los fracasos militantes lo angustiaban. Muchos de aquellos, y aquellas, nacidos en los cuarentas, más o menos mi generación, la de quienes vivimos o presenciamos el movimiento del 68, amamos, apreciamos, admiramos, extrañamos, leemos y releemos a José Revueltas, justo porque pese a los conflictos de sus pasiones, nunca se dio por vencido en su práctica militante. Ah…, y también por su discurso a los perros en el parque hundido.

Texto leído en el Centro Nacional de la Artes el 20 de noviembre 2014.