Villa, en la capital, hace 100 años
De no ser por Madero, los Científicos serían reyes y señores,
y el pueblo llano de México, abyectos y esclavos.
Francisco Villa
José Alfonso Suárez del Real y Aguilera
En la primera semana de diciembre de 1914, una de las iniciales acciones emprendidas por el general Francisco Villa a su llegada a la ciudad de México consistió en revindicar la figura de don Francisco I. Madero como héroe nacional, organizando para ello ante su tumba en el Panteón Francés de la Piedad, una ceremonia fúnebre digna del jefe de Estado que fue.
Con ese acto, Villa subsanó la dramática inhumación del presidente, ultimado por los esbirros de Victoriano Huerta frente a Lecumberri, y el entierro llevado a cabo de forma apresurada, casi a escondidas, aquel mediodía del 24 de febrero de 1913, en un ritual en el que se evitó cualquier expresión de duelo que pudiese desatar la ira del chacal Huerta y los golpistas, para quienes el simple nombre del expresidente acribillado desataba sus más bajos instintos asesinos.
Por ello, la ceremonia luctuosa organizada por los villistas la mañana del 8 de diciembre de 1914 expresó no sólo un gesto de lealtad del Centauro del Norte, sino el justo desagravio popular de los hombres y mujeres de la Revolución a quienes ofrendó su propia vida en aras del sufragio efectivo y de la no reelección en México.
Ese día, con respetuosa vehemencia, Villa enalteció a Madero: “el glorioso ejemplo esté siempre ante nosotros mientras trabajamos por la regeneración de nuestra amada patria”, frase que el divisionario expresó con voz entrecortada por la honda emoción que le embargaba.
Cerca de las 10 de la mañana de aquella histórica jornada, el general Villa llegó cabalgando hasta la esquina de las calles de Plateros e Isabel la Católica, en esa esquina, acompañado por los acordes del Himno Nacional, ejecutados por una banda de música, rebautizó las calles de San Francisco y Plateros como avenida Francisco I. Madero, colocando una placa nueva sobre la que identificaba la arteria con su antiguo nombre.
La presencia de Villa en la capital generó muy diversas improntas al imaginario capitalino, desde el parrandero empedernido que visitó los mejores sitios de la capital, hasta el sensible benefactor que adoptó a 300 huérfanos, a los que encontró tiritando de frío en diversas calles del centro de la ciudad, la madrugada del 5 de diciembre de 1914, y a quienes embarcó en tren hacia Chihuahua para ser albergados en la Quinta Luz, donde quedaron al cuidado de la más fiel de sus mujeres, su esposa, Luz Corral.
Estas acciones permitieron a los capitalinos conocer a un Pancho Villa noble, generoso y leal, que no escatimó en reconocerle a Madero sus esfuerzos por rescatar al pueblo llano de México de la abyección y la esclavitud a las que siempre lo atan la avaricia y corrupción del poder dictatorial.
