Fundió su escritura con su vida y desdeñó las ambiciones de la figura del escritor.
José Revueltas (1914-1976)
Roberto García Bonilla
I-II
José Revueltas (Durango, 1914-ciudad de México, 1976) pertenece a una de las familias de artistas más connotadas de nuestra historia; fue el último de once hijos, dos de los cuales murieron en la niñez, procreados por José Revueltas Gutiérrez, un próspero comerciante, y Romana Sánchez. El primer hijo de la progenie fue Silvestre (1899-1940), cuya figura y obra es una de las más emblemáticas de la música clásica del siglo XX mexicano; murió prematuramente y corrió un aserto que derivó en la leyenda sobre la pugna que existía entre él y Carlos Chávez (1899-1978), lo cual significaría que la obra de Revueltas no se difundiera suficientemente. Se llegó a decir, entre la maledicencia y recuerdo exaltados, que el autor de la Sinfonía india instruía a amigos mutuos para que llevaran a conversar a la cantina al autor de Sensemaya para que se extraviara más y más y se aniquilara su salud. En esta relación de condiscípulos y colega, se llegó a una comparación con la rivalidad entre Mozart y Salieri dramatizada por Peter Shaffer y luego recuperada por Milos Forman en su célebre Amadeus; el origen de esa historia fue el texto de Alexander Pushkin, Mozart y Salieri (1830).
Silvestre Revueltas, además de ser considerado el más importante compositor mexicano que ha existido, fue militante de izquierda, perteneció a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR, 1933-1938), quienes se manifestaron. Él formó parte de la comitiva de la Liga que viajó a España a apoyar la República —, junto con Octavio Paz, Fernando Gamboa, José Mancisidor, Elena Garro, Carlos Pellicer, entre otros—; ese viaje fue crucial en su posición antifascista; mientras ofrecía conciertos adquirió una conciencia política que rebasó las discusiones de sobremesa o de cubículo. Desde España quiso viajar a Moscú, el apoyo económico se retrasó y regresó a México, luego de que un amigo le envió el dinero para el viaje. La LEAR se manifestó “contra las clases opresoras y a favor de los oprimidos. Estimamos que para que el arte se desenvuelva y perpetúe como expresión de nuestra época, debe cambiar su derrotero, siguiendo el que señala la realidad social”.
Mientras se representaba en Bellas Artes su ballet El renacuajo paseador, Silvestre Revueltas agonizaba; en medio de un periodo de embriaguez, le sobrevino una bronconeumonía. Pablo Neruda —que en 1969 le escribiera una carta al presidente Díaz Ordaz para que liberará al autor de El luto humano— recuerda en Para nacer he nacido (1978) su convivencia en los postreros días de Silvestre. La obra de Revueltas, que abarca alrededor de sesenta opúsculos, se conforma de música sinfónica, de cámara, además las partituras escritas para el cine, entre las que destaca Redes (1935) y La Noche de los mayas (1939).
La figura del hermano mayor que fungió simbólicamente como un padre intelectual y de ideales estéticos marcó en definitiva al joven José, quien también conoció el ímpetu y el espíritu combativo en defensa de los oprimidos, encarnado por su hermano Fermín (1901-1935). En la naciente juventud fue enviado por su padre, junto con Silvestre, a estudiar al Saint Edward´s College, en Texas, y más tarde en Chicago en un ambiente más liberal y bohemio que influyó en los hermanos; los movimientos vanguardistas motivaron al joven pintor; a su regreso a México (1920), las transformaciones sociales y culturales del país propiciaron su desarrollo, alimentado también por el constructivismo ruso y sus horizontes universales. Se casó en secreto aún adolescente, apadrinado por Manuel Maples Arce. Su obra fue de la viñeta constructivista al grabado, con ambiciones contestatarias; del paisajismo rural y citadino, además de sus trabajos como vitralista. Muchos proyectos quedaron en bocetos. Formó parte del grupo de pintores apoyados por Vasconcelos (1882-1959), desde la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes (1921-1924), para utilizar los muros públicos para fundir estética, historia y crítica social; el sitio más conocido es la Escuela Nacional Preparatoria, cuyo anfiteatro pintaron varios artistas, entre otros, Fernado Leal, Jean Charlot, Ramón Alva de la Canal. De Fermín Revueltas, quien murió a los treinta y tres años, se conoce la Alegoría de la Virgen de Guadalupe.
Rosaura Revueltas (1910-1996), en cierto sentido la heredera del legado de sus hermanos, fue bailarina de danza folclórica y actriz, cuya actuación más exaltada está en La sal de la tierra (1954). Heredó la germanofilia de su padre, incluso, se casó con el empresario Frederick Bodenstedt. Dejó un testimonio de su familia en Los Revueltas (Grijalbo, 1979) y reunió —con Andrea y Philippe Cheron— los textos que conforman el libro autobiográfico Silvestre Revueltas por sí mismo (Era, 1989), que fue el inicio de la revaloración de la obra del compositor, que concentró a musicólogos, cronistas y músicos a revelar a un compositor que, como sus hermanos Fermín y José, posee un aura mítica que impidió apreciar la obra más allá del anecdotario personal.
La formación rigurosa de los hermanos Revueltas determinó la disciplina miliciana de José, quien escribió gran parte de su obra –reunida por Ediciones Era en veintiséis volúmenes— en completa adversidad, precariedad y desamparo; su excepcional vocación literaria y conciencia política, en el sentido más puro del término, mantuvieron vivo su trabajo escritural junto a la militancia política que ejerció desde muy joven; antes abandonó su educación formal, dejó la secundaria y se formó por sí mismo en las bibliotecas y en las discusiones con sus colegas y camaradas, ya en la insolvencia material que sobrevino con la muerte de su padre (1923). A los quince años fue acusado de “rebelión, sedición y motín”, luego de participar en una manifestación en el Zócalo; fue encarcelado durante un año. En 1930 ingresó en el Partido Comunista Mexicano y dos años después se le envió a las Islas Marías, fue liberado poco tiempo después por ser menor de edad, aunque regresará al aislamiento de esa prisión en 1934 donde permanece durante casi un año.
La obra literaria abarca once títulos; la miseria humano hasta sus consecuencias más brutales y opresivas son una constante que se densifica con un estilo imbricado, proceloso, que pueden llegar a la asfixia como en las novelas Los muros de agua (1941), El luto humano (1943) y El apando (1969). La tortuosidad de su vida, sus conflictos de existencia, su desencanto de la izquierda y de la realidad social están imbricados en su prosa tensa, oscurecida, en muchos momentos a la deriva en la reflexión de los personajes que sufren en la zozobra de la explotación, las contradicciones de la condición humana y la perturbación a que pueden llevar los instintos sin cauce, sin fe, abrumados por la incertidumbre.
Recién se ha republicado José Revueltas: los muros de la utopía (Cal y Arena), de Álvaro Ruiz Abreu (1947); será interesante para los nuevos lectores, penetrar a una vida absoluta, rotunda, sin concesiones, ni con la literatura ni con los principios personales. Es acaso el único escritor que mantuvo hasta los últimos días de su vida una coherencia entre el ser y el estar, con todos los obstáculos que la realidad impone a cada instante. José Revueltas, como ningún escritor en México, fundió su escritura con su vida y desdeñó las ambiciones de la figura del escritor, sobre todo, con el afán de mantener sus ideales y, sin más, aceptar los errores propios y ajenos.
Álvaro Ruiz Abreu, José Revueltas: los muros
de la utopía, México, Cal y Arena, 2014.
