Juan Antonio Rosado
Desde la revolución surrealista hasta la fecha, el Marqués de Sade (1740-1814) ha atraído a un sinnúmero de pensadores y artistas: Apollinaire, Maurice Heine, Gilbert Lely, André Breton, Maurice Blanchot, Pierre Klossowski, Georges Bataille, Roland Barthes, Maurice Lever, Luis Buñuel u Octavio Paz. En el nombre de Sade se cifra la transgresión de las normas y convenciones morales, sociales y religiosas de una sociedad hipócrita, pero también la “monstruosidad” del pornógrafo incomprendido. En ese nombre no ha resonado, más que pocas veces, el Sade de carne y hueso: los orígenes de la familia provenzal, su genealogía, sus mitos, sus oficios y quehaceres, su fascinación por la figura de Laura de Noves, esposa de un ascendiente de los Sade y “musa” de Petrarca son elementos que alimentaron su vida, pero también está el niño que sufrió su primer destierro a los cuatro años por su carácter caprichoso e individualista, el esposo celoso y el padre odiado, el amante, el noble de la Francia prerrevolucionaria, el soldado y su papel en la guerra contra Prusia e Inglaterra cuando contaba quince años; también está el lector agudo y compulsivo, el amigo de un cardenal libertino, el ateo recalcitrante cuya doble moral y astucia le llegaron a dar privilegios, y el hombre que pasó 27 años con 1 mes de su vida en 11 prisiones, bajo la Monarquía, la Primera República, el Imperio y la Restauración. El largo encarcelamiento en Vincennes, para sólo referirme a uno, produjo en Sade un paulatino delirio, un desquiciamiento feroz que se halla marcado por la extensa correspondencia con su esposa y su suegra, que adquiere tonos y matices diversos a lo largo de trece años. Entre las cartas, hay una redactada con su propia sangre a su suegra.
Víctima de la hipocresía y la doble moral, Donatien Alphonse, Marqués de Sade tuvo la desgracia de ser uno de los pocos nobles honrados (y honestos): ese (y no otro) fue su auténtico crimen. Hijo de un padre libertino y bisexual, que conforme iba envejeciendo se iba arrepintiendo de su juventud para abrazar cada vez más la moral católica convencional, Sade nunca hizo nada que los demás miembros de la aristocracia no hicieran velada o hipócritamente. Y a pesar de que en su obra literaria (particularmente, Los 120 días de Sodoma, pero también La filosofía en el tocador, Justine o los infortunios de la virtud, y Juliette o las prosperidades del vicio) persista la negación del prójimo, su cosificación y el silencio de la víctima, así como un profundo moralismo “al revés”, todo ello no impide que el Marqués, en su Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, formule una moral tan tolerante como ésta, con la que cierro esta breve nota: “solamente la razón debe advertirnos que dañar a nuestros semejantes nunca puede hacernos dichosos; y nuestro corazón indicarnos que contribuir a la felicidad ajena es el más grande goce que la naturaleza nos haya acordado sobre la tierra. Toda la moral humana está contenida en esta sola frase: hacer tan felices a los demás como uno mismo desearía serlo y nunca causarles más daño del que uno mismo quisiera recibir”.
