Luis Terán
Columba Domínguez fue una bella, contundente presencia fílmica. Enmarcado en rebozos, su rostro proyectó serenidad, sobre todo, por encima del dolor, la angustia, lo irremediable; sus movimientos corporales, precisos y elegantes, decían más de sus personajes que sus diálogos. Sus ojos, buscaban una verdad oculta más allá de la cámara; su mirada penetrante como una daga de jade, se hundía en la mente de los espectadores de sus películas.
Algunos críticos y comentaristas de los años cuarenta, determinaron que como la Domínguez no seguía los cánones de actuación que ellos aplaudían desde el teatro de principios del siglo XX, o en el cine mudo de los años diez en adelante, no estaban frente a una actriz. Curiosamente la cámara cinematográfica revela, en algunos casos, la pericia de un actor para comunicar las emociones más diversas muy aparte del tiempo que haya interpretado personajes profesionalmente.
El público quedó embrujado con la impactante personalidad que Columba Domínguez imprimía en la pantalla de cine; una muda honestidad la acompañaba en sus interpretaciones. Sin ninguna concesión, se entregó completamente a la realidad fílmica. En un seguimiento iconográfico puede apreciarse que fue hosca, obstinada y estoica; esto se comprueba desde su primera labor fílmica hasta su último trabajo cinematográfico.
A la belleza agresiva, desarmante de María Félix, capaz de una intensidad sobrecogedora; al hieratismo brillante de Dolores del Río, cuyo rostro evoca una máscara indígena prehispánica, envolvente y misteriosa, se opone a la figura de Columba Domínguez que simplemente es descubierta por las luces ante una cámara que la registra cinematográficamente y la determina: en muchos de sus films, mayormente en los de Emilio Fernández, Columba más que interpretar un personaje, se confiesa frente a la cámara; su verdad siempre la dignifica. Es tan concisa como el impulso mismo que la hace actuar. Es expresiva aunque no es tortuosa ni exhibicionista, al contrario, su silencio se oye con sus miradas escrutadoras.
Aunque educada en la sencillez, la modestia, la discreción y el respeto a sus semejantes, Columba Domínguez fue grande entre las grandes. Retratada por artistas conmocionados por su belleza y su fulgor, quedan para la posteridad, las pinturas que le realizaron Miguel Covarrubias, Jesús Guerrero Galván y Diego Rivera, entre otros.
Emilio Fernández-Gabriel Figueroa
En la importante complicidad fílmica que hubo entre ellos, se dio un entendimiento mutuo: Emilio “El Indio” Fernández y Gabriel Figueroa lograron definir un estilo propio que se volvió una característica “sine qua non”. Fueron magnánimos en sus imágenes como un gran pianista inagotable con sus notas. A Columba Domínguez lograron desentrañarle una inquisitiva sinceridad que recalaba en la verdad del momento en que se registraba; la convicción que tenían en los planos resultaba emotivamente espontánea, aunque fueran tan minuciosamente elaboradas.
En sus inicios apenas se vislumbra en Pepita Jiménez. Participa en el coro y destaca con la fuerza de su personalidad en La perla y en Río escondido; manifiesta su rencor y su odio en el rostro aunque su voz se quiebra dolorosamente por el amor perdido en Maclovia.
En Pueblerina, encontró además de su rol consagratorio, la combinación perfecta entre artista y personaje: vestida con atuendos regionales, peinada con chongos y trenzas y el cabello estiradísimo, lució más elegante y más sofisticada que una modelo con ropa de firma europea; en una de las escenas climáticas del film, Columba baila con su marido, Roberto Cañedo, con tal aplomo y dignidad en el transcurso de una fiesta que organizan y a la que no acude ningún invitado, es además de emocionante y conmovedora, un hito en la carrera de la actriz, del director y del fotógrafo. Después de su impresionante labor como Acacia en La Malquerida, junto a Dolores del Río y Pedro Armendáriz, en la que destaca su rostro sombrío, aquejado de la tragedia en los momentos culminantes del film, la actriz recibió como premio un viaje a Italia para filmar La hiedra (L’Edera), que actualmente es difícil de apreciar. Fue rodada en 1950 y aunque la intérprete desconocía la lengua Italiana, pudo plasmar con fuerza la intensidad de su personaje.
Triunfa en Yugoslavia con su film, Un día de vida que la convirtió en figura popular en aquella nación europea. Y continúa filmando con el Indio Fernández: La bienamada, Cuando levanta la niebla y El mar y tú.
Ya con Julio Bracho, alejada de personajes indígenas o campesinos, o simplemente rurales, Columba Domínguez destaca en Mujeres que trabajan, donde interpreta un personaje urbano. Con Luis Buñuel filma, El río y la muerte, delirante historia campirana en donde se cometen una hilera de crímenes; la actriz reafirma su categoría estelar. Siguen una serie de melodramas en los que su presencia fílmica es imponente: Historia de un abrigo de mink, de Emilio Gómez Muriel; La fuerza de los humildes, de Miguel Morayta, basada en la radionovela de Félix B. Caignet; aparece como una rica heredera acosada por fascinerosos.
Esposas infieles, de José Díaz Morales. Columba aquí es una de las mujeres que engaña a su marido, víctima de las circunstancias. Cabaret trágico, de Alfonso Corona Blake. Es la mujer madura, dueña de un antro en donde se enfrenta con Kitty de Hoyos, que es su hija en esta ficción en las que están envueltas en intrigas románticas, traiciones, corrupción y narcóticos. En La virtud desnuda, de José Díaz Morales, alterna con Joaquín Pardavé comedia en la que realiza un “desnudo artístico”; la cinta de horror, Ladrón de cadáveres, de Fernando Méndez, que se convirtió en un film de culto y alcanzó fama internacional. En España, rueda, Pan, amor y Andalucía, en coproducción con Italia; actúa con Vittorio de Sicca. Mundo, demonio y carne de José Díaz Morales, es un desaforado folletín en donde Columba vive absurdas aventuras que la angustian sin cesar.
En 1961, de manos de Ismael Rodríguez, alcanza nuevamente la consolidación como actriz en dos películas en donde brilla intensamente su talento: Ánimas Trujano, con el astro japonés, Toshiro Mifune, y en Los hermanos de hierro, con Antonio Aguilar y Julio Alemán. Aquí representa a una madre terrible que inculca en sus hijos una sed de venganza por el asesinato de su padre. Francisco del Villar, la dirige en El tejedor de milagros que la reúne otra vez con Pedro Armendáriz; un drama de pretensiones sociales, un tanto religiosas y otro tanto indigenista.
Vuelve con Emilio Fernández en Pueblito, junto a María Elena Marqués, Lilia Prado y Fernando Soler; mujeres que padecen el maltrato de un cacique brutal y retrógrado. Después de dos trabajos episódicos, como con Ismael Rodríguez en El hombre de papel, y otro con “El Indio” en Paloma herida; en Furia en el edén, es una imaginativa escritora que origina problemas en su lugar de origen con tal de manipular las vidas de sus paisanos en función de las tramas de sus novelas. Dirigió Mauricio de la Serna. Regresa con Ismael Rodríguez en un rol secundario en Mi niño Tizoc, tras varios años de ausencia. Antonio Aguilar le otorga un personaje importante en Soy el hijo del gallero, junto a él y a su hijo del mismo nombre; se despide de los largometrajes con un papel de apoyo en la cinta tremendista, Víctimas de la pobreza, de Francisco Guerrero.
En televisión, incursionó exitosamente en varias telenovelas, producidas por Ernesto Alonso: Las momias de Guanajuato y Leyendas de México en donde personificó a “La hermana de los Ávila”; y en La tormenta, primera teleserie histórica, fue la maestra que enseña a leer al indígena interpretado por Ignacio López Tarso en una historia marcada por los hechos que convulsionaron socialmente al país a fines del siglo XIX y principios del XX. En El carruaje, sobre los avatares de Benito Juárez, durante la intromisión europea que instala un emperador austriaco en México. Todas consiguen un gran éxito de público; lo mismo que los culebrones Los ricos también lloran, con Verónica Castro, producida por Valentín Pimpstein. La última, Aprendiendo a amar; actúa con Ernesto Alonso. Ambas son de 1979.
