Alejandro Alvarado
La vida de Émilie du Châtelet y Gerda Taro, dos mujeres independientes, libres, luchadoras y valientes es el tema que Beatriz Rivas aborda en su libro Dios se fue de viaje (Alfaguara). Son dos mujeres que rebasaron los límites convencionales de su época. Emilié du Châtelet, pareja de Voltaire durante más de veinte años, fue una de las grandes científicas de su tiempo y Gerda Taro, compañera de Robert Capa, es la primera mujer fotoreportera muerta en el frente.
—Madame du Châtelet fue amante y musa de Voltaire —cuenta Beatriz Rivas—. Ella lo escondía en el castillo de su propiedad y lo protegía cada vez que escribía contra el rey, contra el poder monárquico. Robert Capa es el fotógrafo de guerra más conocido. Las imágenes con mayor importancia de la Guerra Civil Española y del desembarco en Normandía son suyas. Considerando su valor como artistas y la importancia de sus personalidades necesitaba escribir de ellos en la novela, aunque también menciono a las otras personas que anduvieron con Gerda Taro y con Émilie du Châtelet, quienes vivieron su sexualidad y erotismo con mucha libertad, sin culpas. De una manera muy natural.
—En su novela destaca la lucha contra la intolerancia…
—Precisamente, parte de la historia se desarrolla en la época que después se conoce como la Ilustración. Es encomiable de este periodo y, en gran medida, Voltaire es uno de los hombres más comprometidos en la lucha contra la intolerancia. Es el gran filósofo de la tolerancia y de la razón. Para él, la razón debería estar sobre todas las cosas, sobre cualquier fanatismo y de cualquier fundamentalismo. Es paradójico que doscientos años después de esa época vivamos en un mundo en el que el fanatismo y la intolerancia son el pan de todos los días. Algunos de los momentos que se cuentan en mi historia es cuando Hitler está llegando al poder y vemos a los nazis asesinar a los judíos y a los gitanos. Por el hecho de ser judíos y gitanos. Stalin asesinó a sus propios connacionales por el simple hecho de ser sus opositores, y ochenta años después, en México, nos enteramos de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, de quienes no sabemos, además, si están muertos o vivos. Es inentendible que la gente no sea tolerante con lo que le es distinto; esto bien puede ser en política, en religión, en posición económica, hasta en el color de la piel o en clase social. Somos una sociedad profundamente clasista, racista. No sabemos administrar nuestras diferencias.
—Su novela transcurre entre dos capítulos: uno de 1730 y otro de 1930, y, ambos, así como van combinándose están unidos. ¿Cuál es la intención de esto?
—Precisamente que todos estén relacionados. En los primeros capítulos, por ejemplo, vemos a las parejas haciendo el amor; en los que siguen, tal vez están ambas parejas en el mismo escenario, en los Jardines de Luxemburgo. En los otros están comiendo los mismos alimentos o conversando sobre el mismo tema. Trato que los capítulos tengan un hilo delgado, sutil, que vaya uniéndolos para que no parezca una novela cortada. A pesar de ser mujeres diferentes, dos épocas diferentes, y dos historias diferentes las que aparecen en el libro, siento que quedaron muy bien juntas, como si hubieran estado hechas una para la otra.
—¿Cómo consigue un escritor que un libro como el suyo se vuelva ágil en la lectura?
—Me encontré, de pronto, con la disyuntiva de cómo manejar el lenguaje, y sobre todo de 1730. Leí mucho sobre y de Voltaire, y aunque aparentemente unas cosas no tuvieran mucho que ver con el tema, leí gran parte de su obra y decidí que mis personajes no podían expresarse como realmente se expresaban en su tiempo, porque esto hubiera resultado muy pesado para los lectores. Si uno lee las obras de Voltaire de teatro en versión original no fluyen tanto porque hay palabras extrañas, modismos diferentes. Decidí modernizar un poquito la lengua aunque los personajes se hablen de usted y utilicen términos todavía de esa época. Sí quise que el lenguaje fuera contemporáneo, el que nosotros usamos todos los días. Pero sí hay diferencia entre el narrador de 1730 y el de 1930. No se hablan igual Gerda y Capa que Madame du Châtelet y Voltaire. Precisamente, presumo, que ese es el trabajo del escritor. Uno de sus retos consiste en que el lenguaje fluya tanto que el lector se meta en la historia sin darse cuenta cómo ésta lo está atrapando o mediante qué mecanismos está haciéndolo el escritor.
