Matar no es argumento

Teodoro Barajas Rodríguez

En pleno siglo XXI se pensaría que la democracia, la tolerancia y los valores propios emanados de la libertad han adquirido la suficiente potencia para suponer que el debate de las ideas sería un elemento común para tener como base la diversidad como la gran bandera de la posmodernidad, pero no es así, aún el fanatismo cavernario irrumpe insaciable para aniquilar a quien piensa diferente.

París ardió otra vez a manos de extremistas del Islam para asesinar a periodistas del semanario Charlie Hebdo, en la tierra de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se socavó la expresión libre para dar paso a la barbarie por unos cuantos que al parecer apenas bajaban del árbol, una rabiosa jauría del fanatismo atroz.

El terrorismo es una de las manifestaciones más cobardes como oscuras que registra la humanidad, refleja un alto grado de primitivismo que se aleja de la libertad y, consecuentemente, de los derechos humanos.

El fanatismo desatado con motivos religiosos ha dejado un rastro de muerte en diversas etapas en la historia de la humanidad, por ejemplo podemos citar Las Cruzadas en Oriente Medio, La Cristiada en México, en las últimas décadas los grupos radicales del Islam, todo ello como si la “divinidad” instruyera hablar el idioma de la sangre.

El ataque extremista con saldo de 17 muertos en París hace unos días, cuyo blanco fue el semanario mencionado, se constituye como un atentado contra la libertad de prensa, un embate injustificable porque no puede ser penalizado el pensar diferente.

Las religiones como las ideologías son respetables, lo mismo la capacidad u opción de creer o no creer en verdades reveladas o los dogmas de fe, ello es asunto de cada cual. Lo que es reprochable ahora y siempre son aquellas mentes que desean imponer un pensamiento único porque ello equivale a dar pasos hacia atrás, una burda retrogradación que se contrapone con la dialéctica.

Francia aportó al mundo el producto de aquella Revolución de 1789 que marcó el origen del Estado moderno con la división de poderes como característica motivada por los destellos de la Ilustración, se trató de una gesta contradictoria en más de un sentido que inspiró la modernidad política aunque los principales caudillos terminaron devorados en ese mismo movimiento, como Dantón y Robespierre. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano fue resultado de la revolución, la libertad de expresión fue fruto reconocido.

Los extremistas islámicos, no generalizamos, que atacaron el semanario Charlie Hebdo no tuvieron razón aunque fuera contrario a sus creencias el material publicado, matar no es argumento, masacrar a quien piensa diferente es una demostración de intolerancia que trasmuta en locura.

La reacción de algunos sectores conservadores de Francia tampoco ha sido lo mejor porque se reactivan actitudes xenófobas, renace un espíritu excluyente de un nacionalismo a ultranza que exige el neorracismo que solo engendra más intolerancia.

Sin libertad la vida no vale nada.