Patricia Gutiérrez-Otero
Las virtudes (o poderes) fundamentales o cardinales, de las que se desprende el resto, se determinaron en la antigüedad grecorromana y, posteriormente, fueron retomadas por el cristianismo. Platón habló de ellas (La República, libro IV): la Justicia, la Templanza, la Fuerza, y añadió la Prudencia; el ejercicio de estas virtudes forma la excelencia del ciudadano, la excelencia política. Aristóteles las retomó, y posteriormente Cicerón y Marco Aurelio, formando así parte del bagaje ético de la filosofía occidental. Las virtudes se relacionan con la capacidad de obrar bien, y con la fuerza de los apetitos y el uso de la razón; se adquieren cuando la razón elige el bien verdadero, y cuando la voluntad se ejercita en la misma virtud, si quiero ser prudente, por ejemplo, debo practicar la Prudencia; si quiero ser fuerte, debo practicar la virtud de la Fuerza.
La Fuerza, Fortaleza (del griego andreia) o Valor está ligada con el ejercicio de las emociones. Es la capacidad de luchar por conseguir el bien que se quiere sin incurrir en la bravuconería, o temeridad, sobre todo cuando es acompañada por la virtud de Prudencia, ni caer en el miedo, enemigo acérrimo de la Fuerza.
Es una virtud que permite no sólo luchar por el propio bien, sino por el bien social, por eso se ha hablado de la “virtud política”. En El espíritu de leyes, Montesquieu decía que “Se podía definir a esta virtud como el amor de las leyes y de la patria. Este amor, que pide una preferencia continua por el interés público en vez de por el propio, acarrea todas las virtudes particulares, que sólo son esta misma preferencia”. En un sentido semejante, aunque diferente, Stendhal afirmaba, en Sobre el amor, que: “Honro con el nombre de virtud el hábito de realizar acciones difíciles y útiles a los otros”.
Como había mencionado en otra entrega, en la actualidad se habla poco de las virtudes. Sin embargo, ¿cómo no ver que muchas veces carecemos de esta hermosa virtud que es la Fuerza o Valor? ¿Cuántas veces no renunciamos a defender aquello que nuestra razón nos indica que es un bien porque cedemos al miedo, en particular cuando se trata de un bien público o social que no nos concierne directa e individualmente? En este México nuestro en que se ha implantado con tanta fuerza, sobre todo en las zonas urbanas, el individualismo neoliberal, aunado al sistema de prebendas y compadrazgos, nuestra defensa del bien común cede fácilmente —cual puerta de prostíbulo o cantina— ante el miedo la amenaza, real o ficticia, que pende sobre nuestro actuar. Preferimos retirarnos frente a una injusticia, un atraco, un crimen cometido o por cometer, por temor que esto nos acarree un daño. Nuestra fuerza claudica ante la sola idea, por vaga que sea, y dejamos que el río siga corriendo llevándose consigo esos bienes que constituyen la belleza de vivir juntos y por los que vale la pena luchar, con una “acción difícil y útil a los otros”: otros que somos, juntos, un nosotros.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos San Andrés, anular las reformas a la Constitución, bajar los salarios a los grandes burócratas y aparecer a los 43 normalistas de Ayotzinapa.
