Intercambio de prisioneros

René Avilés Fabila

La cabeza de la nota, aparecida en muchos medios, resultó desconcertante: Los integrantes de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la educación de Guerrero (CETEG), luego de cometer agresiones, robos, acciones vandálicas y cualquier cantidad de hechos delictivos y violaciones a granel de los derechos humanos sin que haya poder que los frene, optaron por un descanso, una tregua, y utilizaron el reposo de los guerreros para intercambiar prisioneros. Sí, como en una guerra formal entre dos países.

Luego de la enésima (y rutinaria) zacapela de normalistas guerrerenses (u oaxaqueños) contra comercios, oficinas, cuarteles, comercios, bancos y demás, pararon para intercambiar prisioneros con la policía de Chilpancingo. Imagino que la acción fue propuesta por la ONU y supervisada por las comisiones de derechos humanos de la humanidad. Si no fuera indignante, sería simplemente ridícula, la escena de una película de Cantinflas o de Chaplin, si se prefiere. La policía lugareña tenía en su poder a un dirigente de la CETEG, mientras que los imaginarios normalistas habían “apresado” a tres policías. Por fortuna el intercambio de prisioneros no tuvo mayores efectos. Y luego nos dicen que México no es un estado fallido.

Recuerdo bien el memorable filme de David Lean, Lawrence de Arabia. La violencia entre árabes y turcos se ha exacerbado por la brutalidad de los segundos. Lawrence (Peter O’Toole) titubea ante la masacre cometida por el ejército turco que se bate en retirada y en lugar de tomar Medina para los árabes, opta por seguir a las tropas en fuga bajo la consigna de ¡No prisioneros! A esas alturas, sin muchas reglas militares y de derechos humanos, es comprensible el deseo de venganza. Pero en Chilpancingo, donde como en Oaxaca hay movimientos sectarios sin ideología ni proyecto político, sólo movidos por el odio y el rencor acumulados, es una soberana ridiculez ese intercambio. Significa que en la siguiente ocasión, dado que no hay nadie que ponga orden y haga prevalecer las leyes, los integrantes de la CETEG no tomarán prisioneros, matarán a todos los que les sea posible.

Realmente estamos llegando a extremos de violencia inusitada, si hubiera un soporte político serio detrás de ella, podríamos suponer que ya es una guerrilla urbana, como la hubo en Uruguay y en Brasil. ¿Acaso México está como lo estuvieron hace décadas esos países? A juzgar por lo que diariamente observamos, sí, por más que digamos que no existen las condiciones internas y externas para hacer una revolución armada.

El gobierno, los distintos gobiernos estatales, los partidos, los medios y en general todos los mexicanos deben hacer un esfuerzo para evitar la violencia y sobre todo por no caer en la tentación de apoyar pésimas causas que parecen buenas. Hasta hoy unos y otros se responsabilizan de la ingobernabilidad, pero nadie da los primeros pasos para volver a la cordura. No es posible que la nación esté de rodillas ante grupos de provocadores sin argumentos ideológicos. Si existen leyes, pues hay que utilizarlas y no buscar componendas con rufianes.

 

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