Propuestas y metas de campañas

 

 

Teodoro Barajas Rodríguez

Los problemas estructurales de nuestro país minan las instituciones, las permean, las sacuden, el resultado final se manifiesta en una considerable merma de credibilidad que hace naufragar iniciativas nuevas. Desdén a los partidos políticos, desaliento a la hora de sufragar, reproches infinitos entre los propios integrantes de la clase política, no es exageración porque muchos indicadores lo constatan.

Los escándalos de presuntos actos de corrupción no amainan, a través de diferentes medios, convencionales o no, se da cuenta de sendos expedientes, audios, videos que prueban desviaciones, perturbación creciente que suele gestar desesperanza.

El cinismo ocupa un lugar estelar porque la autocrítica prácticamente está extinta, por ello en diversos sectores de la academia, principalmente, se habla reiteradamente de una necesidad imperiosa: refundar México.

Políticos enriquecidos, a su alrededor abunda la pobreza, personajes que amasan fortunas para acrecentar la desigualdad como distintivo claro de ese padecimiento nacional. Opacidad, no rendición de cuentas, endeudamientos brutales de estados y municipios, los lastres citados son sinónimo de impunidad.

Ante todo ese panorama la interrogante será quién enarbolaría la bandera anticorrupción, quién articularía creíblemente la lucha en contra de la impunidad que carcome a la nación. Los actores políticos de todas las orientaciones ideológicas son alcanzados por los escándalos de sus cofrades.

Más allá de analizar, profundizar o concretar el debate en torno a convocar o no un Congreso Constituyente es necesario aplicar las normas vigentes, ningún Estado de derecho se concibe sin la observancia y aplicación de las leyes, de lo contrario estaríamos en la antesala de un Estado fallido.

En muchos temas que revisten trascendencia no es posible limitarnos a esperar indefinidamente una toma de posición de los actores del reparto político, ya la exigencia para el tratamiento de problemas como el narcotráfico, las desapariciones forzadas, la corrupción y la impunidad recorren las calles, universidades, medios de comunicación, el tránsito de las ideas es imparable, incluso a contrapelo de las cúpulas que pronuncian discursos tibios, indefinidos y autocomplacientes.

Las propuestas y metas de las campañas no deben ser los lugares comunes de siempre, deben darse cuenta de que las respuestas a las necesidades en rubros diversos no pueden postergarse, el riesgo de hacer oídos sordos a esta imperiosa necesidad es que se pueden generar costos sociales incalculables. Se requiere de una política de altura más allá de las coyunturas, que mire muchos más lejos de unos comicios totalmente atípicos. Pero parece que es pedirle peras al olmo.