Percepción sobre el desempeño del gobierno

Alfredo Ríos Camarena

En los últimos días han aparecido diversas opiniones que nos hacen reflexionar sobre la percepción que existe sobre el desempeño del Estado mexicano.

Por un lado, el papa Francisco envía una carta al legislador argentino Gustavo Vera, quien dirige la Organización La Alameda, afirmando: “Ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización. Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror“.

Por otro lado, el exitoso cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu, al obtener el Oscar por la mejor película, hizo una alusión representativa señalando que “este premio lo dedico a mis compañeros mexicanos. Ruego para que podamos encontrar y construir el gobierno que merecemos; que aquí los mexicanos en Estado Unidos podamos ser tratados con la misma dignidad y respeto que aquéllos que llegaron antes y construyeron esta increíble nación de inmigrantes”.

Y también las declaraciones del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, que hizo al Finantial Times donde expresó: “No se trata sólo de reformas. Tenemos que hacer frente a lo que realmente es importante para la sociedad mexicana, que no sólo es la corrupción y la transparencia, va más allá de eso, se trata de una cuestión de confianza”.

En la voz de tan diversos personajes podemos encontrar un denominador común: México requiere mayor confianza en sus instituciones y mejor desempeño de las mismas —cuestionado parcialmente por el informe de la Auditoría Superior de la Federación—, una política de seguridad que produzca mejores resultados y una definición clara en contra de la corrupción.

El presidente Peña Nieto reúne —a pesar de lo que digan sus críticos— capacidades de liderazgo y decisión. Sin embargo, es urgente que dé un golpe de timón, que cambie esta percepción generalizada, que en nada nos beneficia.

Uno de los problemas es que los presidentes de México se rodean de un grupo cerrado que se concreta a aplaudir, con razón o sin ella, todo lo que hace el presidente: ¿Qué horas son?… ¡las que usted ordene, señor presidente! Esa actitud de servilismo y sumisión alejan a los presidentes de la realidad nacional, pues en los actos que cotidianamente se celebran a donde asiste el titular del Ejecutivo, aparecen multitudes entusiastas que aplauden —a veces sin saber porqué— al presidente, y éste obtiene una equivocada visión respecto a su simpatía y popularidad.

Estamos en buen tiempo para que el país marque un rumbo que lo impulse hacia un mejor destino, más allá de la lucha política y de la crítica interesada por razones de poder y dinero.

No se trata de pedirle o exigirle al presidente el cambio de su gabinete —que constitucionalmente es su facultad—, sino que a partir de su propia interpretación le dé una mayor fuerza al Poder Ejecutivo federal.

Ha sido buena la tolerancia en las relaciones con los otros Poderes y el manejo compartido que marcó el Pacto por México, pero es tiempo ya de que se sienta la fuerza del presidente, quien tiene los suficientes apoyos —en los poderes Legislativo y Judicial y en los distintos niveles de gobierno— para tomar determinaciones sin titubeos, para combatir la delincuencia, la inseguridad y para darle un rumbo mejor a la economía nacional. El presidente Peña está en tiempo y forma, pero los tambores de la guerra política lo están deteniendo.

México espera: frente a la acción absurda de grupos anarquistas, decisiones claras; frente a una iniciativa privada rebelde y soberbia, acciones que pongan al Estado y a los mexicanos por encima del mercado; y frente a los escándalos, acciones que se traduzcan en cambio de fondo en el tejido social.