Patricia Gutiérrez-Otero
En la Iglesia Católica Romana desde hace siglos ha existido una frase que implica casi un tabú, la de “evitar el escándalo”. En el sentido que le da actualmente la RAE, escándalo (del latín scandalum) en una de sus acepciones quiere decir “Dicho o hecho reprensible que es ocasión de daño y ruina espiritual del prójimo”. Por ello, hay cosas que la Iglesia no articula verbalmente, aunque las sepa, por lo que por ende no se sabe si las conoce y acepta, o si las desconoce. Una de ellas es la existencia de las mujeres de algunos sacerdotes e, incluso, de sus hijos; otra, la de sus riquezas habidas a partir de la práctica de su ministerio; y otra más la de la pederastia.
La pederastia, hay que aclararlo, no es un asunto exclusivamente eclesiástico. Desgraciadamente es un crimen que se comete en diversos ámbitos de la sociedad. Cuando no es una violación casual, sino que se trata de un acto repetido en el tiempo en general tiene lugar en ambientes donde un adulto tiene ascendencia sobre un niño: la familia (un padre, un tío, un primo mayor…), la escuela, un club, una asociación religiosa. El adulto goza de poder físico o simbólico, ambos u otros más, sobre el niño lo que vuelve al menor una víctima más vulnerable y que más difícilmente acusará a su victimario. Y no se trata sólo de niños varones, también de niñas, de las que últimamente se ha hablado poco.
Francisco, el Papa, ha hablado de manera más abierta contra el crimen de la pederastia sacerdotal. El 5 de febrero, en una carta en la que habló de tolerancia cero contra los curas pederastas, se pronunció en contra de “evitar el escándalo”, contra lo que yo misma me he pronunciado desde hace años, diciendo que “No se podrá dar prioridad a ningún otro tipo de consideración, de la naturaleza que sea, como, por ejemplo, el deseo de evitar el escándalo, porque no hay absolutamente lugar en el ministerio para los que abusan de los menores” (Las cursivas son mías).
Por lo señalado anteriormente, sorprende que nombre cardenal al mexicano Suárez Inda, originario de Guanajuato y actual obispo de Michoacán. Si bien se aplaude la iniciativa de nombrar nuevos cardenales que equilibran el colegio cardinalicio y rompen con su eurocentrismo, no se entiende que nombre a Suárez Inda quien acaba de declarar que no está de acuerdo en dar a conocer los nombres de los curas pederastas: “Son cosas tan delicadas, perdón, que no son para publicarse, pienso yo”. Lo que no toma en cuenta Suárez Inda es que no hacer público el nombre del pederasta es prestarse a lo que ya ha sucedido: que bajo este encubrimiento el sacerdote se sienta más libre para cometer los crímenes por los que no será conocido por la comunidad. Antiguamente, en las primeras comunidades cristianas, la confesión era comunitaria. No se puede pedir que se llegue a eso, pero sí es un crimen moral y un crimen civil, el nombre debe conocerse públicamente, y un juicio debe llevarse a cabo. No puedo juzgar el fuero interno de una persona, pero sí tratar de evitar que un niño, una niña sean víctimas del abuso de un hombre que prometió seguir al amor encarnado. El cardenal Suárez Inda podrá aún meditarlo.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se siga la investigación sobre los 43 normalistas de Ayotzinapa, que se dé marcha atrás en las reformas constitucionales.
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