Gonzalo Valdés Medellín
Con la muerte de Raquel Tibol (Basavilbaso, Entre Ríos, Argentina, 14 de diciembre de 1923-Ciudad de México, 22 de febrero de 2015) concluye, sin duda alguna, una época concreta y decisiva en la crítica mexicana del siglo XX. Enfocada predominantemente a las artes plásticas, la obra crítica de Raquel Tibol ocupa un importante espacio en la crítica de la danza contemporánea cual testimonia su libro Pasos en la danza mexicana, publicado en los años sesenta. No obstante, en la vida cultural mexicana, Tibol era considerada una de las voces más determinantes.
La conocí a principios de los años ochenta, poco antes de iniciar mi carrera periodística en una conferencia que dictó en el Palacio de Minería. De ahí en adelante tuve una relación muy amistosa, diría yo que entrañable con ella, de quien aprendía constantemente al leerla, al estudiarla, al escucharla. Cuando entré a colaborar para unomásuno en 1982 fue, la maestra, una de mis primeras entrevistadas. Muchas entrevistas publiqué con ella en torno a diversos temas: mujer y feminismo, literatura femenina, crítica periodística y periodismo cultural, crítica de arte…
Por esos años, la poeta Elva Macías editó y publicó un número especial de la revista La Brújula en el Bolsillo, titulado “Muestra de mujeres escritoras”, me invitó a colaborar y propuse una entrevista con la maestra Tibol, así surgió “Notas para una autobiografía de Raquel Tibol” en donde me hablaba de su infancia, de su pueblo Entre Ríos, de su primer libro de cuentos Comenzar es la esperanza (1950) de su llegada a México bajo la protección de Diego Rivera, de sus inicios en el periodismo con Hero Rodríguez Toro, etcétera. La entrevista me quedó creo que muy bien. Todo en primera persona, sin preguntas de por medio. La maestra quedó contenta también.
Siempre fue una generosa entusiasta de mi trabajo periodístico. Me tomó en amistad y me llamaba para comentarme tal o cual entrevista, pues siempre me leía, me llegaba a aconsejar e incluso a regañar (pero siempre en tono cordial y afectuoso). Esto duró varios años.
En 1989 le solicité una carta de recomendación para la beca de Jóvenes Creadores que acababa de lanzar el conaculta y con mayor generosidad aún me la redactó de un tirón en su casa, una tarde en que llegué a interrumpirla de la cocina, pues estaba preparando la comida. “¡Ay, Gonzalo, me dijo, venga…!”. Y se sentó ante su Olivetti a escribir en brevísimos minutos una de las valoraciones que sobre mi labor como crítico más satisfacciones me han dejado en la vida, al venir de quien vino y al haber surgido de una lectora constante y sincera, tanto como estimulante, como era la maestra Tibol. Copio el primer párrafo: “No todas las ramas en la crítica de las artes se han visto beneficiadas en los últimos tiempos por el trabajo constante y profesional de nuevos escritores especializados. Una de las pocas excepciones es Gonzalo Valdés Medellín. Sus crónicas, comentarios y análisis del quehacer teatral en México han venido a enriquecer los ecos de un esfuerzo artístico constante y plural…”.
La amistad continuó siempre cordial y respetuosa. La invité al Homenaje que organicé en 1994 a Enrique Alonso Cachirulo, y al que acudieron también Elena Poniatowska e Ignacio Solares y fue una grata, conmovedora experiencia tanto para el homenajeado como para el público, por las palabras que la maestra Tibol externó en torno al creador del Teatro Fantástico, Enrique Alonso: “Alonso —dijo en aquella ocasión— ha sabido rescatar y preservar el alma popular del teatro mexicano”.
Muchas cosas más nos unirían, incluso la discrepancia y la pelea verbal que sostuvimos en la presentación de mi libro Tras el espíritu de Akenatón en 1998, que ella presentó y en que se dedicó a atacar a Salvador Novo sin que viniera al caso, pues en mi libro no se habla de Novo, pero la maestra necesitaba decir que Novo “era un descarado que se había atrevido a contar sus intimidades sexuales” (conaculta acababa de publicar La estatua de sal) y que yo qué opinión tenía de eso. “En mi libro no se habla de Novo”, contesté. “Pero sí de otros homosexuales como Wilde, Genet, Capote, Radiguet…”, refutó ella. “Pero no de Novo”, volví a decir yo. Esta anécdota da una imagen de La Tibol, como se le llamaba en el medio: una mujer de pasiones, pero que también, pese a su enorme inteligencia y sapiencia solía ser intemperante e intolerante. Aquella querella por Novo, que insisto no venía al caso, terminó en un famoso Desolladero de Sábado de unomásuno donde puse los puntos sobre las íes en torno a lo que la maestra había dicho de Kantor y Julio Castillo, así como de Novo.
Raquel Tibol era una mujer de extremos. O amaba mucho u odiaba todo. No había medias tintas. Y gozaba con la polémica, la discrepancia e incluso el escándalo. En el texto de Antonio Espinoza “Raquel Tibol: nueve décadas”, publicado en Confabulario de El Universal, se lee: “…hubo una época en que la crítica de Tibol sobre determinado artista era la que más pesaba. Sobra decir que un artículo negativo de su autoría en la revista Proceso o en cualquier otro espacio periodístico podía acabar con la carrera de un artista: recibir un ‘tibolazo’ y sobrevivir no lo lograba cualquiera. (‘Era muy destructiva’, me dijo en una ocasión el coleccionista Andrés Blaisten). Sobre ella se ha construido una especie de leyenda negra. Son célebres sus polémicas con Siqueiros (en su libro Confrontaciones incluye un capítulo entero para hablar de sus ‘divergencias’ con el muralista), con José Luis Cuevas, con Teresa del Conde…// Más allá de la leyenda negra que se le ha construido, es innegable la importancia de esta mujer en la cultura mexicana. Sería imposible concebir la vida artística e intelectual de México en la segunda mitad del siglo XX sin la presencia activa de Tibol”.
La labor crítica de Raquel Tibol, empero, fue una luz para mí en mi juventud, lumínica tanto en su estilo como en su capacidad de exponer críticamente sus conocimientos, su sabiduría, así como su capacidad de síntesis y de análisis, y el manejo agudo de la sintaxis castellana que poseía. Puedo decir, sin miedo a lo superlativo que fue, durante muchos años, “Mi ídola”. Mucho se habrá de decir, discernir, historiar, analizar en relación a Raquel Tibol (cuyo nombre real fue Raquel Rabinovich y quien obtuvo la nacionalización mexicana en 1961), su obra y su presencia, y su penetración en la conciencia crítica del arte mexicano del siglo XX. Y siempre será relevante. Quizá por ello Merry MacMasters en La Jornada, asentó: “Doña Raquel fue, y será siempre, un gran referente de la crítica de arte en México. Una leyenda que no se apaga. Polémica, íntegra, sin pelos en la lengua, independiente, nunca fue complaciente con nadie, ni estaba sujeta a amiguismos, o a las instituciones, incluso, llegó a decir que diariamente se ganaba un enemigo nuevo. Aunque nunca perteneció a ningún partido político, siempre se dijo ‘gente de izquierda’. De hecho, mantenía posiciones más extremas incluso que los partidos”. Referente, leyenda, realidad de nuestra conciencia crítica estimada en más de cuarenta libros publicados, la trayectoria y el empuje revolucionario de la maestra Raquel Tibol son ya patrimonio de la cultura en México.
Sólo me resta decir que con la muerte de Raquel Tibol muere un ciclo de crítica mexicana. Contundente, contradictoria, atrabancada, veraz, injusta, infalible, subjetiva, dogmática, brillante, incisiva, falaz, acertada, luminosa, generosa (incluso), la maestra Raquel Tibol fue una luz en la crítica plástica contemporánea. Hoy se extingue. Que las nuevas generaciones, actuales y futuras, beban del conocimiento de sus obras es mi deseo.
Descanse en paz, Raquel Tibol. La recordaré por sus buenos actos.
