Alejandro Alvarado
Una mujer que va al Caribe en busca de amor e intenta rehacer su vida cuando se aproxima a los cuarenta años de edad y afronta la aventura de un futuro desconocido que puede ofrecerle nuevas emociones, es el tema que aborda en su nuevo libro David Martín del Campo La inocencia de María, editada por Lectorum. La diferencia entre una novela rosa y una de las suyas, comenta el autor, es que las primeras “normalmente desembocan en un final feliz, un happy end”.
—La literatura seria —menciona David Martín del Campo— está en contraposición frontal contra los finales felices. Tú dime de Shakespeare o de Cervantes qué novela o drama de ellos tiene un final feliz. La literatura seria opta por las partes apasionadas de la vida, las tragedias que sirven para reflexionar sobre lo que significa la existencia del ser humano. Intento que mis novelas, en ese sentido, planteen siempre la existencia de estar vivo. Es lo que me planteo cuando me siento a escribir una historia. No busco que la pareja sea “felizmente acompañada”.
—María Montes, el personaje de su novela, ¿es representativa de una mujer moderna?
—Quise retratar en ella a mujeres, amigas, que he conocido a lo largo de mi vida, que con esa sobriedad de los treinta y ocho o cuarenta años deciden que deben cambiar, que la vida es para gozarse y, generalmente, esta decisión se relaciona con rupturas de parejas, con matrimonios desavenidos. Ellas tratan de reconstruir su vida a partir de ese momento con la experiencia romántica precedente y con todas las expresiones eróticas que te puedas imaginar, más la compañía de un hombre que les enseñe, un hombre interesante, inteligente; y no necesariamente rico sino un hombre que sea un buen compañero, divertido y que sepa disfrutar la vida como no lo han hecho sus primeros maridos. Esto es bastante frecuente.
—¿Sin embargo, no le parece que muchas mujeres actualmente procuran ser independientes y no son precisamente románticas?
—El feminismo no es un concepto, sino una realidad y, por lo menos, en Occidente, no hablo del mundo islámico, la mujer, en principio, ocupa los lugares que tenían los señores hasta hace cuarenta años, políticos, empresariales o culturales, lo cual está muy bien; y esto ha servido para varias cosas, entre otras, para rescatar esta parte femenina que tenemos los hombres sin que signifique que optemos por una vida homosexual ni mucho menos, pero sí aceptar esas partes de la vida con más gracia y, al mismo tiempo, que las mujeres han aceptado la parte viril de la vida, esa parte de testosterona que siempre renunciaron a las partes del poder, del mando, del ingreso, de lo económico, de tener dinero y saber qué hacer con el dinero, puesto que antes vivían de lo que el marido les dejaba en la mesa del comedor. Es distinto ahora. Mis novelas buscan mostrar esta nueva circunstancia.
Las relaciones han cambiado. En tiempos actuales Ana Karenina sería impensable. No existe el amor suficientemente apasionado como para que te invite a que la imposible consecuencia de esa relación derive en un suicidio. Las mujeres ya no tienen un príncipe Bronski como amante, tienen dos o tres y si el príncipe se las quiere llevar a vivir a Uganda o a Australia ellas no se van, se quedan. El príncipe Bronski se lleva a Ana Karenina, en la novela del mismo nombre, a Italia, arrastrando al niño. Las mujeres actuales optan por quedarse y buscar otro Bronski. En esta época como que ha descendido la intensidad amorosa en beneficio de la salud psicológica de las personas y de una buena convivencia, sin quitarle sus ribetes eróticos ni nada de eso.
—¿A qué se debe que su novela se desarrolle en un ambiente del trópico, del sureste?
—Es una novela que tenía pendiente, porque muchas de mis novelas se desarrollan en el mar, en la playa. No soy un autor centrípeto sino centrífugo, o sea, que mis historias se van fuera de la Ciudad de México aunque mis personajes son citadinos. He visitado en muchas ocasiones aquella zona, he investigado sobre ella, he hecho reportajes de la selva, sin embargo sentía que había una historia pendiente. Conocí, por ejemplo, Puerto Morelos, aquella zona donde había que abordar el barco que te llevaba a Isla Mujeres cuando no existía Cancún, esta era una playa de pescadores. Estoy hablándote de 1972. Conocí al explorador y periodista Harry Möller, quien me platicó cómo decidió Luis Echeverría, en una avioneta, que se fundara Cancún. La duda de Echeverría consistía en que si apoyaba el desarrollo de Cancún o de Ixtapa. Apoyó el desarrollo de Cancún, y en un año ya estaba instalado el primer hotel en este destino turístico. Estos son algunos temas que trato en mi novela.
—¿Por qué cree usted que están tan desvaloradas para algunas personas las historias de amor en literatura?
—Entre otras cosas, porque tener una relación amorosa feliz no es tan simple, no es el pan de todos los días. Encontrar una pareja linda, amorosa, alegre, como que es la excepción y hay gente afortunada y gente que no. Pienso que existen muchas personas que acumulan coraje contra la sociedad porque ellas no han conseguido sus amores y, por lo mismo, tratan con desprecio a las relaciones amorosas. Si son mujeres, escriben de malos amantes; si son hombres, escriben de malas mujeres, de mujeres traicioneras, qué sé yo. Porque al mismo tiempo está evolucionando el concepto del amor. El concepto del amor romántico del siglo XIX ya no existe. Las relaciones amorosas de ahora son distintas y a veces marcadas por el tiempo. Duran dos, siete años; la gente corta y renueva continuamente. Digamos que hay un fraccionamiento de las relaciones amorosas que es distinto del de antes. Ya no se dice nada más ella es la mujer de mi vida; ahora diría uno las mujeres de mi vida. La mujer afirmaría todos los hombres de mi vida. Las relaciones amorosas pueden ser igual de intensas pero las actuales son más ricas porque son más variadas, más en cantidad. Así están las cosas actualmente.
