Guillermo Gutiérrez Nieto*

Este año la conmemoración del día internacional de la mujer reviste singular importancia. El año 2015 representa el cuadragésimo aniversario del hito fundacional de la reivindicación universal de los derechos de la mujer: la I Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en México a la par del Año Internacional de la Mujer establecido por la Organización de las Naciones Unidas. Es trascendente también porque en 1985 los 189 miembros de la ONU celebraron en Beijing la cuarta conferencia mundial en la materia, estableciendo la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing, en los cuales fueron establecidos doce ámbitos donde se concentrarían las acciones de los Estados a fin de garantizar lo que desde entonces comenzó a denominarse igualdad de género.

Para México sumarse a la conmemoración es indudablemente una oportunidad para reiterar su compromiso y destacar sus logros respecto a un tema del cual fue pionero al incluirlo en la esfera multilateral hace cuatro décadas. La fecha es igual pertinente para referir los avances de la estrategia en la materia llevada a la práctica por el presidente Enrique Peña Nieto, quien al inicio de su gobierno estipuló que la perspectiva de género sería un estandarte y la adoptó como una de estrategia transversal en los principios fundamentales del Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018.

Si bien los reordenamientos constitucionales y jurídicos generados en México a partir de 1953 -cuando se reformó el artículo 34 de nuestra Constitución para otorgar a las mujeres el derecho a votar y a ser electas- han dado pauta a tendencias de cambio, así como a nuevas variantes de interacción política y a vías de manifestación plena de sus derechos, la realidad exhibe logros lo mismo que falencias en diversos ámbitos.

Lo más evidente es la presencia de la mujer en el ámbito legislativo, donde al inicio de la LXII Legislatura se contaba con 42 senadoras y 184 diputadas, la más alta participación de las mujeres en la historia del país. En el ámbito del Poder Ejecutivo, su inserción ha ido más lenta y se remonta a 1976, cuando se nombra a la primera Secretaria de Estado (Rosa Luz Alegría); cuatro décadas después de esa designación, sólo han incursionado 24 Secretarias de Estado, de las cuales dos han encabezado las relaciones exteriores de nuestro país: Rosario Green Macías, de 1998 a 2000, y Patricia Espinosa Cantellano, de 2000 a 2006.

Un microcosmos que exhibe plenamente la evolución de la presencia de la mujer en la Administración Pública de nuestro país es la Cancillería, ámbito donde en 1934, a través de la Ley del Servicio Exterior Orgánica de los Cuerpos Diplomático y Consular Mexicanos, se elimina el impedimento para que las mujeres puedan ser funcionarios y dejen de fungir solo como personal de servicios (escribientes, intérpretes o traductoras).

Aunque esta nueva percepción fue innovadora, tendrían que pasar varias décadas antes de que se convirtiera en una práctica cotidiana. Ello no impidió que entre 1940 y 1955 ingresaran a la carrera diplomática mujeres con gran trayectoria ulterior dentro de la misma, entre ellas: Paula Alegría (Embajadora ante Dinamarca en 1962); María Emilia Téllez (Directora General de Organismos Internacionales y Oficial Mayor); Palma Guillén de Nicolau (titular en diversas Legaciones) y Amalia Caballero de Castillo (Embajadora en Suiza y Austria).

Fue a partir de 1967, con la promulgación de una de las legislaciones más innovadoras del servicio diplomático mexicano (Ley Orgánica del Servicio Exterior Mexicano) cuando se inicia la etapa definitiva que asegura la equidad de géneros al interior de la Cancillería. Desde entonces, en los diversos marcos jurídicos que han normado el Servicio Exterior Mexicano (SEM) no existe distinción de sexo en las disposiciones correspondientes al ingreso, en cualquiera de sus ramas (diplomático-consular y técnico-administrativa); tampoco en materia de ascensos, obligaciones, derechos y prestaciones, causas de separación o medidas disciplinarias. En términos generales, no existe ninguna estipulación que pueda dar base a un trato o condición de trabajo y desarrollo diferente para hombres y mujeres.

Una interesante colaboración de la Embajadora Aida González Martínez (“La mujer en el Servicio Exterior Diplomático”, incluida en el libro El Servicio Exterior Diplomático, publicado por el IMRED en 1989) destaca la evolución de la presencia femenina en la diplomacia mexicana. Así, refiere que entre 1953 y 1975, el SEM pasó de 478 a 844 integrantes. Las mujeres representaban en el primer año 102 miembros (21%) del cuerpo diplomático, mientras que en el segundo eran 320, 37% del total. Para 1987 el SEM estaba formado por 1215 miembros, de los cuales 505 (41%) son mujeres (102 en la rama diplomático-consular y 401 en la técnico administrativa). Su presencia dentro del servicio diplomático mexicano mantiene una tendencia porcentual a la baja en la actualidad ya que de sus 1179 miembros, 749 son hombres (63%) y 430 son mujeres (37%).

En términos numéricos la presencia de las mujeres dentro del servicio diplomático mexicano es equiparable a la de los hombres (en el ámbito de plazas de base y de confianza incluso es superior ya que, de acuerdo al sindicato de trabajadores de la SRE, ocupan 1775 plazas, mientras que los hombres únicamente 1528). Paradójicamente al analizar sus posiciones dentro de la estructura jerárquica de la Cancillería, igual que ocurre en el resto de la administración pública mexicana, los puestos de mayor responsabilidad son ocupados por hombres. La realidad es que la participación de la mujer tiende a disminuir conforme se incrementan los niveles de responsabilidad, Así, Gricelda Sánchez Carranza (Evolución y Retos del papel de la Mujer en la Administración Pública, Instituto Nacional de Administración Pública, 2014) nos comenta que mientras los niveles de enlace y homólogos existe una participación de entre 30 y 40%, en los niveles superiores, de Dirección de Área hasta Subsecretario fluctúa entre 13 y 20%.

Esta tendencia es visible en la Cancillería mexicana, donde actualmente solo hay una Subsecretaria y de las 27 Direcciones Generales, solo 9 están a cargo de una mujer. En el terreno diplomático, lo que vemos es mayor presencia en la rama técnico –administrativa, donde las mujeres representan casi la mitad de sus miembros y en el máximo nivel que se alcanza durante la carrera, el de coordinador administrativo, incluso representan 2/3 del total. La vertiente diplomática-consular tiene su propia tesitura: la mayor presencia se observa en los rangos de Tercer Secretario a Consejero, donde fluctúa entre el 30 y 35%; posteriormente la cifra de reduce, fluctuando entre 20 y 27%; en el máximo nivel dentro del escalafón del SEM, formado por 101 Embajadores, actualmente hay 28 Embajadoras.

La conclusión en este panorama es que si bien son loables los avances en el entramado de convenios, legislaciones y marcos jurídicos internacionales, regionales y nacionales que garantizan la equidad de género en los distintos ámbitos del ejercicio público, predomina la visión numérica sobre la cualitativa. Es decir, prima la visión de otorgar más espacios en aras de legitimar la representatividad; sigue pendiente la inserción y el ejercicio real en ámbitos de decisión donde se constaten su inclinación por la justicia y la dimensión ética de la política, su talento para establecer prioridades y para articular tareas diversas, así como su valoración por el consenso y los acuerdos.

*Miembro del Servicio Exterior Mexicano.