Juan Antonio Rosado

Durante los sesenta y setenta del siglo pasado se desarrolló en Hispanoamérica una ola de propuestas novedosas, a veces arriesgadas, en el terreno de la novelística de arte. A diferencia de lo que ocurre hoy, el escritor-artista no se contentaba con reproducir esquemas que funcionaran en términos económicos. El artista experimentaba con nuevas estructuras y temas; buscaba una voz propia y les otorgaba voz y vida a sus personajes. La novela en México, desde Revueltas, Yáñez, Castellanos, Rulfo o Fuentes, con los antecedentes de Altamirano, Azuela, Guzmán, Muñoz y Efrén Hernández, entre otros, había llegado a su apogeo y empezó a jugar con temas y estructuras casi inéditos. Allí están Elizondo, Melo y García Ponce, por poner sólo tres ejemplos. ¿Cómo olvidar, sin embargo, a Luisa Josefina Hernández, dramaturga que en parte desciende de Usigli y que, al igual que éste, incursionó con fortuna en la novela, además de experimentar con ella? Quizás una de las joyas mejor logradas sea Nostalgia de Troya (1970).

La palabra nostalgia significa “dolor por el regreso”. ¿A dónde? A la patria de Eneas, quien huyó de allí para sobrevivir, no se comprometió con Dido en Cartago y finalmente fundó Roma. Pienso que simbólicamente no es otra la trayectoria de René, el protagonista de la obra de Hernández, a quien conocemos desde distintos lugares y puntos de vista. Las perspectivas sobre su persona son variadas, pero todos los caminos conducen a Roma. ¿Quién es René? Un inadaptado que huye de sí mismo e, inseguro, no se compromete con nadie: es un adolescente prolongado. ¿Por qué? En su infancia sufrió el abandono de sus padres, y la ruptura fue justamente en Roma.

Cada capítulo de esta deliciosa novela empieza con un mapa de la ciudad en que se desarrolla: primero, La Habana de 1963; luego, París en 1950, Ixtapan de la Sal (acaso símbolo de purificación) en 1958, Roma en 1936 (donde se da la ruptura), Ottawa en 1957 y, por último, la Ciudad de México en 1965, cuando René ya ha adquirido y acaso fundado un proyecto de vida. Sólo dos capítulos están narrados por René y otro por su madre. Los demás son narrados por distintos amigos.

Hay en Nostalgia de Troya varios símbolos en los que sería dilatado detenerse: el barco de papel es el viaje, la huida, pero también la inestabilidad, lo frágil y a la vez lúdico; nos remite al mundo infantil; por el contrario, la semilla denota estabilidad, permanencia: se arraiga y forma un árbol. Roma (otro símbolo) es el origen del desajuste, a pesar de que históricamente es el arraigo, la firmeza y la fuerza; Troya, en cambio, aparece como un ideal, pero en la historia fue destruida. Eneas huye de allí y, tras largas peripecias, funda Roma, como lo hará René, quien al final se funda a sí mismo en la escritura. Se trata de una bella y profundo novela sicológica de la que podría decirse mucho más.