Ayotzinapa
Teodoro Barajas Rodríguez
Ya han transcurrido seis meses de una tragedia que se ha remarcado en el presente para generar irritación, un debate inconcluso en los medios de comunicación, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, un hecho escalofriante que registró el epicentro en Iguala, no se sabe exactamente qué rumbo tienen las investigaciones que inculpan a José Luis Abarca, exalcalde del citado municipio, no hay un solo día sin una sola protesta por la que se exija justicia.
La dimensión de los hechos rebasó la capacidad de respuesta del Estado, todo sucedía en Iguala, un municipio gobernado por el PRD; Guerrero es una entidad cuyo titular del Ejecutivo en aquellos aciagos días tenía la misma extracción. Aunque resulte extraño a quien se culpa de todo es al presidente Enrique Peña Nieto, la crisis ante la opinión pública no amaina, digamos que el gobierno federal ha estado mal y de malas.
México ha sido observado por la lupa internacional, el debate alrededor de los derechos humanos ha sido la constante en foros de la ONU como en otros recintos en los que la condena es invariable.
La crisis no concluye luego de medio año de una tragedia en un estado que se caracterizó por la gestación de guerrillas, represión en el lapso de la “guerra sucia” del gobierno contra la disidencia a través de grupos paramilitares, entidad que reporta altos rezagos maridados con la pobreza.
El exprocurador Jesús Murillo Karam ya dio cuenta de la verdad legal que no resultó creíble para un importante sector del país, en principio ha sido rechazada la versión por los primeros afectados de la desaparición de los 43 normalistas, sus familiares.
El problema no es la explicación o descripción del cúmulo de actuaciones jurídicas encabezadas por la misma Procuraduría General de la República que llevaron a su anterior titular a señalar “ya me cansé”, el asunto grave es la falta de credibilidad. Si a este expediente penoso anexamos los recientes escándalos en que se ha involucrado al jefe del Ejecutivo federal o a su círculo cercano es lógico que la confianza en la autoridad se diluya.
En ese contexto en el que los argumentos están en muchos casos por las calles tenemos un proceso electoral, no se distinguen modelos claros de país de parte de los diferentes partidos, industria creciente, las descalificaciones son la estrategia, la polarización parece ser la táctica.
Se entiende que los próximos comicios pueden ser un termómetro, una suerte de plebiscito que arroje las pulsaciones de los electores para aprobar o condenar a los actores políticos que tienen una gran responsabilidad del presente que vivimos, tal vez.
Se fueron seis meses sin los estudiantes desaparecidos, la neblina de la impunidad está presente, ello es patente como la fe que se diluye, o el desdén a los partidos políticos, es nuestra realidad aunque también se registran las voces de quienes no pierden su capacidad de asombro que va de la mano de la indignación.
