Juan Antonio Rosado
Hay creadores que, lejos de sentarse en el narcisismo de la creación, promueven, difunden, hacen crítica, recopilan, antologan e investigan, además —por supuesto— de crear. De tal modo, contribuyen por todas las vías a enriquecer el arte; no desdeñan el apoyo a sus colegas ni el rescate de valores olvidados. Saben que el arte es un inmenso sistema de vasos comunicantes o “transtextualidades” y que cada obra, finalmente, es un monopolio que dialoga con otros. Desde la más remota antigüedad, en oriente y occidente, hallamos escritores que son asimismo críticos, ya sea en el interior de sus obras creativas, o ya sea como una actividad paratextual, externa, pero conectada indisolublemente a las obras. En el terreno del cuento, al sonorense Edmundo Valadés (1915-1994) podrían aplicarse las palabras que el narrador de su cuento “La muerte tiene permiso” (versión mexicana de Fuenteovejuna) aplica a su personaje Sacramento: “Sus palabras caen como granos, al sembrar”. Eso fue lo que logró Valadés: sembrar el terreno del cuento, que en México se enriqueció y oxigenó, se revitalizó con aires del exterior y a la vez retomó lo propio.
A pesar de que Valadés fue un gran cuentista, que utiliza en este género, por ejemplo, el recurso del monólogo (tradicionalmente más propio para la novela o el teatro), muchos —entre ellos me cuento yo— lo conocimos gracias a El cuento, revista de la imaginación, que según el mismo Valadés, aparece por vez primera en junio de 1939. Horacio Quiñones, viejo amigo y compañero de trabajo, le dio a conocer textos de la revista Squire. De estas lecturas y de esta amistad surgió la idea para una revista dedicada exclusivamente al cuento y ambos se la propusieron a su maestro, Regino Hernández Llergo, quien financió los primeros números. El director de la publicación, sin embargo, fue siempre Edmundo Valadés, aunque contó con un consejo de redacción compuesto por Gastón García Cantú, Henrique González Casanova y Juan Rulfo.
La primera época duró muy poco tiempo, debido a la escasez de papel por la Segunda Guerra Mundial y, en general, por la crisis que se vivía en México (un año antes había sido nacionalizado el petróleo y la nación se reponía lentamente del costo que eso produjo). No será hasta 1964 cuando aparezca la segunda época de El cuento, cuyo primer número fue financiado por el propietario de la Librería Zaplana: Andrés Zaplana. La revista tuvo como finalidad dar a conocer cuentos cortos e invitar tanto a autores consagrados como a los jóvenes a colaborar. No fue un grupo cerrado, sino una tribuna abierta que llamaba a la calidad literaria. Lo más sorprendente fue que logró una vida ininterrumpida de más de treinta años.
Recuerdo bien cuando murió Valadés, en 1994, época en que Claudia Albarrán, Armando Pereira, Angélica Tornero y yo hacíamos el futuro Diccionario de literatura mexicana, cuyas entradas no son ni de autores ni de obras, sino de instancias mediadoras de la literatura mexicana del siglo XX. Una de las entradas corresponde a El cuento. En esa época (mediados de los noventa), el consejo de redacción de la revista de Valadés estuvo integrado por Juan Antonio Ascencio, Agustín Monsreal, José de la Colina y Eraclio Zepeda, pero también aparecía el ya difunto Valadés, ¡como director! (acaso la siguió dirigiendo desde el más allá), junto con los nombres de Andrés Zaplana (muerto en 1971) y Juan Rulfo (muerto en 1986). Surgió una nueva figura, el director general: Adrián García Valadés, y así la revista sobrevivió a su fundador, a Zaplana y a Rulfo, y permanecería con vida hasta 1999, con más de 140 números.
Cada edición de El cuento contenía una especie de nota introductoria, donde el director presentaba los textos publicados y daba los agradecimientos. Si bien carecía de título, era una constante. Otra sección memorable fue donde aparecía una serie de materiales teóricos y breves reflexiones sobre el viejo género que tanto ocupó a Valadés. Distintos especialistas publicaron allí, lo que verdaderamente constituyó una auténtica poética del cuento y elevaba la revista a la especialización. En cambio, la sección de Cartas desplegaba la correspondencia recibida: un diálogo permanente con los aficionados al género. Por cierto, desde la creación del concurso de cuento organizado por la revista, esta sección empezó a titularse Correo del concurso, y a partir de 1986 fue sustituida por Cartas y envíos. ¿Cómo olvidar la sección nuclear Caja de sorpresas? Justo allí se publicaban los cuentos de autores nacionales y extranjeros, intercalados entre los que integraban la mayor parte de la revista. En 1966 apareció la sección titulada Del concurso, con una selección de los relatos considerados meritorios para concursar. Desde el inicio de la segunda época, en las secciones Retalles (a cargo de Juan Rulfo) y Analetas (a cargo de Valadés), se dieron a la luz pública textos y fragmentos de otros escritores. Ambas secciones duraron ocho años. En Ellos los escribieron, se ofrecía información sobre los colaboradores de cada entrega de El cuento. Por último, José Donoso Pareja firmaba las reseñas de la sección Libros, que años después cambiaría a Crítica y posteriormente, ya sin rúbrica, a Cuentalia.
Esta publicación fue tal vez el gran proyecto de Valadés: un proyecto noble que no sólo se conformó con los tirajes de una revista mensual, sino que también abrió un concurso para incrementar el acervo de buenos cuentos. Me refiero al otrora célebre Concurso de Cuentos de El Cuento, que después recibiría el nombre de Concurso de Cuento Brevísimo, que privilegia la minificción. En agosto de 1964, cuando apareció el número 4 de la segunda época, se difundió también la primera convocatoria. Allí se expuso la intención del concurso: estimular la creación y sugerir el desarrollo de un tema de interés para el país. Andrés Zaplana y Juan Rulfo fungieron como jurado. En sus inicios, el premio consistió en un coche, pero luego se sustituyó por dinero. Tanto fue el éxito de la revista, que recibía material a montones. El concurso tuvo entonces que llevarse a cabo dos veces por año. En las ediciones de aniversario, se ofrecía al público una “selección excepcional” de cuentos; otras entregas antologaban textos de algún país en particular.
Con el número 81, la revista tuvo que volverse bimestral. Valadés tuvo la sensibilidad de recoger distintos relatos, realizar selecciones y antologarlos en tres libros clásicos en la historia del cuento en México: El libro de la imaginación, Los grandes cuentos del siglo XX y Los cuentos de El Cuento. La labor de este hombre como cuentista y difusor no permaneció allí, pues el terreno que sembró con las semillas de sus palabras dio árboles y éstos cientos frutos. Discípulos directos e indirectos han continuado la tarea de Valadés de una u otra forma, difundiendo el género, enriqueciéndolo con nuevas propuestas estéticas o haciendo resurgir viejos valores. La vitalidad del género en México se demuestra en la actualidad gracias a uno de los fenómenos en parte influidos por aquella generosa labor de Valadés. Me refiero a la revista El puro cuento, dirigida por Carlos López, guatemalteco radicado en México, quien ha sabido otorgarle nuevos bríos a la difusión de este género que, por su concisión e intensidad, es y seguirá siendo (cuando se hace bien, por supuesto), un difícil y detallado trabajo de joyería en el que nada debe sobrar ni faltar.
