¿Cómo entusiasmar a un pueblo que no tiene para comer?

 

Alfredo Ríos Camarena

La abstención electoral ha sido una constante en muchos de los sistemas democráticos; en México ésta se agudiza en las campañas intermedias para elegir a los miembros de la Cámara de Diputados; hoy más que nunca, el fenómeno se ve inminente y habrá que considerar como causas estructurales la desigualdad, la pobreza, la frustración y la poca confianza popular en la clase política.

El problema fundamental habría que desentrañarlo en el sistema económico, pues aun cuando diversos autores como Norberto Bobbio consideran que la democracia no es un efecto del capitalismo, la realidad es que la democracia liberal si está originada en los elementos del sistema capitalista que aparecen desde la promulgación de la Constitución norteamericana, la publicación de la obra La riqueza de las naciones de Adam Smith y la Revolución Francesa.

Existe un hilo conductor indudable entre el capitalismo y la democracia liberal, aun cuando no siempre fue así, en la antigua y clásica Grecia nació el concepto político de “el gobierno del pueblo para el pueblo”, pero su desarrollo cobra mayor efectividad justamente en la economía global que hoy sufrimos.

Sin embargo, para los mexicanos existe —cuando menos en el texto constitucional— una visión distinta de democracia, que no se considera sólo como una estructura jurídica o un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo, es decir, no basta con contar los votos —y contarlos bien—, el sistema tienen otra teleología más profunda en relación a la distribución de la riqueza.

Claro está que en la aplicación del sistema hemos fortalecido las instituciones democráticas, convirtiéndonos en el país donde cada voto tiene un valor económico mayor que en cualquier otra parte del planeta. El Congreso de la Unión le ha otorgado al INE muchas facultades y atribuciones que difícilmente podrá cumplirlas a cabalidad, mientras, la acumulación de la riqueza en unas cuantas manos sigue siendo la constante del sistema económico.

Si volteáramos los ojos al texto del artículo 3 de nuestra Carta Magna y entendiéramos que la filosofía constitucional tiene por objeto la igualdad y la libertad con justicia social, entenderíamos por qué hoy en día el fantasma de la abstención domina en escenario nacional.

Entonces, ¿cómo entusiasmar a un pueblo que no tiene para comer, en donde la inseguridad y la desigualdad son permanentes? ¿Cómo darle credibilidad a los partidos políticos que se han convertido en pequeños grupúsculos que controlan y se aferran a una tajada del poder? El poder que detentaba el ejecutivo federal de los gobiernos priistas se diluyó en las Cámaras del Congreso, en los gobiernos estatales y en los partidos políticos.

¿Cómo creer a la campaña agobiante en insulsa de los spots que no nos dicen absolutamente nada de principios, ideología y pensamiento? ¿Cómo no enfurecerse frente a la ostentación impúdica de quienes controlan el dinero y el poder?

Es necesario hacer una reflexión colectiva para tratar de darle a nuestro sistema democrático una conducción que conlleve los fines fundamentales de la república, que están trazados en el texto de una Constitución que cada día parece un instrumento muerto, porque la hemos convertido en un conjunto de reglas y reglamentos, restándole sus concepciones paradigmáticas que son las que deben regir la conducta social.