Henri Cartier-Bresson (1908-2004)

 

Roberto García Bonilla

Es un icono y su nombre ha fortalecido a su gremio: “Los fotógrafos no tienen estatus social muy claro, viven al margen y la gente a menudo se pregunta quiénes son esos tipos tan raros que van dando saltitos por la calle”.

Estas palabras ahora pueden leerse como remembranza y fueron dichas hace poco más de medio siglo por Henri Cartier-Bresson (1908-2004), cuyo tema central es “el hombre. El hombre y su vida, tan breve, tan frágil, tan amenazada”.

Ahora el estatus social no sólo se ha fortalecido, incluso, no pocos fotógrafos ordinarios han alcanzado el rango de “artistas”, gracias al predominio que ha alcanzado la imagen sobre el texto (¡la palabra!) desde la publicidad hasta los libros teóricos; en los manuales de uso del mismo modo que en los dossiers de publicaciones periódicas.

A la música, por travieso

Cartier-Bresson nació en Chanteloup-en-Brie, en las inmediaciones de París, fue un niño enfermizo. No se consideraba a sí mismo un superdotado, al contrario: su formación fue muy lenta. Tenía sensibilidad por las artes; leí mucha literatura, visitaba museos y observaba hasta el límite la composición de los cuadros. Tenía dos hermanas menores con las que jugaba y se pasaba el día molestándolas; entonces a su madre se le ocurrió enviarlo a los conciertos. La música fue la puerta hacia el mundo del arte. Su formación inicial estaba encaminada para llegar a administrar la empresa de su padre, pero durante el bachillerato se impusieron sus inclinaciones artísticas. Estudió dos años con Andre Lhote en Montparnasse, y frecuentó los círculos surrealistas, se hizo amigo de René Crevel, Max Ernst, André Breton, Salvador Dalí; fue gran admirador y colega de Man Ray (“En pintura tienes que trabajar todos los días, todos. En fotografía, uno puede ir haciendo fotos de vez en cuando”).

Como arenas movedizas y nubes agitadas su mundo oscilaba entre la nostalgia del orden (que situó en su obsesión por la geometría: “El principio era la geometría”) y el libre curso de la imaginación. Con todo no sabía que existiesen libros teóricos sobre fotografía. Entonces tomaba fotografías de manera incesante, aunque naturalmente tuvo referencias e influencias: “Recuerdo el trabajo de una fotógrafa. Se llamaba Germaine Krull. Se parecía un poco a Berenice Abbott. Era holandesa”.

Sus cámaras

Con excepción de algunos intentos previos, Cartier-Bresson siempre uso la cámara Leica. “Todos mis intentos de probar otras cosas siempre me han hecho volver a ella. Pero para mí, es la cámara.” La primera que utilizó fue, entre los catorce y quince años, una Brownie Box (Kodak).

Mientras hacía el servicio militar conoció al fotógrafo Peter Powel; en ese tiempo conoció retratos de Man Ray, fue entonces que la fotografía adquirió un primer plano en la vida de quien hiciera uno de los retratos más célebres de Sartre a un costado del Sena; se compró una cámara de gran formato e inició su aventura que se prolongó casi hasta sus últimos años: “Los cuadros de [Giorgio de] Chirico me impresionaron. Me puse a fotografiar el sol en los postigos de las ventanas y cosas por el estilo”.

A los veintitrés años es viajero y fotógrafo en Costa de Marfil; en ese tiempo utilizaba una Krauss usada; las imágenes de ese periplo se publicaron en el año treinta y uno. En África vivió varios meses y sobrevivió de manera elemental; se dedicaba al comercio y a la caza nocturna con fusil de venados, cocodrilos, facoceros, antílopes y monos. En su camino a Níger —en Tabou— compró su primera cámara fotográfica miniatura; tomó muchas imágenes, pero de pronto adquirió el paludismo, luego de cinco meses de pócimas, se curó.

De regreso a Francia fue a vivir a un paraíso mediterráneo: Marsella; en ese puerto compró su primera Leica; de la cual nunca se separó (“Constituye literalmente, la prolongación óptica de mi ojo…”); se integró a su propia personalidad. La consideraba una cámara muy discreta: “Siempre le acoplo el visor Vidom. Si no, no veo nada. Mis ojos están totalmente acostumbrado a él”. Esa maniobrabilidad es de crucial significado porque la fotografía se lo logra el centésimo de segundo del disparo (“Sé si es una buena foto desde el momento en que aprieto el botón”).

Doce encuentros

En Ver es un todo. Entrevistas y conversaciones. 1951-1998 encontramos doce encuentros en los que el tono anecdótico de la entrevista se torna una sesión entre especialistas de la fotografía con un artista legendario que responde con una pasmosa sencillez por su contundencia y ausencia de arrogancia; la humildad frente al arte que es su ser mismo, se impone a todas las etiquetas que se le han adjudicado con razón y muchas veces sólo con efectismo al que son tan afectos los medios de comunicación.

En las palabras del fundador de la no menos mítica agencia Magnum —junto con D. Seymour, G. Rodger, R. Capa y W. Vandivert— hay sabiduría, evocación, nostalgia; la ambición intelectual de un antropólogo de la imagen y feligrés magnánimo de la fotografía.

“Componer, encuadrar en el momento de la toma, ésa es la única verdad, incluso para el reportero. ¡Lo crea[n] o no, tengo imágenes cuya composición, cuyo orden —en una centésima de segundo— cae exactamente dentro del número áureo!”

Henrie Cartier-Bresson. Ver es todo. Entrevistas y conversaciones 1951-1998, México, Gustavo Gili, 2014.