Juan Antonio Rosado
No hay libro que pertenezca a un solo autor. Toda obra se nutre de diversas tradiciones que el autor absorbe de modo inconsciente o indirecto. Si lo anterior es válido para cualquier libro, con mayor razón cuando se trata de una obra colectiva en la que, además del director y del escritor, intervienen aspectos como la animación, el sonido y el dibujo, con gran cantidad de ilustradores y animadores, a fin de que el lector no sólo cuente con un bello libro, sino también con la posibilidad de interactuar en la realidad virtual desde su iPad. Lo anterior ocurre con Escribe, escribano, proyecto dirigido por María Romero que dio como resultado un producto complejo y a la vez lúdico, antisolemne, didáctico y literario. La obra reúne éstas y otras características que sería dilatado exponer. Por ello, me concretaré al aspecto literario, que se despliega con sencillez e imaginación a través del Abecedario lúdico, de José Antonio Lugo.
¿Quién, en la infancia, no aprendió las letras jugando, como ocurre en aquella canción de Cri-Crí donde las letras marchan y son descritas con gracia y economía? Parece que Arthur Rimbaud, de hecho, se basó en uno de esos libros lúdicos para aprender las letras, a fin de crear su célebre poema “Voyelles”. Otro antecedente son las greguerías que Ramón Gómez de la Serna escribió sobre algunas letras, como la Y o la X. Un antecedente más es el libro Asteriscos, de Carlos López, donde las letras y signos de puntuación se modifican por obra y gracia de la imaginación. José Antonio Lugo se centra en las letras y crea un abecedario. Como es obvio, la obra se inicia con la letra A, que “va adelante y cuando las letras van en fila india y el escritor decreta ‘media vuelta’, entonces intercambia su lugar con la Z”. “La A es una bailarina con un cinturón en medio de los muslos…”. Cada párrafo encierra un aspecto, una faceta distinta de la A, “vocal predominante en el idioma zapoteco que, por ello, es un idioma que canta”, pero también es la “letra árabe”, por palabras como “álgebra, almohacín, alebrije”. Ya nos lleve a un hermoso vocablo, ya a un barrio de Lisboa, lo cierto es que se trata de “la letra que vuela”: “forma la palabra ala y vista desde arriba es como uno de esos aviones que no detectan los radares. Por ello, avión empieza con la A”. Tres páginas sobre esta letra nos llenan de asociaciones, nos recuerdan palabras olvidadas, nos llevan por los caminos del arte, la historia, la geografía, la ciencia y la mitología, con alegres evocaciones, invocaciones y provocaciones a menudo inauditas y muy imaginativas. Lo mismo sucede con cada letra en este colorido alfabeto que nos hace soñar: la M “es una V apoyada en dos muros”; la S, “una autopista cortada por falta de presupuesto”, y así podríamos continuar. Esta obra fresca e intensa no es sólo para niños. Con ella, cualquier lector o amante de nuestra lengua aprende y se divierte a la vez.
Escribe, escribano (Dirección general: María Romero; Abecedario lúdico: José Antonio Lugo; dirección de animación: Gabriela Badillo; diseño sonoro: Daniel Hidalgo; diseño editorial: Iván W. Jiménez; apps: Estudio Cayab), México, Grupo Horma, 2014; 129 pp.
