“La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”, algo que al parecer no será posible para el autor de esta frase, ya que a un año de su muerte -17 de abril de 2014- las obras del escritor colombiano Gabriel García Márquez se han incrementado casi el doble de sus ventas. Títulos como El amor en los tiempos de cólera, Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios, así como Memoria de mis putas y Cien años de soledad, este último con las mayores ventas; demuestran que “Gabo” como muchos le decían está “más vivo que nunca”.
Los homenajes no se han hecho esperar. En su natal Colombia, la Biblioteca Nacional a manera de homenaje inaugura la exposición “un espejo en el mundo” integrada por elementos que le sirvieron como inspiración al escritor, protagonista de la muestra. Además de la máquina “Smith-Corona” en la que Gabriel escribió “Cien años de soledad”, su obra maestra.
En México –país donde falleció- con el apoyo de CONACULTA y el Instituto Nacional de Bellas Artes, se ofrecerá una serie de actividades como lectura de sus obras y la proyección de al menos una docena de películas basadas en sus historias o escritas por él como guiones cinematográficos. Además de una jornada nacional en 2 mil Salas de Lectura, para recordar diversos fragmentos de obras del autor de El coronel no tiene quien le escriba. Asimismo, la Cineteca Nacional organiza un ciclo en honor al Premio Nobel de Literatura 1982, con una docena de películas basadas en obras suyas o bien en las que participó como guionista.
La vida del “Gabo” en México
La llegada del escritor a la tierra del tequila a finales de la década de los cincuenta fue descrito por él mismo, con un sentido del humor muy colombiano, como “el encontronazo entre la guayaba y el chile para dar paso a un nuevo sabor”. Nuestro país fue fundamental en la vida del Gabo “Sin los recuerdos que me inspiró México nunca podría haber escrito Cien años de soledad, confesó en varias ocasiones a sus amigos más cercanos.
El poeta y escritor Álvaro Mutis se convirtió en su guía en tierras mexicanas cuando él y su esposas Mercedes, llegaron con el pequeño Rodrigo de tres años y los alojó en el edificio Bonampak de la calle de Mérida, en la colonia Roma y después en Renán 21 en la colonia Anzures, el cual estaba amueblado solo con un colchón doble en el suelo, una mesa, un par de sillas y un moisés para el pequeño Rodrigo. Al cabo de tres años nacería en México su hijo Gonzalo.
Encontrar trabajo fue una tarea difícil, aun cuando Mutis y otros amigos como Juan García Ponce lo promocionaban a diestra y siniestra como uno de los más sólidos autores de América Latina.
Su primer contacto con la literatura mexicana fue gracias a dos libros que una tarde le trajo Álvaro Mutis, llamados Pedro Páramo y El llano en llamas. “Tienes que leerlos para que aprendas como se debe escribir”, le dijo su amigo, sin saber el impacto que ocasionaría en Gabriel, quien quedó pasmado con la riqueza de estilo de Juan Rulfo.
Se dice que la primera lectura de ambos libros la hizo en sólo dos días y que en adelante los cargaba como una Biblia en el bolsillo del saco para recitar a cuanto amigo se encontrara frases y hasta párrafos enteros.
Pero a la par de ese primer acercamiento con los autores nacionales, su precaria situación económica se acumulaba día con día, por ello Gabriel aceptó realizar colaboraciones para la Revista Universidad de México y gracias a su amigo Max Aub —entonces director de Radio Universidad—, tuvo una serie de intervenciones habladas para la estación.
Comienza la aventura de los Buendía
Se dice, que un día Álvaro Mutis, pasó por él a bordo de un viejo Ford rojo y le dijo que lo iba a llevar de viaje a un paraíso mexicano llamado Veracruz, que se asemejaba mucho a su tierra natal. El escritor se enamoró a primera vista de aquel lugar y decidió al poco tiempo instalarse con su familia en esa cálida región.
Cierta mañana, a bordo de un autobús, mirando los soleados paisajes de tierras jarochas, tuvo la visión de su tierra natal, y más aún, de una historia épica, arquetípica y fantástica desarrollada en el contexto latinoamericano como testimonio de su complejidad, riqueza y diversidad de culturas. Gabriel comenzó a escribir Cien años de soledad.
Tecleó furiosamente en su máquina de escribir por más de 14 meses en el estudio al que llamaba “La cueva de la mafia”. Se apartó por completo de las reuniones sociales y de intelectuales. Se cuenta que durante el proceso de creación de Cien años de soledad sufrió de fuertes dolores de cabeza que no lo dejaban en paz hasta que la concluyó.
Los capítulos originales los leyeron, entre otros, el crítico literario Emmanuel Carballo, quien de inmediato aseguró tener en sus manos una obra maestra. La novela no se editó en Era, sino que la envió a la casa de publicaciones de origen argentino Sudamericana.
En México, Cien años de soledad no sólo fue recibida con entusiasmo por Carlos Fuentes y otros amigos del Gabo, sino por los mismos lectores cuando vio la luz un 30 de mayo de 1967.
A los 15 días se preparó una segunda edición de 10 mil ejemplares y en toda América Latina había una gran demanda. En México se solicitaron 20 mil ejemplares y en países extranjeros querían publicarla en su idioma. Todos hablaban de la novela ilustrada por Vicente Rojo. En tan sólo tres años vendió 600 mil ejemplares, y en ocho, aumentó a dos millones, el resto es historia.
Con la partida de García Márquez se fue también una de las principales voces que predijeron la omnipresencia de la cultura latinoamericana en todo el orbe: “El espíritu joven de América Latina late en mi alma como el corazón de un cancerbero”, afirmaría en una ocasión, comparando ese ímpetu con lo polvoso, herrumbrado y decadente de muchos perfiles del viejo continente, que en su opinión, tenía mucho que aprender de la sangre nueva de los latinos e inevitablemente legarles la estafeta como los futuros regidores del orden mundial, visión que conservó hasta sus últimos días y que expresó claramente durante su ya célebre discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura.

