Juan Antonio Rosado

Más allá de cualquier postura (de izquierda o de derecha), con actitud vigilante de la historia y su dialéctica, ciertos investigadores se han instalado en el lado “negativo”, o mejor dicho, en el lado oculto u oscuro de los recuentos y testimonios de la historiografía. Saben bien que los discursos oficiales, oficialistas u “oficialeros” retocan o incluso inventan la realidad, al suprimir de los hechos todo aquel elemento negativo o simplemente incómodo, con el fin de legitimar a los estados corruptos y ofrecerles a las nuevas generaciones una versión “limpia” de la historia. Karlheinz Deschner, por ejemplo, escribió la Historia criminal del cristianismo, que devela el lodo y el lado oscuro de una institución que nació podrida. Lo mismo hicieron, pero con el gobierno de Washington, los autores de libros como El imperio del banano o Bitter Fruit. El uruguayo Eduardo Galeano, con emoción e intención similares, escribe Las venas abiertas de América Latina (1971, 1980), donde aprendemos que “sólo los países ricos tienen el derecho de explotar en su beneficio las ‘ventajas naturales comparativas’ que determinan, en la teoría, la división internacional del trabajo”, y Memoria del fuego (tres volúmenes, 1982, 1984 y 1986), la memoria poetizada de la destrucción, del despojo y el esclavismo, entre otras narraciones que buscan las esencias, las verdades, y buscan decirlas de un modo que permanezca sobre el paso del tiempo.

¿Por qué Eduardo Hughes Galeano se quitó el apellido paterno, de origen extranjero, y firmó artísticamente con su apellido materno? Es sintomático que muchos latinoamericanos con la mente colonizada usen seudónimos extranjeros para “parecerse a ellos”, para ser como ellos (parafraseo otro título de Galeano), o les pongan a sus hijos nombres extranjerizantes. ¿Por qué Galeno hizo lo contrario y reafirmó la hispanidad que nos da unidad a los latinoamericanos? En una medida, creo, se debe a su decisiva vocación latinoamericanista, en parte deudora de Manuel Ugarte y de otros tantos intelectuales que han reflexionado en torno a esta región del planeta. Para Galeano, América “se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”. La región, nuestra región, o Nuestra América, como diría José Martí, sigue trabajando de sirvienta.

Pero la obra maestra de Galeano es Memoria del fuego, intensa galería donde el autor, a través de pequeños cuadros, poetiza cronológicamente y actualiza gran parte de nuestra realidad (aquí ya es el investigador en connivencia con el poeta). Transcribo sólo uno de estos cuadros porque la historia se repetirá una y otra vez: “1522/ Caminos de Santo Domingo/ Pies/ La rebelión, primera rebelión de los esclavos negros en América, ha sido aplastada. Había estallado en los molinos de azúcar de Diego Colón, el hijo del descubridor. En ingenios y plantaciones de toda la isla, se había propagado el incendio. Se habían alzado los negros y los pocos indios que quedaban vivos, armados de piedras y palos y lanzas de caña que se quebraron, furiosas, inútiles, contra las armaduras.// De las horcas, desparramadas por los caminos, penden ahora mujeres y hombres, jóvenes y viejos. A la altura de los ojos del caminante, cuelgan los pies. Por los pies, el caminante podría reconocer a los castigados, adivinar cómo eran antes de que llegara la muerte. Entre estos pies de cuero, tajeados por el trabajo y los andares, hay pies del tiempo y pies del contratiempo; pies prisioneros y pies que bailan, todavía, amando a la tierra y llamando a la guerra”.