Del filme a la literatura sagrada, la Tierra es la única realidad de los seres vivos

Gerardo Yong

Este planeta es maravilloso. Ha sido la cuna de la civilización humana desde hace miles de años y de su extrema sobreexplotación de recursos naturales que, pese a todos, parecen no acabarse. Hollywood nos lo ha presentado como la envidia de los extraterrestres que, en un sinfín de películas, han intentado arrebatársela a los seres humanos. Precisamente esas películas, lo que buscan es destacar la importancia que tiene la Tierra como el centro de la vida, no tanto en promover el temor a unos seres que ni siquiera se sabe de su existencia.

Los primeros filmes que surgieron a partir de la obra de George Wells titulada la Guerra de los mundos, un libro que fue publicado en 1898. Esa fue la primera vez, al menos en la literatura ficticia, que se menciona una invasión alienígena y a partir de ella se han sucedido otras más con temas diferentes y objetivos diferentes.  El inicio de la obra demuestra la destreza del escritor al tratar de crear un marco referencial basado en la vida humana, pero visto desde una forma externa; con una visión extraordinaria. Es así como lo indica: “En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua”.

De ello, se desprende que el conocimiento extraterrestre es básicamente igual al nuestro sólo que más avanzado. La necesidad de crear un ente más fuerte que el hombre es una tendencia que busca manifestar una situación de incertidumbre en el pensamiento humano y, sobre todo, en una colectividad que sale de su anonimato a través de las reacciones causadas mediante una comparación externa que se vuelve contra su propio razonamiento basado en el antropocentrismo.

La versión realizada por Byron Haskin en 1953, no tenía tanto la intención de crear un temor en la población contra una invasión extraterrestre, sino de concientizar el valor del planeta para nosotros mismos. La necesidad de reflexionar sobre las acciones que la humanidad ha estado haciendo hasta ese momento mediante la introducción de un elemento externo que pudiera catalizar hacia un pensamiento autocrítico. Años atrás, en 1951, otra película denominada “El día que la Tierra se detuvo”, llevada a la pantalla por Robert Wise, tenía el mismo efecto: que la humanidad reflexionara sus propias acciones y asumiera la corrección de las misma para beneficio de una comunidad interestelar que, por supuesto, empieza en ella misma.

El efecto del monstruo escondido tras la puerta del ropero ha sido el aguijón que ha motivado a la mente humana para actuar bajo el control del miedo y la recompensa del buen actuar. Esa misma conducta es importada por los filmes de ciencia ficción para reafirmar la conciencia de que la Tierra es el lugar de una humanidad sensible a los cambios que origina en su entorno, sólo que a través de una historia impactante.

Otras películas surgidas a los largo del siglo XX mostraron la necesidad de un cambio basada en alguna tendencia política haciendo de otras ideologías el objeto del temor extraterrestre cuya intención era apoderarse del mundo, no de la Tierra, sino de la civilización humana, la cual por cierto es poseedora del planeta. Eso sucedió con frecuencia durante los filmes de la Guerra Fría, en los que la amenaza soviética se podía interpretar como una fuerza extraña en constante vigilancia, la cual era capaz de abducir individuos para estudiar las debilidades humanas (Encuentros del tercer tipo, 1977, de Steven Spielberg) o un alienígena despiadado que sólo busca probar su fuerza (Depredador, 1987, de John McTiernan). El filme E.T., realizado en 1982, nos presenta a un desvalido ser extraterrestre, abandonado por una expedición científica que, por cierto, estaba estudiando el medio ambiente terrestre. ET busca regresar a su hogar. Es también el inicio de una conciencia que parte de ver la crueldad humana hacia otros seres que, evidentemente, somos nosotros mismos en la relación con nuestro planeta.

Al término de la película llamada “Invasión del mundo. Batalla Los Angeles”, 2011, de Jonathan Liebesman, pude ver la decepción de uno de los espectadores cuando caminaba hacia la salida y decía a su acompañante: “Si eso fuera cierto, yo estaría a favor de los extraterrestres, porque los humanos han fracasado en la manera en la que han gobernado el planeta”.

Incluso, libros sagrados como la Biblia, que hace referencia en el Génesis a la creación del planeta, destacan la necesidad de cuidarlo como un templo surgido de la mente de Dios y como el factor divino de la vida. No es sino hasta el Tercer Día cuando Dios crea la tierra habitable, con la división del Día y la Noche, aspectos que permitirán que, en el Cuarto Día, pueda crear a los seres vivientes que la poblarán. La lógica mencionada en el Génesis, es muy coincidente con la realidad de la Tierra como la tercera órbita del sistema planetario solar.

La realidad es que la Tierra es el lugar de la humanidad y la astronáutica ha demostrado cientos de veces que es un planeta único para la vida. En el Día Internacional de la Tierra, celebrado el 22 de abril, la conciencia sobre la vida como centro del universo podría prevalecer como si una mente externa nos estuviera analizando y entendiendo nuestras acciones para corregir defectos seculares en nuestras relaciones con nuestros semejantes y, sobre todo, en los efectos que estos causan al entorno planetario; único punto existente de la vida.