Profecías electorales
José Elías Romero Apis
Me atrevo a pensar que el domingo 7 de junio nada cambiará en México. Que el lunes 8 todo será idéntico a como lo fue el sábado 6. Esos días en los que no pasa nada, en la política se llaman días perdidos. Yo creo que ése será un fin de semana perdido. Sin paseos, sin descansos y sin resultados.
Esto no es un vaticinio ni una adivinación. Tampoco es una profecía porque eso no me corresponde a mí. Así que dejémoslos en meros pronósticos. Lo resumo en referentes básicos que paso a detallar.
He dicho en varias ocasiones que la contienda electoral mexicana da la impresión de aparecer en el centro de un escenario de crisis nacional donde algunos de los aspirantes portan el discurso del salvamento de la nación a título exclusivo.
En unos días más, los mexicanos estaremos determinando la composición de la próxima Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. En función de ello, tres dudas inciden en el pensamiento político mexicano de nuestros días. La primera tiene que ver con su futura composición. La segunda tiene que ver con la realidad de nuestra democracia. Y la tercera, con los fenómenos de la gobernabilidad mexicana.
El discurso electoral de esta campaña es, desde luego, seductor pero peligroso. Seduce, porque son tiempos donde una buena parte de la esperanza se encuentra abatida y se está generando un ansia por recibir promesas al orden del día. Por eso dice Marlis Alpher que, en estos tiempos, ya no pedimos que nos las cumplan sino, cuando menos, que nos las prometan.
Es peligroso, porque lleva fácilmente al engaño. Es ésta la palanca cuyo punto de apoyo se encuentra en la deliberada sensación de crisis, de miedo y de desesperanza donde la sociedad queda expuesta a seguir a un político seudoprofesional, aun cuando fuera mentiroso y cínico o, lo que es peor, a un aficionado que podría haber surgido de las filas de la empresa, de la pantalla o del estadio.
De allí la imperiosa necesidad de hacer el mayor uso posible de nuestra capacidad de reflexión y de nuestra crítica imparcial respecto de las circunstancias, los discursos y los aspirantes. De lo contrario podemos deslizarnos en el tobogán de las esperanzas ingenuas que siempre acarrean una factura pletórica de sufrimiento.
Por eso, es conveniente darse como elector el breve espacio de unos cuantos minutos para reflexionar sobre algo tan trascendente para nuestra decisión electoral y, de esa manera, estar en condiciones de emitir un voto razonado. Desde luego que esta decisión debe estar muy normada por nuestros legítimos deseos de mejoría, de progreso y de perfeccionamiento como sociedad, a través de las propuestas más sensatas y más realistas. En ello se deben desechar aquellos impulsos a favor de mudanzas originadas simplemente en el temor que es mal consejero, en la irreflexión que es mala promotora, en el protagonismo que es mal socio, en la imitación que es mala amiga o en el interés, que es mal amo.
Por eso quizá tenía razón Juana de Arco cuando decía que escoger a veces incomoda, a veces molesta y, a veces, hasta duele.
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