LA CULTURA HOY, MAÑANA Y SIEMPRE QUINTO AÑO. NÚMERO 118
Sara Rosalía
Qué interesante o para decirlo de modo superlativo, interesantísimo que la Academia Mexicana de la Lengua vaya poco a poco contando entre sus huestes, no sólo a los grandes escrltores del país, lo cual está muy bien y hasta requetebién, sino a los lingüistas (o filólogos como se decía antes), a los que dominan y estudian las lenguas indígenas, como Yolanda Lastra. y hasta los que saben las que en otros tiempos se llamaban las jergas gremiales, como Diego Valadés, que conoce la expresiones de los abogados o incluso el profesor Elmer Mendoza que está familiarizado con el habla norteña y también, como lo prueba en sus novelas, con el lenguaje del narcotráfico. Esta diversidad va acompañada con que se disminuye el poder de la Academia Española al admitir, como nunca antes, miles de formas de hablar de la América española e incluso reconocer normas diferentes. Por eso es de celebrarse, el ingreso del arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, quien el jueves 12 de mayo, formalizó su entrada con un discurso que antes sería inadmisible “El decir de las piedras”. Ocupó el lugar de José Moreno de Alba, un lingüista, y le dio la bienvenida el decano de la Academia Miguel León-Portilla, quien no escatimó los elogios para Matos Moctezuma. Como León-Portilla y Alfredo López Austin, grandes conocedores, uno de la literatura náuhatl, el otro de los mitos de Mesoamérica, son historiadores, y Matos Moctezuma es arqueólogo, al parecer es el primero de su especialidad en ingresar a la Academia de la Lengua.
Como estudioso, Matos Moctezuma tiene dos virtudes. Una es que conoce perfectamente la historia de su disciplina y, por lo tanto, se sustenta en los estudios anteriores y las vicisitudes de la obra o monumento que estudia, y sobre eso, y aquí su segunda y más importante cualidad, se atreve a una interpretación propia.
Se refirió, como ya lo ha hecho en sus libros, a sus tres piedras favoritas. Al hablar de la Piedra del Sol, luego de mencionar a aquellos que la han estudiado, como Antonio de León y Gama, Alexander von Humboldt, Alfredo Chavero o Felipe Solís, expresó: “un monumento que es el tiempo mismo, el tiempo petrificado. El artista anónimo que la esculpió dejó grabada de manera prodigiosa toda la cosmovisión de un pueblo adorador del Sol. Cuatro fueron las edades o soles por los que había pasado la humanidad antes de su creación definitiva”. De la Coyolxahuqui: “en su movimiento concéntrico revela no sólo un conocimiento avanzado de las fases del astro nocturno y de su relación con el ciclo reproductivo de la mujer, sino la lucha cósmica entre el Sol y la Luna. Por último, se refirió al hallazgo, hace apenas ocho años, de Tlaltecuhtli, una escultura que podría haber fungido de lápida mortuoria del tlatoani Ahuitzotl, gobernante de Tenochtitlan entre 1486 y 1502.
Esa tríada de esculturas que representan el Sol, la Luna y la madre Tierra, concluyó en forma poética y precisa “va más allá del tiempo de los hombres para irrumpir en el ámbito de los dioses, desde esta perspectiva, son intemporales, como los dioses mismos”.
Muchos son los méritos de Eduardo Matos Moctezuma, mencionaré algunos: Director de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, director del Museo de Antropología, de los proyectos de Teotihuacan y Tula, entre otros. Baste decir que le correspondió dirigir el proyecto del Templo Mayor cuando su descubrimiento.
Entre sus libros, Teotihuacan, El calendario azteca y otros monumentos en colaboración con Felipe Solís y Roberto Velasco Alonso, que le editó el Grupo Azabache y si no recuerdo mal le presentaron el pintor Manuel Felguérez y el crítico José Luis Martínez. Vida y muerte en el templo mayor. Grandes hallazgos de la arqueología: De la muerte a la inmortalidad. La muerte entre los mexicas, Muerte a filo de obsidiana y Vida, pasión y muerte de Tenochtitlan. Y por último, uno que casi nadie ha mencionado: El negrito poeta mexicano y el dominicano que forma parte de la Colección Sepan cuantos… de Porrúa.
Atestiguaron su ingreso, el filósofo Jaime Labastida, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, los escritores Gonzalo Celorio, secretario de esa institución, Adolfo Castañón y Hugo Gutiérrez Vega. Asistió igualmente María Teresa Franco, directora del Instituto Nacional de Antropología e Historia.
