Desde hace cinco años
René Anaya
Hasta fines del siglo pasado, el hielo de la Antártida no representaba ninguna preocupación, pese al agujero de ozono y al calentamiento global, ya que se observaba un equilibrio entre el derretimiento y la formación de hielo, aunque los investigadores polemizaban al respecto.
Por cada estudio que alertaba sobre el deshielo en esa zona, había otro que registraba una mayor acumulación de nieve. Lo cierto es que había un precario balance dinámico, el cual comenzó a romperse hacia 2009, según estimaciones de trabajos recientes. Estos resultados han puesto en alerta a los expertos en cambio climático.
El continente que pulsa
La Antártida, considerada prácticamente un continente por sus 14 millones de kilómetros cuadrados de superficie (siete veces más que nuestro país), es una de las regiones más preciadas de la Tierra, pues acumula entre 80 por ciento y 90 por ciento del agua dulce del planeta. Su altura promedio es de 2 mil 500 metros, con picos de hasta 5 mil metros.
Su superficie está cubierta casi en su totalidad por inlandsis (vocablo danés que significa hielo tierra adentro), que son placas glaciares de gran tamaño y de espesor de hasta tres kilómetros. Se estima que el volumen de inlandsis es de 20 millones de kilómetros cúbicos.
Hasta la primera década de este siglo, la Antártica obedecía a un ciclo relacionado con las estaciones; en el verano su superficie era de 14 millones de kilómetros cuadrados, de los cuales solamente el tres por ciento quedaba libre de hielos. Durante el invierno, el mar que la rodea se congelaba y su superficie llegaba a aumentar hasta 30 millones de kilómetros cuadrados, como ocurrió en diciembre de 2013, por lo que se le llamó continente pulsante.
Sin embargo, ese ciclo ha empezado a modificarse, según dos trabajos realizados recientemente por expertos en cambio climático, uno de ellos fue encabezado por Katja Frieler, del Instituto para la Investigación del Impacto Climático de Postdam, Alemania; el otro lo dirigió Bert Wouters, de la Universidad de Bristol, del Reino Unido.
El trabajo de Frieler y colaboradores se centró en el análisis de seis bloques de hielo: tres del interior de la meseta Antártica, dos de zonas costeras y uno de la Antártida Occidental. El estudio demostró que “por cada grado de calentamiento regional, la nieve caída aumenta en cinco por ciento”, afirmó Katja Frieler.
Esta conclusión, que parece paradójica, tiene un fundamento lógico: la elevación de temperatura provoca que se evapore más agua de los océanos que rodean al continente pulsante, entonces el incremento de humedad causa más precipitaciones cuando el aire cálido y húmedo llega al interior de los casquetes.
“Como las nevadas adicionales elevan la capa de hielo de la zona terrestre del continente antártico pero menos en la capa helada flotante, el hielo fluye más rápidamente hacia el océano, contribuyendo a la subida del nivel del mar”, ha advertido Ricarda Winnkelman, del Instituto de Física de la Universidad de Postdam, coautora del estudio.
Los riesgos del deshielo
Por su parte, Bert Wouters y colaboradores analizaron los datos de altimetría proporcionados por satélites desde principios de este siglo, y encontraron que la altura de los hielos se mantuvo estable hasta 2009, desde entonces se ha reducido la zona de hielo. Se considera que la Antártida pierde unos 60 kilómetros cúbicos de hielo anualmente, pero “estos cambios no se deben al aumento de las temperaturas, sino a una alteración en la dinámica de los glaciares”, considera la investigadora Alba Martín-Español, coautora del trabajo: se sabe que los vientos circumpolares se aceleran y elevan las corrientes submarinas más cálidas, las cuales derriten los glaciares por abajo.
Se ha calculado que desde 2010 el Mar de Bellingshausen pierde cada año 60 mil millones de toneladas de hielo, en tanto que los glaciares del Mar de Amundsen pierden 110 mil millones de toneladas. Si a estas pérdidas se les restan los 70 mil millones de toneladas que se ganan en la zona occidental de la Antártida, de todos modos se tiene un balance negativo.
Esta pérdida de hielo es muy poca si se le compara con las 243 mil millones de toneladas que cada año se derriten en Groenlandia. Lo preocupante es que esta tendencia de pérdidas se ha ido incrementando desde hace cinco años, por lo que el sistema antártico se puede desestabilizar en poco tiempo.
Si la tendencia continúa, aumentará el deshielo y, por lo tanto, el nivel del mar en todo el mundo, lo cual provocaría inundaciones en muchas zonas costeras, con la pérdida de ecosistemas, que causaría graves repercusiones de salud y económicas.
reneanaya2000@gmail.com
f/René Anaya Periodista Científico
