Carmen Galindo
Huberto Batis llega de su natal Guadalajara con una carta de Agustín Yáñez, que debe presentar, para que lo protejan, a Nabor Carrillo, rector de la UNAM; Margaret Shedd, directora del Centro Mexicano de Escritores patrocinada por la Fundación Rockefeller, y a Alfonso Reyes, patriarca de la literatura mexicana en esos años. Todos respondieron favorablemente a la petición de Yáñez, por lo cual Huberto ingresó como estudiante a la UNAM y acabó por aceptar la mejor beca que resultó la de El Colegio de México, ligado al Mexico City College (Universidad de las Américas) y al Instituto Mexicano Norteamericano de Relaciones Culturales, todos patrocinados por la ubicua Fundación Rockefeller. Como quien dice, Batis ingresó al mundo de la cultura con el pie derecho.
Con los años dirige, con Carlos Valdés, Cuadernos del viento, una revista celebre que se publica de 1960 a 1967. Los números salen irregularmente en hojas papel bond de colores que, ahora sabemos, es por razones económicas, sólo el último número aparece en hoja bond, pero absolutamente blanca. Batis sigue la regla de oro de Altamirano y reúne a tirios y troyanos. Al final me invita a que me quede con la revista, pero cuando llego en grupo, con Roberto Páramo, Miguel Capistrán, Jaime del Palacio y yo, Huberto parece haber olvidado su ofrecimiento, de cualquier manera hacemos el número que habíamos planeado, que aparece en papel azul pastel. Sólo años después, en su libro Lo que Cuadernos del viento nos dejó, Huberto comenta que, en efecto, nos había ofrecido quedarnos con la revista.
La primera investigación literaria importante de Batis, en el Centro de Estudios Literarios, bajo la férrea mano de la maestra Carmen Millán, son los índices de El renacimiento, la revista de Ignacio Manuel Altamirano. Esa publicación fundacional de las letras nacionales, se propuso, al menos en sus páginas, reconciliar a liberales y conservadores. Esa propuesta anima, como ya dije, Cuadernos del viento y más tarde el suplemento Sábado, del periódico Unomásuno, que Huberto hereda de Fernando Benítez. No siempre fue así. Me consta que cuando dirige la Revista de Bellas Artes me publica a mí, a regañadientes, (“que sea breve tu texto para que no te quemes”) a pesar de que me invitó (y tal vez por eso) José Luis Martínez, en ese momento director de Bellas Artes. Ya Juan García Ponce me había pedido antes una colaboración, “si escribes una nota sobre mi novela, te la publicamos en la Revista de Bellas Artes”. Siempre me ha paralizado escribir sobre pedido y terminé por escribir sobre algunas obras de Juan y mucho de él mismo, pero en mi columna de Novedades.
El nombre de una generación
Varias veces he comentado con Huberto este tema. Unos intentan llamarle la Generación del Medio Siglo, aludiendo a que aparecen en los años cincuentas del siglo XX. A Huberto no le parece adecuado el nombre, porque, al igual que yo, conocemos la existencia de la revista Medio Siglo, de la Facultad de Derecho y que fue una propuesta de una generación integrada por Carlos Fuentes, Luis Prieto, Sergio Pitol, Mario Moya Palencia, Porfirio Muñoz Ledo y Raúl Ortiz y Ortiz, entre otros.
Al grupo literario que se inicia en México en la cultura de Novedades y luego pasa a esta revista Siempre como La cultura en México, los malquerientes del grupo los llamábamos La Mafia. Mi columna Tertulia Literaria aparecía “no diré que muy seguido, pero sí de vez en cuando” con el subtítulo de La Mafia y algunos más”. ¿Por qué La Mafia? Porque ocupaban, o por mejor decir dirigían, todos los espacios culturales. El centro del poder cultural emanaba de Difusión Cultural de la UNAM, en el décimo piso de la Rectoría, encabezado por Jaime García Terrés, yerno del rector de entonces Ignacio Chávez. Siempre me he cuestionado lo del nepotismo, porque pienso que en cuanto me nombraran de algo pondría a mi hermana para que me ayudara y lo mismo pienso sinceramente de Jaime García Terrés, quien tenía los méritos para ser director de Difusión Cultural, a pesar y no a causa de ser yerno del rector. Total, el grupo que menciono, encabezado periodísticamente por Fernando Benítez, tanto en Novedades como aquí en el Siempre, tenían todo el poder cultural. Difusión Cultural abarcaba la Revista de la Universidad y la Casa del Lago que dirigía Juan Vicente Melo.
El propio Batis comenta que después de eso, se refugiaron en las Olimpíadas culturales y vino el 68 y ya nada fue igual. Para mí que la hegemonía cultural se acabó con el 68, surgieron muchos grupos alternativos, llegaron los exiliados, la UNAM se transformó, incluso en el ámbito del poder, pues no hay que olvidar que Gastón García Cantú (recordemos tan sólo su libro Javier Barros Sierra 1968: Conversaciones con Gastón García Cantú) es uno de los apoyos más importantes del nuevo rector Javier Barros Sierra.
Resumo, unos le llaman la Generación del Medio Siglo, otros La Mafia y otros, con Huberto Batis a la cabeza, han peleado para que se les conozca como la Generación de la Casa del Lago y es el nombre que han adoptado Armando Pereyra o Juan José Rosado.
Cuando perdieron la Casa del Lago
Bien puede pensarse que la Casa del Lago, en el Bosque de Chapultepec, fue su último bastión, no como escritores o artistas, sino como grupo. Resulta que se realizó una exposición ahí y como acostumbraban, según se supo después, el coctel continuó hasta la madrugada. Todo como siempre, salvo que esta vez ocurrió un hecho trágico. Uno de los invitados se retiró esa noche y al día siguiente lo encontraron sin vida. Difusión Cultural, ya entonces bajo la dirección de Gastón García Cantú, lo aprovecho para cesar, sin apelación, a Juan Vicente Melo. A pesar de que nadie fue acusado de los asistentes al coctel, aunque muchos fueron interrogados, García Cantú argumentó que se había hecho uso de las instalaciones universitarias fuera del horario permitido. Pocos días después, Juan García Ponce me pidió escribir mi columna, es decir, me dictó lo que tenía que decir y yo la firmé. Ahí se planteaba, y creo que es fundamental para la caracterización de este grupo cultural hegemónico, una beligerante posición en contra del nacionalismo de García Cantú y en favor del universalismo, de difundir las literaturas y el arte del exterior.
Esa misma semana me pidieron que arreglara una cita con la Sra. López Mateos en los Pinos para pedirle que Juan Vicente recuperara su puesto como director de la Casa del Lago. Mi mamá que era amiga de Doña Eva la consiguió y nos citaron a las 11 de la mañana en Los Pinos. Llegamos mi hermana Magdalena y yo tarde, como siempre y desesperadas a la casa de Juan Vicente en los edificios Condesa. Juan García Ponce no estaba. Nos recibieron Juan Vicente y Pixie Hopkins, entonces casada con el director de teatro Juan José Gurrola, quienes vivían en el piso de arriba de Juan Vicente. Muy sonrientes nos dijeron que fuéramos a desayunar, porque, dijo Pixie: “Me muero por comer esos frijoles de lujo (tradúzcase por molletes) de Sanborns”. Y todos nos fuimos a Sanborns, ya ahí nos explicaron que lo habían pensado mejor y que no era adecuado ir a ver a la esposa del Presidente. Ese día, mi mamá le habló a Lety Marín, que era la secretaria de Evita, y pidió que nos disculparan. Huberto considera que ese pleito con García Cantú fue el final del grupo. Obvio que no de la obra de sus integrantes, incluido el propio Huberto, pero muestra que la lucha contra el nacionalismo y a favor del universalismo a ultranza sobre de todo de García Ponce, con su Musil, su Pavesse y su Thomas Mann, como le cantaba Juan Vicente, era la ideología del grupo.
En Cuadernos del Viento, además de los escritores del grupo, como Octavio Paz, Gabriel Zaid, Inés Arredondo, Esther Seligson, Juan Vicente y Juan, colaboraban Sergio Fernández, Rosario Castellanos o Beatriz Espejo, del ámbito universitario. Por más que Huberto diga que la selección obedecía a que a unas les publicaba por bonitas y otras por hacerles el favor porque eran feítas, que era lo que decía precisamente Pedro Infante.
En el suplemento Sábado fue donde se manifestó más su personalidad y por lo mismo, su dirección. Ahí sus gallos fueron, en primer lugar, óigalo usted, Guillermo Sheridan, su crítico de teatro que consiguió que el dividido gremio teatral se uniera para solicitar que no le permitieran hacer crítica de teatro. Enrique Serna que escribe El miedo a los animales en contra de Elena Poniatoska y Cristina Pacheco, por lo que no tienen de criticables: por interesarse por los pobres que Serna supone es una impostura. A mí me critica mi forma de vestir que juzga incompatible con el marxismo, por más que Marx ni hizo voto de pobreza (era judío y ateo) ni se refirió al vestuario políticamente correcto. Alberto Ruy Sánchez que en un desafío muy de Huberto se fotografía en desnudo integral, aunque en forma fetal. Porque han ustedes de saber, que Huberto siempre ha tenido pasión por la fotografía y por las piernas de las mujeres, no en ese orden, y le dio por fotografiar a las visitantes cubriéndoles el rostro con un periódico que supuestamente leían, al grado que hasta Patricia Manterola hizo fila para tener el honor de salir en “el diván” del Sábado de Batis. Al menos eso dice Huberto en You tube.
Sus romances
No, por supuesto, que no voy a hacer una lista exhaustiva, me reduciré a la oficial. Lo conocí casado con Estela, de la que se separó nada amistosamente. Luego se casó con ¿Concepción? Benet y se cuenta que en esos días se hizo experto en vinos. En una fiesta en casa de Yuriria Iturriaga, hace unos dos años, donde Huberto rememoró un affaire de hace tres décadas, me enteré que no sólo tuvo un romance con la actriz Beatriz “la Bella” Baz, a quien conocí como esposa de Íker Larrauri y madre de Patsy y Bonni, sino que se casó con ella. Ahora, desde hace unos 20 años, está casado con una economista, alumna de mi hermana, la joven y guapa Patricia Jacinta.
Y toda esta remembranza porque Huberto Batis, que recibió una medalla y un diploma de manos del rector José Narro el pasado 15 de mayo, por 50 años de maestro, se retira, deja la UNAM.
La última anécdota y nos vamos
Alcanzo a Huberto en el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y allá al final, todavía corríamos, le pregunto: “Oye Huberto acabo de leer Pasado presente de Juan (García Ponce) y estoy francamente escandalizada, qué de intimidades cuenta, cómo se atreve”. Huberto me escucha sonriente pensando que me paso de fresa, por más que ni él ni yo usaríamos esa expresión. Finalmente le pregunto: En la escena del ménage à trois, uno es Juan, ya identifique a fulanita, la alusión es obvia, qué bárbaro, pero el fotógrafo, no sé, pienso que es Alberto Dallal porque dice que estudió arquitectura, pero luego me imagino que es Mikey (Cervantes), porque él sí fue un rato fotógrafo”. Huberto se ríe y me dice: “¿Me estás bromeando?” Y yo, “no, ¿por qué?” Y él: “Porque soy yo”. Y en ese momento me doy cuenta que Huberto hace fotos todo el tiempo. Él todavía riéndose de mi ingenuidad, termina: “Tengo las fotos, si quieres te las traigo, hay un primer plano de las” y aquí una parte del cuerpo de Fulanita, “enormes”. Sí, claro, se tiene bien ganada la fama de erotómano y de fotógrafo. No puedo creer que haya sido tan tonta, le digo riéndome: “no me traigas las fotos, yo paso”.

