Mentadas y leperadas
Humberto Musacchio
Los comicios del pasado día 7 mostraron una inesperada pujanza de nuestro siempre criticable sistema electoral. Los partidos recibieron premios y castigos; los primeros de rebote, pues cayeron gracias a las deficiencias de los contrincantes, en tanto que los castigos fueron muy claramente inferidos por las corruptelas, la ineptitud o la abulia de los partidos sancionados.
Había, es indudable, muchas y muy sólidas razones para abstenerse de ir a las urnas o de anular el voto. Sin embargo, el resultado es desconcertante, pues si bien aumentó en forma notoria el número de anulistas —entre cuatro y cinco millones—, por otra parte aumentó en forma notoria la cantidad de votantes, pues acudió a las casillas 47 por ciento del padrón, cuando se esperaba que en esta ocasión de produjera el más bajo porcentaje de votantes, no sólo porque se trataba de unas elecciones intermedias, en las que el promedio de participación es inferior a 40 por ciento, sino porque era notorio el hartazgo de la ciudadanía con políticos y partidos que sólo parecen interesados en embolsarse cada vez más dinero.
El hecho es que la afluencia de votantes superó por mucho —más de diez puntos— algunas estimaciones. Se dirá que no acudieron a las urnas más de la mitad de los potenciales votantes, lo que es cierto, pero en modo alguno es nuevo. Así funciona la democracia electoral en los países donde el voto no es obligatorio: sube el número de electores cuando se elige jefe de Estado o de gobierno y suele bajar si se trata de comicios parlamentarios.
El mensaje más importante, con todo y el hartazgo con la corrupción y autismo de nuestra clase política, fue el no a la violencia que implica la asistencia a las casillas, lo que no implica que los ciudadanos le den carta blanca a la represión, sino que más bien se exige a las autoridades de todo nivel que tomen en cuenta que los hechos los suscita la insatisfacción de viejas demandas.
Algo sorpresivo fue la introducción de un nuevo lenguaje en las lides electorales. Cuauhtémoc Blanco, al ganar la alcaldía de Cuernavaca por el Partido Social Demócrata, comentó: “ya me los chingué” (a sus oponentes); sin hipérbole, puede decirse que la carismática Xóchitl Gálvez hizo su campaña a punta de mentadas y que el Bronco, quien como candidato independiente ganó la gubernatura de Nueva León, salpicó de simpáticas leperadas estos meses para concluir, ya obtenido el triunfo, con una autodefinición: “Soy como limón en las hemorroides de los políticos”.
En fin, que a este paso pronto nuestra lengua oficial será el cabroñol. Por lo menos para fines electorales.
