Carmen Galindo

 Una de las características de la literatura del siglo XX, rasgo que llegó para quedarse, es la mezcla de los géneros literarios, de tal modo que a la novela se le designa como cajón de sastre, porque al parecer cualquier material le es útil, el ensayo, el cuento, la crónica y se apropia incluso de terrenos que por definición son ajenos, como la no ficción. No es el único género que ha confundido sus fronteras con otros, el cuento prescinde del desenlace y se le llama relato; si no tiene desarrollo viñeta y si lo fragmentan de una novela y se le desprende se le conoce como minificción. Y en este panorama, el caso de Eduardo Galeano es especial. Su trilogía Memoria del Fuego no se trata de una ficción, cada relato está respaldado por la realidad. En tiempo, recorre de 1492 hasta el siglo XX. En el espacio, se puede decir que no hay rincón del territorio americano que no aparezca aunque sea una sola vez. Lo que lo singulariza, sin embargo, es que el lector sabe que está ante un género que amalgama dos: la historia y la poesía. En algunos fragmentos aparecen breves escenificaciones en que mediante diálogos y acotaciones incursiona en el teatro.

            El gran Óscar Wilde confesaba que escribía libros para leer lo que le gustaba e idéntico resorte tiene Galeno, porque no le gustaban sus clases de historia, inventa, renueva o revoluciona otra forma de contarla.

            El primer tomo, Los nacimientos, corre de 1492 a 1700, vale decir del viaje de Colón a la muerte de Carlos II, el hechizado. El tomo II, que pasa revista al dominio colonial acaba en 1900 y le echa un ojo a Porfirio Díaz, a los Flores Magón y a Posada, aunque cierra con el Chilam Balam. El tercer tomo, titulado El siglo del viento, cubre el siglo XX y se termina en 1984 narra muchos acontecimientos, y tiene un leitmotiv, la historia de Miguel Mármol, que como ya había revelado Roque Dalton, sobrevivió, como el coronel Aureliano Buendía a varios fusilamientos.

Desde el punto de vista de la geografía recorre, como se dijo hace un momento, toda, pero toda la geografía de América. Cuenta algunos episodios sobre el Cerro de Potosí, en Bolivia, lugar que todos reconocemos por el refrán de que “vale un potosí” donde se asentaba la que pasaba por ser la más grande mina de plata de América. Se refiere, para darnos una idea, a Surinam, la poco comentada posesión holandesa. De los personajes, por decir algo, ahí está, en una nuez como diría Alfonso Reyes, la historia de Flora Tristán, la feminista abuela del pintor Paul Gauguin.

Las historias suelen contar en orden cronológico, como se dice de la A a la Z, es decir, del génesis al juicio final. Galeano, no. Elige unas escenas, algunas sólo esbozadas, y eso es todo. Momentos claves de la historia, la muerte de Cuauhtémoc, la expulsión de los jesuitas o el suplicio de Túpac Amaru y su familia. Muchas de estas escenas son de las que en terminología de Carpentier se considera “lo real-maravilloso”, incluso aparece Mackandal, personaje de El reino de este mundo, donde Carpentier acuñó el afortunado concepto. Pero no son sólo escenas claves, ni real-maravillosas, también hay escenas de la vida diaria, como la que describe la seductora belleza de La Perricholi y el amor que el virrey le tenía, o de la hermana de Benjamín Franklin que no hizo más que vivir su vida de ama de casa al lado de su hermano, tan inteligente, por cierto, como ella. Lo que quiero decir es que se fija en los seres marginales, los esclavos, los indios, las mujeres. Es, si se me permite la expresión, una historia de América por medio de escenas antológicas, algunas de ellas dejadas de lado por las historias tradicionales.

            Otro rasgo que distingue esta trilogía es que no sólo se ocupa de la historia, sino también de la leyenda o del mito, entendido como relatos primigenios de una cultura. Pero no se trata, claro, del antropólogo que toma nota científica con cuidado de no alterar las palabras del informante, porque Galeano, como Henestroza en Los hombres que dispersó la danza, escucha el relato oral, pero no duda en meter su cuchara, su cuchara de poeta actual para recomponer el mito, es decir, para decirlo con sus propias palabras, las del poeta.

            Podría citar aquí algunas figuras retóricas que emplea Galeano, como este oxímoron: “Reina un silencio que aturde” o esta hipérbole: “bajo un sol que fríe las piedras”, pero eso lleva a pensar que la poesía es una retahíla de figuras retóricas y eso no es cierto. Galeano poeta está ahí, y eso está más allá de las figuras retóricas. Como se dijo al principio, la historia y la poesía de amalgaman.

            Un libro similar es Espejos, sólo que éste es más temerario. Nos va contando así, la historia, a probaditas, pero en esta ocasión, modesto no era, ya no se trata de toda la historia del continente americano, esta vez eligió el tema de la historia universal y comienza con Mesopotamia y acaba en el siglo XXI previendo que, como el XX, que prometió paz y justicia, será igualmente sangriento. De Julio César presta oídos a la leyenda y escribe este retruécano: “decían que era el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”.

            Una magia no menor tanto de la trilogía Memoria del fuego, como de Espejos, es que no se demora, son apenas atisbos, y este modo fragmentario de narrar es su sello distintivo y lo que cautiva al lector.