Juan Antonio Rosado

Ignacio Manuel Altamirano fue excepcional porque, por un lado, a pesar de su prurito nacionalista, recomendó la lectura de los clásicos y de los grandes autores de la tradición occidental e hispanoamericana (Cervantes, Victor Hugo, Fenimore Cooper, E.T.A. Hoffmann, Walter Scott, Charles Dickens, Andrés Bello, José Mármol, Esteban Echeverría), de quienes puede aprenderse mucho y obtener la técnica para aplicarla a la realidad mexicana; y por otro lado, a pesar de considerar la novela como un arma ideológica, política, didáctica, moral o histórica, jamás escatimó lo que después se llamará función estética, pero centrada en la verosimilitud.

Un ejemplo es cuando defiende la veracidad de María, de Jorge Isaacs, obra sentimental y romántica, pero Altamirano enfoca su mirada crítica en lo que hoy llamaríamos verosimilitud, palabra que él mismo emplea al referirse a Shakespeare, quien “guarda siempre las conveniencias de la verosimilitud y es lógico hasta en lo fantástico”. Para el polígrafo mexicano, es más realista la enfermedad de María que la tormenta que imagina Bernardin de Saint-Pierre en Pablo y Virginia (uno de los antecedentes e influjos de María). Es también más real el paisaje y el ambiente que nos muestra Isaacs, que la naturaleza artificial que René de Chateaubriand dibuja en su Atala. De María, dice Altamirano que “es una producción del realismo, de la calumniada escuela del realismo, y por eso es una obra maestra. Es una historia y no una ficción, es una fotografía y no una pintura convencional”. Es claro que apoya el realismo como la posibilidad literaria más conveniente. Entonces, resulta lógico que Manuela, personaje de El Zarco, piense (en el capítulo XX) que Atala sea verosímil, y que Virginia lo sea “mucho más”. Manuela en efecto vive fuera de la realidad, en un mundo novelesco, de fantasía, y eso le traerá gravísimas consecuencias. ¡Con seguridad hubiera encontrado también verosímil a doña Sol, quien en el primer acto de Hernani, de Victor Hugo, está decidida a huir con el bandido al que ama (y con sus rudos compañeros), aunque la huida no se lleve a cabo y luego se conozca el origen noble de Hernani!

Altamirano de hecho no se aleja de la tradición literaria hispánica, que ha sido fundamentalmente realista desde El Lazarillo de Tormes (1554) y el El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1616), pasando por El periquillo Sarniento (1816), de Lizardi (“El Pensador Mexicano”). En un artículo de El Mensajero, con fecha de 28 de enero de 1871, Justo Sierra (uno de los discípulos de Altamirano) califica a la escuela realista como “hija legítima de nuestro siglo”. José Luis Martínez considera las novelas de Altamirano como una transición entre el romanticismo sentimental o folletinesco y el realismo. Es verdad: no hay corrientes o tendencias puras, y en una misma obra puede confluir el costumbrismo con el realismo y el romanticismo, y a la vez un cierto afán historiográfico. Lo anterior ocurre en las obras más leídas de Altamirano: Clemencia y El Zarco. En el párrafo introductorio del capítulo III de la primera, el narrador afirma que contará “una historia de sentimiento, historia íntima; ni yo puedo hacer otra cosa, pues carezco de imaginación para urdir tramas y para preparar golpes teatrales. Lo que voy a referir es verdadero; si no fuera así no lo conservaría tan fresco, por desgracia, en el libro fiel de mi memoria”.