Carlos Santibáñez Andonegui
Abordar una ficción colectiva para modificarla, es compromiso que trasciende el humor. Inevitable le es pasar por la risa, (“estoy harta de verlo volar” dice la esposa), al desvirtuar la tendencia que la recrea pero no es experiencia reservada al humor o que se agote en él; si su consecuencia necesaria es la ironía, la aventura no acaba ahí, sino que el viaje sigue, puede ir tan lejos como arribar al puerto seguro de enderezar o adaptar la ficción, a partir del acierto definitorio de que el hombre mismo es una modificación. En su Metamorfosis, el héroe despierta transformado en criatura que vuela alrededor de una lámpara. Pero el caso es peor todavía: sus padres, que otro tiempo habrían sufrido horrores por ello, ahora lo que hacen es cobrar por ver ese exclusivo espectáculo.
El plan de la historieta ideada por Jerry Siegel, era ya una modificación respecto al tipo habitual de amigo del sistema; era el buen gusto de enterrar la ilusión bajo la alfombra, el deseo de hacer todo bien, vivir la vida como nos habían dicho había que vivirla, portarnos bien para estar en cuadro de honor, y dejar cómodamente a Súperman el compromiso de lidiar con el fantasma de lo imposible. Digamos que el consumidor del viejo cómic era el modelo puro de lo que fue el “American way of life”, el norteamericano medio que hacía su parte, el empleado del mes que quería para él, cuadro de honor, vigilando que el hijo hiciera lo suyo, el “hombre a bordo” que se solía jugar el todo por el todo hasta ver resultados, uno o dos autos para él, la esposa y para cada hijo, casa propia, colegiatura, membresía, soporte al crecimiento de los niños a los cuales le unía aparte de una esposa parecida a Luisa Lane, un último acuerdo no escrito: lo imposible estaba a cargo de Súperman.
Siendo así, el Súperman dibujado por Carreto en la obra que nos ocupa, no es para nada burla o remedo, es el que corresponde a nuestra época sobrada de elementos que la ensucian, que la deforman y apremian, expulsándola literalmente del “cuadro de honor” en donde la encontraron los primeros creadores de la historieta. Su trato es con esta época; arranca del hecho de saber que si hoy día se lanzara por primera vez aquel “Súperman” como se hizo en el siglo pasado, no “pegaría”, la gente no lo premiaría con su preferencia y mucho menos, con uno de los retos que el cómic hoy día arrostra como género y no parece fácil evadir: el cinismo. Sí, en cambio, vemos montón de chavos ostentar últimamente camisetas de Súperman en el metro, en patios de hospitales públicos y terminales de autobuses, y en cuanto lugar aproxime la esencia tercermundista de lo federal del Distrito Federal. Si la última versión del superhéroe en la cinematografía mundial no cosechó las esperadas ganancias, es porque a pesar de lo que creen quienes con mente de avestruz imaginan el fin de la historia, el velorio, la despedida, el adiós a la ética, los pueblos tienen memoria, inconsciente colectivo y no es romanticismo: nadie puede afirmar que los Estados Unidos de América sigan siendo lo mismo antes y después del martes negro. La leyenda del héroe aparecida a fines de los años treinta, pudo arrostrar el tiempo en que ocurrían las dos guerras mundiales, la caída del muro de Berlín y el derrumbe del bloque socialista, pero no salió igual antes y después de que el misterio cubriera una vez más al componente de acero, derretido en la lógica de ataque de las torres gemelas, y con ello, inexorablemente y por mucho, se derrumbó el ideal del “hombre de acero”: Súperman. Sobre el tapete verde de las utilidades, veríamos al musculoso y sensual “hombre araña”. Pero quien asegura su testamento en el libro, no es Súperman, sino únicamente la esperanza de que el niño, que en realidad tenía otros padres, pudiera prosperar en el mundo, según lo habían enviado en un satélite a punto de estallar su planeta para salvarse en éste, en donde fue recogido por unos venturosos granjeros de Smallville. El correr de los años le ha quitado esperanza. “No sé bien qué es lo que hago en este planeta”. El mensaje de Carreto lo firmaría Shakespeare: “Está mal un ángel en el mundo”.
Héctor Carreto, Testamento de Clark Kent, diseño de portada e ilustraciones: Alejandro Magallanes. Ilustraciones de interiores: Yolanda Rubioceja, Editorial Almadía, 2015.
