José Gabriel Ríos
Muy acorde con su malicia y drama, lo dice Fritz Blaukrämer, en los prados de su villa, precisamente el día que se suicidó su mujer. De ella habla Paul Chundt, quien ha impulsado y nombrado al hombre en un cargo importante para el Estado.
De ninguna manera podría haber empezado la nota sobre la obra de Heinrich Böll, Mujeres a la orilla del río, con la frase, “el mundo de la música contiene en su parte más dramática un hermoso jardín decadente”.
Pienso que nadie entendería la relación existente entre un piano de cola o varios que han sido destruidos y la metafísica contenida en el dinero.
Me cuesta trabajo comentar un libro que en su idioma original se escribe Frauen vor flosslandschat. Si contamos con las reacciones de una docena de protagonistas —condes, el matrimonio Wubler, Tucheler, el alter ego de Heinrich Böll— que se aplican a libreto con narración novelística: surge la angustia, porque el nuevo siglo, en su segunda década, es de exequias.
La vehemencia del acto de orar, sólo me permite asegurar su ensamble.
Cuando el autor Böll escribe el prólogo de Mujeres a la orilla del río, no es determinante, entonces con seguridad me encontraré con una lectura árida, pues nada me ayuda saber que a Ernst Grobsch no le importa su apariencia física.
Al inicio, de entrada, aparece una línea que no ha sido colocada en su propia dimensión, porque la mujer tiene a su lado un periódico y un manuscrito. Me pregunto si lee uno u otro. ¿Bebe café sin dejar de leer? Lo irremediable sucede más allá de la traducción al español, pues tengo que esperar.
Con paciencia lee el manuscrito; es el currículum de la nueva camarera de los Wubler, la inteligente Katharina Richter, que sin pudor alguno habla de una manera frontal del control absoluto que representa Paul Chundt, involucrado en la trata de mujeres, drogas, armas, en medio de una lucha de clases simulada.
Ahora voy subrayando en el mismo libro, una frase que me gusta: “¿cuál es la diferencia entre el hambre y el apetito?”. Heinrich Böll se impacientaría si mirara mi lectura, pero qué puedo hacer si para mí, siempre he encontrado, no nada más en su obra, aun en otras, a través del tiempo, incidentes o accidentes.
¿Importaría mucho, para la supuesta reseña, es decir, para mí y los otros, conocer el perfil de Böll? Eso sería, como lo aseguran los capos que invaden su texto, “ampliar los límites de lo admisible”, es decir, lo importante es la codicia.
Mujeres a la orilla del río, para el que lee y escribe, es la encarnación de la Democracia. Quizá sería más visible si leyera de nuevo Opiniones de un payaso.
En síntesis, es la petición de los que siempre han estado abajo: los que sueñan con un Estado protector, así como un Papa, un General y un Poeta.
Admito que seguir el curso de la obra de Böll debe ser fatigoso para algunos, pero no por las representaciones, sino por las aprehensiones; es como si me robaran el espíritu, en el curso de varios monólogos-diálogos con el psiquiatra.
Caso Dumpler-Elisabeth Blaukrämer. El escenario: la Casa de Reposo o el Hotel Balneario Kuhlbollen, donde Dimitri, un ruso que nunca veremos, hubiese cambiado la historia, no solamente de Elisabeth, sino también de la novela-teatro.
Dumpler es el detonante que necesitaba Elisabeth para suicidarse, cuando se da cuenta que ya es muy tarde para su rehabilitación.
Mujeres a la orilla del río podría ser la repetición sin diferencia del gran negocio que se llama política; la muerte incubada en la mentira y el silencio.
