Miguel Ángel Muñoz
Lezama Lima escribió que “Las generaciones vuelven las cosas oscuras pero los artistas de vida prolongada nos llenan de claridad y de pronta respuesta”. Hay que pensar en la madurez creativa, en los años de experiencia no sólo visual, sino de la vida misma. Ejemplos: el viejo Tiziano, en el Monet tardío, en el Picasso final, incomprendidos durante tanto tiempo y al cabo vindicados como luminosos. José Villalobos (Ixtepec, Oaxaca, 1950) ha logrado en casi cuatro décadas de creatividad constante una maduración pictórica, que no deja de sorprender con sus diversas facetas: pintor, grabador, dibujante. Los logros de un planteamiento expositivo como éste basado en procurar la visión directa e inmediata de la obra de arte (sin subordinarla a razones de discurso estético), así como en disfrutar la corriente primaria de sensibilidad que se desprende de la presencia física del objeto artístico, esos logros funcionan perfectamente con la obra de Villalobos, un artista que trabaja siempre sobre los valores de la intuición. El color, los tonos apastelados, en los que mezcla sentido cálido con cierta añoranza, y un dibujo tan sencillo como evocador siguen siendo elementos principales de su lenguaje.
Hay pocos artistas visuales capaces de realizar obras que posean cualidades poéticas y plásticas como para ofrecer una propuesta contundente en el arte del siglo XXI en México, un dominio de la forma y de la materia. Para Villalobos, la pintura no es sólo algo exterior, sino es una especie de piel que lo mismo puede tener vida interior que transformar el espacio de la tela. Con una trayectoria importante y múltiples exposiciones colectivas e individuales como las que realizó: “Días terrenales”, Galería Kin, Ciudad de México, 1986; “El tiempo y sus lugares”, Galería Quetzalli, Oaxaca, 1994; “Las tierras altas”, Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, Oaxaca, 1998, por citar sólo algunas. Su obra es una metáfora de ideas, de movimiento y transformación asociadas al paso del tiempo, y de ese planteamiento unificador del cuadro como “organismo vivo”. Una pintura que tiene una tradición importante, que va desde Tintoretto, Rembrandt, Turner, Goya, Roberto Matta, Wilfredo Lam, Rufino Tamayo y Francisco Toledo, Conrad, Faulkner, Stevenson o Pessoa. Desde la vida y la muerte, desde la alta cultura y la artesanía, hasta la pintura más pura en su esencia misma.
En términos pictóricos, el color y la luz dependen de los propios materiales (soporte y pigmento), pero también de la manera de aplicar el empaste y de distribuir los tonos. Nunca antes como en los cuadros: “Mixteca alta”, 2000; “Dos montañas”, 2001; “Bosque azul”, 2001; “Paisaje con piedras”, 2001; Villalobos había utilizado con tanta amplitud el blanco del lienzo como elemento de luminosidad. Al mismo tiempo emplea los verdes y los azules sobre todo, pero también los ocres y los colores terrosos, los rojos, los grises, los malvas y los naranjas, buscando un grado de concentración justo, capaz de provocar una tensión de energías luminosas entre las manchas contrastadas que —flotantes y sueltas como nubes— recorren la superficie de la tela. Es más, se presiente que sus colores, sagazmente sopesados en cada cuadro., responden a una suerte de memoria oculta.
El gran pintor abstracto Esteban Vicente decía: “Para ser pintor uno tiene que aprender la lengua de la pintura, que es forma, construcción, color, ritmo, espacio. Dibujar es siempre esencial: no ideas, no teorías, simplemente usar el órgano más importante, el ojo. Educar la vista mirando la naturaleza continuamente”. Y concluye: “Cuando digo paisaje quiero decir estructura: la estructura de la pintura es un paisaje —pero no el color—. Por eso digo que son paisajes interiores”. Villalobos domina ese equilibrio difícil en el que no se notan las restas, la eliminación de motivos, y se intuye el cuidado con el que se define cada composición. El orden, la mesura, desde una temperatura que se convierte en propia a fuerza de ser asumida y defendida. Villalobos no puede ocultar su dominio de unos recursos sobre los que incide en paciente búsqueda de imágenes, convirtiendo los interiores en espacios silenciosos —por ejemplo, sus dibujos “Danza”, 2002; “Mapa del cielo”, 2001; “La memoria del río”, 2002— donde la abstracción parece flotar, suspendida a un juego de planos tamizados, de sutiles gradaciones siempre luminosas. La obra de arte se eclipsa en una incandescente representación. “detente momento”, decía Goethe.
