Juan Antonio Rosado
Desde el siglo XIX, la novela política en México ha desempeñado una función preponderantemente crítica. Caricaturización, hipérbole, intriga, suspenso, cinismo e ironía se vinculan a las altas esferas del poder. Si además de dichos ingredientes se juntan lo esperpéntico de ciertas situaciones, el absurdo, lo corrosivo, una gama de personajes cuya prosopografía y profundidad sicológica los hace encarnar en atmósferas y escenarios bien trazados, hablamos ya de trabajo artístico. No son los únicos aspectos que convierten a una novela en arte, pero bien planteados intensifican los efectos, la sugestión sensorial y los contenidos. Cuando Felipe Cuevas me confió el manuscrito de su novela La piel acerba para que le hiciera corrección de estilo y le diera sugerencias, me percaté de que esta obra, por su trama y sus personajes, tenía grandes posibilidades. Le sugerí suprimir la enorme cantidad de epígrafes con los que su autor “justificaba” la escritura, así como eliminar “paja” para que la redacción se volviera más intensa y concisa. Pero lo fundamental es que esta novela política, por fin publicada, indaga en las esencias de un pueblo hundido por la corrupción de su clase política. Se trata de una obra polifónica y la trama presenta intriga desde la primera página.
Un exitoso abogado fiscalista, Alfredo Galván, sufre por la muerte de su mujer. Ella falleció al dar a luz. En la embriaguez, mientras Galván piensa en el suicidio, trama un plan para arruinar a su padre (prominente político) y a sus cómplices corruptos. Harto de lavar dinero relacionado con los negocios sucios de la politiquería, Alfredo crea un monstruo institucional alimentado por la misma corrupción, pero que actúa en sentido inverso de como lo hace la corrupción. Aquí radica la paradoja moral: el propósito de Alfredo es aliviar algo del tejido social enfermo debido al latrocinio de politiqueros. Pronto este personaje supera el luto y se enamora de una actriz, con quien comparte vivencias junto con sus amigos. Entran en acción personajes que se mueven entre lo sublime y lo grotesco, como la Vampiresa o los Emos blancos. Emerge la mitología de uno de los submundos de la alta política. La situación se complica cuando el padre de Alfredo y sus secuaces contraatacan. Deben invertir en la refinería Milenio, pero no cuentan con el dinero: está en manos de Galván. Se apoyan entonces en una mujer perversa que lo seduce.
Además de la función política (con reflexiones en torno a las relaciones de poder y al papel de la prensa), la estética (un estilo intenso y adecuado), y la crítica, es notable el elemento lúdico. En una ocasión, dijo Juan García Ponce: “Yo comparto la opinión de que vivimos en un mundo corrupto, por eso precisamente no hay que serlo. Eso es muy sencillo, te paso la fórmula: basta creer en la belleza y despreciar el poder”. Para mí, esta es la visión de un artista, y es notoria al concluir la lectura de La piel acerba.
Felipe Cuevas Ruiz, La piel acerba. Editorial Jus, México, 2015; 365 pp.
