Carlos A. Flores

El fenómeno de la migración ha generado, como efecto positivo, acrisolar a quienes buscan una casa común. El otorgamiento de ciudadanía, en diversos países, es la recompensa que se entrega a extranjeros que abonan a la construcción social, ya sea con sus servicios, productos o cultura.

En Estados Unidos la inmigración generó la fusión de culturas deseada y produjo una nación plural, enjundiosa y próspera. De hecho, ese país es síntesis de una refinada cosecha de razas proclives a buscar la prosperidad en medio de la incertidumbre.

Los brotes de xenofobia y discriminación sorprenden por el oportunismo de quienes los encabezan y por su notoria inverecundia. Pero, además, por los fines políticos de provocación con los que son utilizados.

Las constantes declaraciones anti México pronunciadas por el excéntrico Donald Trump, no sólo hablan de un racismo xenófobo del más rancio sustento supremacista, sino de una ignorancia brutal con relación a millones de mexicanos que viven en Estados Unidos y más allá de sus fronteras.

Las declaraciones de Trump ignoran la historia de su propio país, sus raíces, y el sentido de las palabras de los padres fundadores de su nación plasmadas en su Constitución. Ignoran la lucha de sus propios antecesores por buscar una tierra de igualdad y libertad para todos.

No es de extrañar que esa clase de millonarios asociados a medios masivos de comunicación, tengan especial prejuicio contra México.

En el pasado, justo es recordarlo, Ross Perot en la carrera presidencial de 1994 fue un notorio agorero anti Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Clamaba en contra de México porque, aseguraba, arrebataría millones de empleos a los estadounidenses. Él encabezaría la lucha por evitar que así sucediera. No obstante, Perot terminó asentando años después una empresa en territorio mexicano.

Expresiones reaccionarias como las de Donald Trump —quien fue enjuiciado en su país a raíz de un infructuoso negocio inmobiliario que emprendió en Tijuana—, merecen el olvido de los electores y el elegante silencio de nuestra cancillería.

La política, por otra parte, es el arte de efectuar acuerdos y generar consensos en torno a una causa común. Trump se revela, de este modo desafortunado, como un antipolítico. Maltratar a uno de los principales socios comerciales de EEUU no es el mejor signo de que sepa hacer negocios, ni política.

Debería tener presente que muchos de sus rivales, sobre todo en el sector republicano, lucharán por atraer al sector hispano y tratarán de construir una agenda de reconciliación con México con relación a la inmigración ilegal.

Ante la notoria xenofobia antimexicana del magnate, habría que indicarle el camino de salida hacia el pasado diciéndole: “Está despedido, Sr. Trump”.

@CarlosAFlores