54 años después

Bernardo González Solano

Casi cinco décadas y media después (54 años exactamente), de que las tensiones de la Guerra Fría desembocaron en la ruptura de relaciones diplomáticas entre el gobierno revolucionario de Cuba y el de Estados Unidos de América, el miércoles 1 de julio el presidente Barack Hussein Obama anunció la próxima apertura de una embajada completa en La Habana, cuyo gobierno haría lo propio en Washington. Con esta reapertura se dejan atrás más de media centuria de rupturas, enfrentamientos y desconfianza mutua. La fecha de apertura de ambas sedes sería el próximo lunes 20 de julio. De hecho, ambas embajadas ocuparían los edificios— debidamente remozados—, donde se han tramitado todos los asuntos entre ambos países bajo el nombre de Sección de Intereses, bajo la responsabilidad de la embajada de Suiza desde 1977, tanto en territorio estadounidense como en el cubano. Sin embargo, la reapertura de embajadas no significa que las relaciones entre los dos países sea completamente normal. En todo caso, es el penúltimo capítulo de un imparable proceso de normalización de relaciones diplomáticas entre ambas naciones que se suspendieron a mediados del siglo XX y que se renuevan en el siglo XXI. Lo que falta no será fácil. Lo principal, sin embargo, está a punto de realizarse. Todo mundo lo esperaba, lo deseaba. Barack Obama y Raúl Castro podrían lograrlo, con lo que ambos pasarían a la historia no sólo de sus respectivos países, sino de las relaciones internacionales.

El diferendo entre ambos países y el llamado “embargo estadounidense” al régimen castrista, por ende a todo el pueblo cubano, tuvo varias razones, en principio no ideológicas, sino debido a la confiscación dispuesta por el líder de los revolucionarios de Sierra Maestra de las propiedades de los norteamericanos en una Cuba dominada por el “capital imperialista”, a lo que se agregó la desgastante Guerra Fría y la amenaza soviética. La Casa Blanca quiso demostrar su enojo y dispuso el “embargo”, que en aquel momento nadie supuso sería tan largo. Desde el presidente Dwigth Einsenhower (“Ike”), ningún “sobrino” del Tío Sam quería ser recordado como el primer mandatario que había doblado la cerviz ante un prepotente Fidel Castro Ruz. Aunque alguno, como Jimmy Cárter quiso cambiar las cosas y puso en marcha las Secciones de Intereses”, pero no encontró eco en Cuba en la crisis del Mariel. Fidel sabía que su principal arma propagandística era continuar negándose a negociar con los “imperialistas” mientras subsistiera el embargo. Pero se le olvidó que en la vida, nada es para siempre, ni el “embargo” ni la “negación” al diálogo. Forzosamente el cambio llegó.

Varias son las razones por las que Cuba y EUA llegaron a estos novedosos acuerdos diplomáticos. Tanto Obama como Raúl entendieron que era su momento, y de no aprovecharlo pasarían a la historia como un par de inútiles. El primero porque varios de sus propósitos presidenciales se le habían complicado y porque en el último tramo de su segundo y último período presidencial no contaba con la mayoría en el Congreso y los republicanos le vetarían la mayoría de sus propuestas, lo que agravaría su condición de “pato cojo”, dejándole solamente su libertad de acción en materia internacional: el caso Cuba y la discusión nuclear con Irán, principalmente. Era la oportunidad, para Obama, de desembarazarse de un obstáculo –el empecinamiento de Fidel Castro por no doblegarse ante ningún inquilino de la Casa Blanca–, aprovechando la presencia de Raúl Castro en el poder (en el que trata de demostrar que no simplemente es el “hermano obediente” del legendario comandante, sino que también sabe conducir los destinos de la Revolución), y lograr así mantener relaciones pragmáticas con todos los países iberoamericanos, desde el río Bravo hasta la Patagonia. El diferendo con Cuba era un estorbo para los presidentes estadounidenses, pues era la excusa perfecta para los líderes populistas tipo Hugo Chávez, que utilizaban el “embargo” para atacar al “imperio”, día y noche. Ahora, ya no hay excusa y se impone otra estrategia en la diplomacia entre el norte y el sur del continente americano, soslayando las diferencias ideológicas.

Barack Obama y Raúl Castro han jugado, hasta el momento, muy bien sus respectivas posiciones. Asimismo, el relevo en la isla –Raúl por Fidel, aunque éste todavía mueve la cabecita, como dice el son, y en los últimos días ha aparecido aunque sea en una reunión de queseros–, no es cosa menor, sobre todo porque “Raúl Castro tenía planes de libertad. Para los presos políticos y para la economía. Todo dentro de un orden, claro”, como dice en su excelente libro, Fernando García del Río, La isla de los ingenios. Aventuras e infortunios de un corresponsal en La Habana en las postrimerías del castrismo, libro, por cierto, que debería conocerse mejor en México. La obra del excorresponsal del periódico La Vanguardia de Barcelona, España, en Cuba –expulsado por el gobierno cubano después de cuatro años de estadía en la isla y de no poder “aclimatarlo a conciencia”– permite conocer mejor el “surrealismo tragicómico de un país” dirigido por “un régimen anacrónico, entre rescoldos de la Guerra Fría y aires de cambio a cuentagotas”.

Sin duda, el anuncio de ambos gobiernos es de indudable dimensión histórica. Al comunicar la buena nueva en el jardín de las rosas de la Casa Blanca, Obama manifestó: “En enero de 1961, el año en que yo nací, cuando el presidente Eisenhower anunció el fin de nuestras relaciones con Cuba, dijo: ‘Es mi esperanza y convicción que en un futuro no muy lejano sea posible que nuestra histórica amistad se vuelva a reflejar en relaciones normales de todo tipo’…Bien, ha llevado un tiempo, pero creo que ese momento ha llegado. Y que nos espera un mejor futuro”. Agregó el presidente Obama: “En unos días más, el secretario (de Estado), John Kerry (que sería el primero en pisar la isla desde 1945), viajará a La Habana donde formalmente y orgullosamente izará la bandera americana” en la embajada estadounidense. Esto no significa que para ese día ya estén designados los sucesores de los últimos embajadores cubano y estadounidense: Ernesto Dihigo y Philip Bonsal, respectivamente. Es posible que la mayoría republicana en el Congreso no apruebe al embajador que proponga el presidente Obama. No sería la primera vez que esto sucediera. Así se las gastan los gringos.

Al anunciar la decisión de establecer nuevamente la embajada de EUA en La Habana, Obama reiteró los argumentos que expuso el 17 de diciembre de 2014 cuando informó de las negociaciones con Cuba para restablecer las relaciones interrumpidas desde 1961: el bloqueo no ha funcionado. Ha servido para apuntalar al régimen castrista y además se ha convertido en un elemento de distanciamiento y tensión permanente de EUA con toda Hispanoamérica.

Por su parte, los principales peros los argumentó el bando cubano en boca de su secretario de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez, quien aseveró que la relación nunca será normal mientras no se levante el bloqueo económico, que la Unión Americana devuelva el territorio de Guantánamo y se comprometa a dejar de hacer proselitismo considerado subversivo por el régimen a través de emisiones de la radio y la televisión (Martí), desde territorio de la Florida. Al respecto, hay que decir que el levantamiento del embargo económico no está solo en las manos del presidente, sino especialmente en las del Congreso cuya mayoría la tienen los republicanos, los adversarios de Obama.

No será fácil que en estos momentos se deroguen las leyes que conforman el bloqueo económico a Cuba. Sin embargo, Obama reiteró el miércoles 1 de julio al Congreso que anule el repudiado embargo: “pido al Congreso que escuche al pueblo cubano y al pueblo americano”. Muy pronto se sabrá si la petición del primer presidente afroamericano en la historia de EUA fue atendida por los congresistas.

A su vez, en la isla más grande de las Antillas, Raúl Castro, por interés propio, de acuerdo a analistas de todas las nacionalidades, incluso cubanos en el exilio, debe ser consciente de que la oportunidad que se presenta a La Habana no es un cheque en blanco para alargar aún más un régimen caracterizado, desde sus orígenes, hace más de 50 años, por la falta de libertades y la penuria económica. Esta coyuntura, es, qué duda cabe, la oportunidad histórica –esta si es histórica–, para que la Revolución Cubana consume la transición a un sistema de libertad y prosperidad que lo sitúe en el lugar que merece no solo en la región del Caribe, sino en todo Iberoamérica y el mundo. Los Castro saben muy bien que José Stalin murió hace mucho tiempo. Vale.