Pensamiento a fondo
(Tercera y última parte)
Patricia Gutiérrez-Otero
Hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla.
Papa Francisco
Ante los graves daños a la ecología que Alabado seas puntualiza; y después de retomar, de manera original, las bases de la fe que sustentan su encíclica, el Papa Francisco apunta, en el capítulo 3, hacia la “Raíz humana de la crisis ecológica”. En esta entrega me detendré sobre una parte de este capítulo, que citaré ampliamente.
Francisco se detiene sobre el paradigma tecnocrático dominante. No niega las bondades de la tecnología, pero cuestiona la capacidad de manejar el poder que ésta da al ser humano, y en particular a quienes tienen su conocimiento “y el poder económico para utilizarlo sobre el conjunto de la humanidad y el mundo entero”. Esto debido a que este desarrollo tecnológico no se acompañó de “un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia”.
De manera grave, hay otro problema incluso más de raíz: el “paradigma homogéneo y unidimensional” dentro del que se asume a la tecnología: el sujeto considera que lo exterior es mero objeto manipulable. “Por eso, el ser humano y las cosas han dejado de tenderse amigablemente la mano para pasar a estar enfrentados”. De lo anterior se deriva la idea de “un crecimiento infinito o ilimitado”, que supone que los bienes de la Tierra están infinitamente disponibles. Esta idea, según el Papa, “ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos”, de tal manera que “la metodología y los objetivos de la tecnociencia” se han vuelto “un paradigma de comprensión que condiciona la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad”. Pero, como “los objetos productos de la ciencia no son neutros”, y no usarlos es casi imposible, es muy fácil que su lógica nos domine.
El Papa también advierte que el paradigma tecnocrático tiende a dominar a la economía y la política: “La economía asume todo su desarrollo tecnológico en función del rédito” y “Las finanzas ahogan a la economía real”. La actividad económica se centra en el mercado, “pero el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social”. Junto con un derroche consumista subsisten situaciones de “miseria deshumanizadora”. Las raíces pues de los problemas actuales se relacionan con “la orientación, el sentido y el contexto social del crecimiento tecnológico y económico”. A pesar de que la gente puede percibir lo anteriormente señalado, “tampoco se imagina renunciando a las posibilidades que ofrece la tecnología”. Por ello, Francisco invita a entrar en una revolución cultural, a “aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera”.
Puesto que el ser humano, como la creación, también “es un don de Dios”, es necesario prestar atención a los límites que la realidad impone, en contra de un “desenfreno megalómano”. Francisco acepta que la presentación falaz de la antropología cristiana pudo prestarse a incitar una relación malsana del ser humano con el mundo; sin embargo, lo propio del ser humano es la responsabilidad y hay que asumirla.
“La cultura del relativismo” lleva a que alguien trate al otro como un objeto. La misma lógica se aplica a quien dice “Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y la naturaleza son daños inevitables”. Por el contrario, es necesario “promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial”. También es necesario aceptar que para que exista una libertad económica que beneficie a todos, “a veces puede ser necesario poner límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero”. Esto da pie a una libertad real, y no de palabra.
Este espacio se ha agotado. Aún queda mucho por decir. El capítulo 4 de Alabado seas inicia con una exigencia ecológica, la de “sentarse a pensar y a discutir acerca de las condiciones de vida y de supervivencia en una sociedad, con la honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, producción y consumo”. El mundo ya no puede seguir con la velocidad y el paradigma que lo domina. En alguna parte, el Papa menciona incluso el concepto de decrecimiento, lanzado por pensadores como Polanyi, Illich, y actualmente Serge Latouche. Invito a leer con lentitud y saboreándola esta carta del Papa a los hombres de buena voluntad que viven sobre este planeta, y a adherirse a su invitación de repensar nuestros paradigmas y hábitos.
