Datos del ya clásico estudio Dunedin

René Anaya

“Las mañas y ligereza/ la fuerza corporal/ de juventud,/ todo se torna graveza/ cuando llega al arrabal/ de senectud”, lamentaba Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre. Algo semejante le ocurrió a Eos, la diosa de la aurora en la mitología griega, cuando le pidió a Zeus le concediera la inmortalidad a su joven amante; Zeus lo hace, pero no le impide envejecer, por lo que al paso de los años se convierte en un ser decrépito.

Por lo tanto, a lo que aspira el ser humano no es estrictamente a la inmortalidad sino a la eterna juventud, como se demuestra en las creencias en fuentes de la eterna juventud, desde los tiempos de Herodoto, en el siglo IV antes de nuestra era, cuando se documentó por primera vez ese mítico lugar, que ahora la ciencia puede estar a punto de encontrar.

 

Cuando los años no pasan

Aunque ha sido una máxima de la sabiduría popular, hasta hace poco la ciencia ha demostrado que efectivamente las personas no envejecen de la misma manera; unos parece que viven demasiado aprisa y así envejecen en tanto que de otros se comenta que parece que por ellos no pasan los años, pues se ven más jóvenes de lo que son.

Ahora, un grupo de investigadores de la Universidad Duke, de Carolina del Norte, Estados Unidos, dirigidos por el doctor Daniel Belsky, ha publicado en las Actas de la Academia de Ciencias Estadounidense (PNAS, por sus siglas en inglés), un análisis de los datos recogidos en el ya clásico estudio Dunedin, en el que se ha seguido el desarrollo de más de mil personas desde su nacimiento.

Ese estudio ha consistido en la investigación longitudinal de los patrones psicológicos, económicos e intelectuales de la vida de personas desde su nacimiento hasta los 38 años. Esas personas son casi todos los niños que nacieron en la ciudad de Dunedin, segunda en importancia de Nueva Zelanda, de abril de 1972 a marzo de 1973.

Belsky y colaboradores recopilaron la información de ese grupo cuando tenía 26, 32 y 38 años de edad, en especial analizaron 18 marcadores fisiológicos, entre los que se encontraban la presión arterial, el nivel de colesterol y triglicéridos, la función renal, el estado de sus encías y el índice cintura-cadera.

Los investigadores encontraron que la mayoría envejece un año biológico por un año cronológico, es decir que lleva un ritmo normal; sin embargo, algunos envejecen hasta tres años biológicos por uno cronológico, en tanto que otros tienen un ritmo de envejecimiento biológico inferior a cero, lo que significa que esos individuos recuperan juventud fisiológica.

 

Cuando la vejez nos alcanza

En los casos extremos se encontraron unos cuantos que tenían marcadores fisiológicos de un veinteañero y otros que parecían biológicamente de 50 o más años. “Antes de llegar a la mediana edad, los individuos que envejecían más rápido tenían menos capacidades físicas, manifestaban decadencia cognitiva, envejecimiento cerebral, y se los veía mayores”, refiere el estudio. Los propios individuos más viejos biológicamente consideraban que su salud era mala y se percibían más acabados que gente de su misma edad.

La investigación no solamente ha servido para confirmar una creencia popular, sino también para sentar las bases de posteriores estudios que identifiquen claramente las diferentes causas del envejecimiento, pues en este trabajo solamente se analizaron los indicadores fisiológicos. Faltan por incluir otros factores, como el estilo de vida, la historia médica, las circunstancias familiares y los acontecimientos traumáticos como muertes en la familia, separación de los padres, pérdida de empleo, divorcio y otros.

Aun así, Daniel Belsky considera que “nuestra investigación puede impulsar los esfuerzos para prevenir enfermedades y la discapacidad relacionada con la edad de dos maneras; en primer lugar, hace posibles otros estudios que prueben de qué manera diferentes factores de riesgo pueden acelerar el envejecimiento; en segundo lugar, hace posible la evaluación de terapias antienvejecimiento en personas jóvenes”.

No se trata, por lo tanto, de conservar la juventud, sino de retrasar el proceso de envejecimiento mediante terapias que prevengan el deterioro físico y mental del individuo, causado por diversas enfermedades degenerativas, ya que se ha demostrado que se pueden medir las diferentes velocidades a las que se envejece.

Otra tarea que se tiene por delante es determinar qué tanto del proceso de envejecimiento está determinado por lo genes y qué tanto por las experiencias que se tienen a lo largo de la vida y por la capacidad y forma de respuesta del individuo a los momentos críticos de su existencia. Finalmente, no se trata de encontrar la fuente de la eterna juventud sino de la plenitud.

reneanaya2000@gmail.com

f/René Anaya Periodista Científico