México profundo y diferente

Alfredo Ríos Camarena

En estos días en que la UNAM nos ha dado vacaciones, realizamos un corto viaje a la tarahumara, donde contemplamos uno de los paisajes más impresionantes del mundo, al visitar las imponentes Barrancas del Cobre, que con su majestuosidad deben convertir esta región en una de las atracciones turísticas más asombrosas.

Los panoramas que se contemplan son únicos: en la mesa de las estrellas se enlazan mágicamente los cañones de Urique, del Cobre y Tararecua; observar desde ahí el infinito, contemplar cómo se desarrolla una tormenta que obscurece todo y de pronto vuelve a surgir el resplandor del sol en el atardecer, son vivencias que no se pueden transmitir con la palabra o con la pluma, pero que en el fondo de nosotros mismos nos hacen contemplar un México profundo y diferente.

En Chihuahua se siente un aire renovador, que refleja la relación armónica de culturas tan opuestas; en el teleférico más grande del mundo ubicado en el parque de aventuras se reúne la tecnología más moderna operada por Radamuris, y la ancestral vida seminómada que se contempla dispersada en el paisaje, una forma de vida orgullosa y tímida que observamos en el Valle de los Monjes, iluminado por los bellísimos ojos de los niños tarahumaras, por las manos agrietadas de sus imponentes corredores y por los vistosos y multicolores vestidos de sus mujeres.

Pobreza sí hay, pero también existe alegría por la vida y un ánimo renovador. Esta región de Chihuahua, enmarcada por las más extraordinarias y milenarias formaciones rocosas que recorre el último tren de pasajeros de México, el Chepe, que nos transporta desde Chihuahua hasta Los Mochis, en Sinaloa, y que en su recorrido nos deja la nostalgia de los viajes de pasajeros en tren, que inexplicablemente se perdieron en el país mientras se agigantan en otras latitudes.

El viaje produce un cúmulo de experiencias al observar culturas que conviven como las de los menonitas y su gran producción agrícola, la de los mestizos y la de los tarahumaras; además se puede reflexionar que en lo profundo de la sociedad existe un ánimo esperanzador que une el cambio y la tradición, en las comunidades que visitamos había una constante: escuelas bilingües, dispensarios y hospitales y fuentes de trabajo.

Mi familia y yo tuvimos el privilegio de ser atendidos por un guía de los más reconocidos y conocedores, don Pedro Palma; contamos también con el apoyo invaluable funcionarios de la Dirección de Turismo que realizan un excelente trabajo social en la zona: Linda Balderas, Rita Meraz, Aracely Venzor y Humberto Portillo.

De la pasada inseguridad de Chihuahua ya no quedan rastros, no vimos ni un sólo retén policiaco o militar, la gente de esta región tiene una visión del futuro que debemos recuperar en las zonas urbanas, pues aúnan a su optimismo el amor a la patria chica y a la nación.

Las comunidades indígenas encuentran una fortaleza de sus instituciones en el artículo segundo constitucional, pero es necesario preservar sus culturas, usos y costumbres.

Chihuahua es un ejemplo de lo que se puede realizar cuando existe una empatía y afinidad entre las fuerzas productivas y los objetivos nacionales.