México se estresa con la Selección
Teodoro Barajas Rodríguez
Futbol, balón, pasión, todos los aditivos típicos de un país no habituado a los triunfos que gana una copa carente de calidad bajo el lema “haiga sido como haiga sido”, esas historietas repetidas que oscilan de lo sublime a lo ridículo, más de lo último fue lo que se registró en el finalizado torneo de Concacaf que se ha situado como el más precario en calidad.
Un director técnico que se llama Miguel Herrera, a quien apodan el Piojo, protagónico, intemperante que contesta con insultos y golpes a sus detractores, el negocio por encima de todo, sin valores.
Mientras eso pasa y se comenta hasta la saciedad en las redes sociales, nuestro país enfrenta graves problemas económicos, la gobernabilidad es nebulosa y los escándalos sumamente socorridos uno tras otro, la atención se desvía hacia lo menos importante.
Cesar Luis Menotti expresó alguna vez que el futbol es la más importante de las cosas menos importantes, en Argentina u otros países sudamericanos el frenesí con que se vive el juego de las patadas es un fenómeno social que se asocia en muchos casos a la delincuencia de las llamadas barras bravas.
Mario Benedetti alguna vez dijo que fue un ferviente seguidor del juego en tiempos en los que el romanticismo lo caracterizaba y la selección uruguaya acumulaba títulos en la mitad del siglo XX, con la inclusión del llamado “Maracanazo” de 1950. Eduardo Galeano, quien escribió un libro rico en sus descripciones intitulado Futbol a sol y sombra, definía el gol como el orgasmo del futbol.
Muchas cosas derivadas del juego más difundido en el orbe, recién los comentarios febriles acerca del juego estropeado de la selección mexicana contra su similar de Panamá en la llamada Copa de Oro que es el torneo más paupérrimo en cuanto a calidad fueron cuantiosos, extremistas, ese cotejo tiró por la borda cualquier resquicio de limpieza.
México es un país que ha exportado mala fama por motivos de corrupción, agandalle y otras malas artes, muchas portadas en diarios internacionales dieron cuenta de las pifias arbitrales que obsequiaron a la selección mexicana su pase a la final del desprestigiado torneo en los tiempos de la peor crisis de la FIFA sacudida por la corrupción.
En ese juego el equipo dirigido por Miguel Herrera a quien apodan el Piojo, cuya megalomanía suele ser rabiosamente recalcada a cada momento, deambuló por la cancha como si se tratase de sombras extraídas de un cuento de Juan Rulfo. Recién Miguel Herrera agredió al narrador deportivo Christian Martinoli en el aeropuerto de Filadelfia, molesto porque no tolera las críticas, piel sensible y modales propios de un patán, tal es la carta que representa la neurosis del técnico nacional.
Seguramente si los millones de mexicanos hablaran con tal frenesí de política, economía y cultura estaríamos del otro lado.
