Después de varios cambios de sede
Zoé Robledo
Chiapas es una tierra generosa en muchos y diversos sentidos. Tanto que permite hasta la mutación de los nombres de sitios y de gente.
En Chiapas, llamamos Coita a Ocozocuautla; Suchiate a Ciudad Hidalgo o Jaltenango a Ángel Albino Corzo.
En Chiapas, los lugares no se llaman como se llaman, y como dice Laco Zepeda, tampoco nadie se llama como se llama, incluso él, que el mito dice que se llamaba Eraclio, cosa que no me consta.
Chiapas no solamente ha permitido el cambio de nombres de los lugares, sino también de las sedes del gobierno. Incluso, hubo ocasiones en las que los poderes se multiplicaron y no se sabía realmente quién gobernaba o quién debería gobernar.
Hasta la conquista de nuestro territorio por parte de los españoles, el territorio que hoy es Chiapas era un conjunto disperso de “agregamientos” humanos igualmente diversos. El escenario presentaba todos los rasgos del aislamiento y la lejanía que ocasionalmente se rompían para acercamientos violentos entre algunos de los diversos pueblos.
Esto dista mucho de ser intrascendente pues las rivalidades permanecen, aunque por fortuna en paz.
O qué otra cosa son las permanentes disputas basquetboleras Fraylesca-Motozintla, la disputa por el mejor café entre Jaltenango y Palenque, la de la mejor playa entre Puerto Arista o Playa Linda —aunque aquí debo decir sin duda que el primer lugar corresponde a Puerto Arista— o, desde luego, la del mejor pan regional que disputan permanentemente coitecos contra coletos.
Decía pues que el traslado de poderes en Chiapas obedeció fundamentalmente a cambios nacionales que repercutían en la entidad, aunado esto a las propias dinámicas locales.
Al sentarse las bases productivas y de organización social, el aislamiento llevó a los grupos sociales a una suerte de autismo. La economía se construyó como conjuntos regionales, cada uno con sus respectivos ritmos de desarrollo.
Este aislamiento abonó a la inestabilidad en la residencia de los poderes políticos. La capital del estado cambió de sede varias veces. Antes del cambio definitivo a Tuxtla, los poderes fueron trasladados tres veces desde San Cristóbal. La primera en 1834, con don Joaquín Miguel Gutiérrez, otra vez fue en 1858 y una más en 1864. La definitiva fue en 1892. El promotor del último cambio fue Emilio Rabasa, un liberal porfiriano a quien poco se conoce y menos se le reconoce en Chiapas, no obstante su significativa aportación no únicamente a la política sino a la ciencia política mexicana con su obra La constitución y la dictadura.
Hoy, a 123 años de que Tuxtla se convirtió de manera definitiva en la capital del estado, bien haríamos los chiapanecos en resignificar el papel de Rabasa en nuestra historia y en reconocer también que, así como lo fueron la región de los Zendales en 1712, San Juan Chamula en 1869, o sin duda San Cristóbal en 1994, Tuxtla es hoy la capital en la que el conejo zoque valiente despierta y exige respeto a su voluntad mayoritaria.
@zoerobledo
Senador por Chiapas
